Domingo, 17 de diciembre de 2017

Localizar lo universal > útiles para trabajar la mirada

Para esas tres amigas y algunos más, esta utilería argumental que quizá nos permita continuar una conversación inacabada sobre lo universalmente local.

local

1. adj. Perteneciente o relativo a un lugar.

2. adj. Perteneciente o relativo a un territorio, a una comarca o a un país.

 

universal

1. adj. Perteneciente o relativo al universo.

2. adj. Que comprende o es común a todos en su especie, sin excepción de ninguno.

 

Fuente: DRAE

 

El tiempo no se fragmentaba en escenas aisladas, sino que se acumulaba en estratos, en acontecimientos superpuestos, fundidos y confundidos.

Gonzalo Hidalgo Bayal

 

Para muchos de nosotros, la primera ojeada diaria al mundo comienza con el gesto de encender el receptor de la radio, el smartphone, o el ya casi en desuso golpe seco que despliega y despereza las noticias en papel.

En los días que corren oímos, ya casi sin escuchar, las noticias sobre esa prostituida quimera que llamamos Europa. Como se niega (sus gobiernos) refugio a quienes huyen del hambre y la muerte que los expulsa de sus países, mientras que por aquí cerca, puede que a nuestro lado, comienza a perfilarse otra suerte de expulsión, la de los trabajadores de esa banca que en su día fue local: como antes se hiciera y se sigue haciendo con otros trabajadores, lo particular como ejemplo doloroso de lo universal.

Puede que alguna vez consigamos ser capaces de establecer esta relación y sacar las conclusiones necesarias. Reconocer que en lo local está contenido lo universal, que lo genérico, aquello que nos conforma a todos nosotros, se manifiesta también en lo particular de cada uno.

La asunción de la universalidad de las cosas requiere de nuestra mirada cercana, local, de aquello que nos rodea, y que esa contemplación activa trascienda curiosa, busque respuestas, establezca ese hilo conductor con lo global. La utilería de trabajo para llegar a conocer esta realidad es ancha: esa percepción y descubrimiento de lo que nos rodea se alimenta de conversaciones y lecturas, de miradas desprejuiciadas con deseo de entender y poder dar, darse, respuestas.

La relectura de un libro hermoso (sí, lo bello, también nos interpela y ayuda a explicar lo oscuro y repulsivo) que se construye bajo las premisas de que lo cercano contiene lo universal, que el modo de ponerlos en contacto, de saber descubrirlo es la mirada, la palabra, me ha hecho pensar en todo esto.

Por cierto, el libro me lo regalaron una pareja de amigos, ella del sur y él del norte, que vivieron unos años en esto que denominamos centro, y ahora han encontrado su norte en compañía de un tercero: ya ven, han caminado para encontrar sus localismos universales.

Volviendo al libro, un ejemplo de lo que digo se puede ‘ver’ en uno de los multiformes textos que lo conforman, donde el autor divaga a partir del líquido elemento conocido como agua. Así comienza uno de ellos aseverando con verdad rotunda:

Cualquier cosa que se mire, si se mira con la suficiente atención se convierte en el más atractivo misterio. El agua que cae, por ejemplo. De esta forma contundente amarra nuestra curiosidad al texto, obligándonos a continuar su lectura para conocer su respuesta.

Pero antes de acercarnos a su digresión, que no es otra cosa que mirar para no dejar de hilvanar reflexiones, posibles ideas y respuestas, quiero tirar de otro hilo mental, quizá proveniente del mismo ovillo, leyendo a la poeta Chantal Maillard, con el fin de provocar un cierto juego dialéctico con la afirmación del autor asturiano; escribe la autora hispano-belga: Sin embargo, nadie permanece mucho tiempo ante una imagen detenida. Cierto temor al contagio de su fijeza, se diría, que sube por los pies como si fuese el frío de la muerte. La Vida es movimiento, decimos. Y para sacudirnos inventamos festejos, ceremonias, juegos en los que el riesgo a perder algo, fortuna, alma o sosiego, nos hace sentir vivos. Todo lo que se mueve nos atrae. 

Xuan Bello, así se llama el autor,  nos aclara (no podía ser de otra manera) su primer aserto y ‘responde’ a Maillard:

Digo ‘agua que cae’ sin decidirme a escribir lluvia, porque en Asturias –donde la gente, ya lo dijo Clarín, es casi anfibia– llover llueve, pero no se dice comúnmente la palabra lluvia si no es por inusual retórica. Se mira detrás de los cristales y se afirma solemnemente que el día amaneció metido en agua o que está cayendo una mano de agua tremenda. Resulta raro. Es como si los esquimales no conocieran la palabra nieve o los pigmeos no concibieran la palabra selva. El agua no es aquí una característica del paisaje sino que se piensa al revés: en esta tierra, hasta cuando hay sequía, todo es adjetivo del agua y por eso se dice tan genéricamente, sin sustantivar la acción, y la perspectiva de quien ve llover no difiere demasiado de la de los peces. No estoy exagerando: las truchas por el río y los tordos por el aire vuelan de igual modo, sin que haya ninguna diferencia, en el idioma asturianos, entre volar y nadar.

El escritor, por si no hubiera quedado suficientemente ponderada su argumentación remata, líneas más abajo, que esa fluctuación del tiempo les permite un relativismo espiritual único en el mundo: Somos, sin duda, climatológicamente dialécticos. Uno es, entre otras muchas cosas, lo que el tiempo le deja ser.

 

El libro del que les hablo y que les recomiendo con encarecida pasión lectora, blande el atinado título de Historia universal de Paniceiros, y recoge en él ese universalismo local del que vengo hablando y del que me siento fiel seguidor, siempre que se ponga en funcionamiento toda esa utilería de la mirada que se reivindica en el título de este artículo, y que Bello desarrolla con tintes de misterio y humor, con armas de narrador de estirpe que, sin ninguna duda, posee.

Estamos ante un collage bien armado, donde conviven la reflexión y el relato junto a poemas, fotografías y estampas que alimentan el localismo trascendiéndolo, que nos ofrece una perspectiva multifacética del ser humano.

Puede que alguno o quizá muchos de ustedes, se pregunten la razón de relacionar esos despidos locales de la banca que ha ejercitado su músculo financiero para sustanciarse, ahora lo sabemos, en un puñetazo en mitad de la cara de trabajadores, clientes o usuarios, con este texto del que les vengo hablando. No caeré en el estúpido didactismo de ponerles frente a su inteligencia y aclarar lo que está claro, tanto que hace daño a la vista, pero si quiero decirles que la lectura de libros como este que hoy les acerco ofrecen sentido a lo que el autor expresa en su lengua asturiana: Ciertas páginas, ciertos días, bastan para equilibrar el mundo.

Y en esta frase cabe todo, lo bello y sublime, pero también lo doloroso, lo repulsivo e inadmisible, que demasiado a menudo vivimos en lo universalmente local. Ojalá nos llegue a resultar útil compartir el desasosiego y sufrimiento de estos conciudadanos, para poder entender, comprender, y por tanto actuar contra ese otro que asola a miles de personas, niños y ancianos, mujeres y hombres, a los que se les niega el pan y la sal, y además la tierra, la nuestra, que olvidamos por un absurdo miedo que es también la suya.

Basta un aire para entender la íntima unidad de las cosas y recuerda en la palabra mundo el movimiento del mundo. Reducir este sentimiento a ecuaciones matemáticas no va a revelar nada que no sea la soledad humana, la infinita y pesada soledad humana; pero eso, bien contado, acompaña mucho en las noches largas.

¿Cabe decir más?

Rafael Muñoz