Viernes, 15 de diciembre de 2017

De hielo y barro

Me preocupa, qué quieren que les diga. Esta semana, cuando no se me ocurría qué hacer, veía una vez tras otra el programa libre con el que Javier Fernández se ha proclamado campeón del mundo por segundo año consecutivo. Me preocupa, digo, porque no había visto una sola prueba de patinaje artístico sobre hielo en este curso y porque no entiendo nada de las rutinas técnicas ni de los programas de entrenamiento que llevan a cabo estos deportistas. Sin embargo, no soy capaz de salir del bucle y aún sigo acudiendo a este vídeo para recordarme que estoy vivo y para comprobar que nuevamente se ha obrado el milagro del amanecer.

No sé si fueron sus ademanes amplios, que parecían dispuestos a contener en un abrazo al conjunto de la humanidad; o la música de Sinatra; o la sensación de libertad que transmitía la salida del patinador madrileño de cada una de esas piruetas repletas de vértigo y virtuosismo –y con nombres a cada cual más inaccesible para un lego en la materia como yo–. Solo sé que cada vez que terminaba de ver el vídeo de esta actuación que vino a desafiar lo inalcanzable de la perfección, cobraban vida dentro de mí las entrañas de mi organismo y se me aceleraban las ganas de salir a la calle a compartir la emoción y gritar: “¿Lo habéis visto?”

Solo ha habido una forma de detener el bucle: pensar en el próximo gran acontecimiento del deporte mundial; la celebración, el próximo domingo, de la Paris-Roubaix, la clásica por excelencia de la primavera ciclista, el monumento entre los monumentos, el infierno ideado por Dante y trasladado al norte de Francia, donde aún resuenan los ecos de las ametralladoras, donde aún es posible tropezar con una trinchera. Allí, a lo largo de 260 kilómetros salpicados de tramos empedrados y puede que, en función de la meteorología, también embarrados, dos centenares de ciclistas saldrán a citarse con la historia. Allí, unos pocos lucharán por la victoria y otros, pocos más, simplemente por terminar, por posar sus pies en el velódromo de Roubaix, una construcción erigida por dos empresarios textiles de la localidad quienes, creyendo conmemorar con ello su gusto por la bicicleta, desconocían que estaban levantando la última estación del mayor calvario ciclista.

Hielo y barro, agua y tierra, dos de los cuatro elementos definidos por Empédocles como constituyentes de todo lo existente, acuden a la llamada de la belleza que transmite el deporte en sus diferentes disciplinas. Porque si el hielo nos dejó la estampa de Javier Fernández desafiando las normas de funcionamiento de nuestra anatomía, el barro nos mostrará a Fabian Cancellara (en su última Paris Roubaix) obviando, como un faquir, el dolor del traqueteo de la bicicleta sobre las piedras, aislando el sufrimiento; divisando, entre todas las penurias y contratiempos, un destino si acaso glorioso.