Lunes, 11 de diciembre de 2017

Estos son los mimbres

Cada vez que me pongo frente al teclado intento por todos los medios alejarme de los temas relacionados con la política y los políticos. Me gustaría tener la habilidad necesaria para desarrollar alguno de los muchos detalles que salpican el día a día de esta sociedad, que también alberga  seres alejados de los mentideros políticos. Envidio a mis vecinos de columna que con tanta facilidad lo consiguen. Yo, esta vez, tampoco lo he logrado. Tal vez, más que vicio, sea por mi parte exceso de preocupación. A pesar de que en la prensa diaria se repite este fenómeno, no puedo evitarlo.

Pues bien, para no dejar en mal lugar el refrán taurino, una vez más hemos comprobado que la expectación despertada por la reunión Sánchez-Iglesias ha proporcionado otra tarde de decepción para quienes esperaban la solución definitiva a la prolongada espera de un nuevo gobierno. Si todos los actores de este teatro fueran sinceros, no serían necesarios más trámites. Como, al parecer, no hay acuerdo posible y la aritmética no engaña, todo camino conduce a nuevas elecciones. Entonces ¿para qué esperar más? No marear la perdiz.

Otra cosa es que, una vez más, haya partidos dispuestos a olvidar lo prometido, acordarse de Maquiavelo, y justificar cualquier medio para conseguir el preciado fin de alcanzar el gobierno. No sería nada extraño, a juzgar por los antecedentes. En la memoria de todos están las decisiones que han dejado al aire las vergüenzas de más de uno. Es igual. En nuestra querida España todo vale, nadie se sonroja y, a la hora de votar, todo se olvida. Me cuesta mucho trabajo creer que en todo un mes no haya alguien dispuesto a no dejar pasar el último tren de la ambición, el egoísmo, el cinismo y el arribismo. Al tiempo.

Si finalmente se produce un pacto que facilite la formación de gobierno, sólo  puede ser por dos hipótesis: que se haya producido un pacto de gobierno con los partidos constitucionalistas, PP, PSOE y C´s -caso poco probable-, o que se forme un frente de izquierdas con claros tintes de Frente Popular -de triste recuerdo-.

Para que pudiera darse el primer supuesto, sería necesaria la renuncia de Pedro Sánchez a encabezar un gobierno, del que no lideraría el partido más votado. De la misma forma que en la campaña electoral afirmó rotundamente que no apoyaría gobiernos encabezados por Podemos –y lo incumplió en comunidades y ayuntamientos-, ahora debería retractarse de tantas veces como ha repetido su negativa a cualquier proposición que salga de la boca de Rajoy. Es cierto que el PP no es una balsa de aceite, y que en su jardín florece cada día algún corrupto. Pero también es cierto que el liderazgo del PSOE está en el aire, prendido con los alfileres de la fecha del congreso y la dificultad de encontrar compañeros de gobierno. De la corrupción del PSOE, a pesar de la importancia de su montante, ya sabemos que, cuanto menos se hable y menos se colabore con la justicia, más fácil será conseguir la prescripción de los casos. Así pues, si no se opera a tiempo en las agujas, este tren está dirigiéndose a una vía muerta.

Si, a pesar de la líneas rojas que definen la unidad de España, el estado de derecho, la decidida condena de toda clase de terrorismo, la apuesta por una Unión Europea demócrata y solidaria, y la pertenencia a los organismos internacionales que contribuyan a lograr mayor seguridad y los apoyos que toda nación moderna necesita, Pedro Sánchez consigue encabezar un gobierno apoyado en fuerzas de extrema izquierda, separatistas y antisistema, no engañaría a muchos, pero estaría consumando la traición a buena parte de los pocos votantes que le quedan, se convertiría en un monigote de quienes le habrían utilizado para sus oscuros fines y nos llevaría a todos a una situación desastrosa.

Con estos mimbres tenemos que confeccionar el cesto que nos saque de esta situación. Aunque con su actitud demuestre lo contrario, yo creo que Pedro Sánchez no es consciente del paso que quiere dar. No vaya a sucederle lo que aquel cestero de mi pueblo, que recibió el encargo de un cesto pajero, lo suficientemente grande como para no tener que efectuar demasiados viajes a la hora de repartir el pienso a numerosos animales. Tan al pie de la letra cumplió el encargo que, una vez finalizado, observó con horror que era mayor que su propia puerta.

¿Será capaz Pedro Sánchez de ponerse las anteojeras y no ver nada que no sea el Palacio de la Moncloa? ¿Es que en el PSOE no hay nadie dispuesto a abrirle los ojos? ¿Puede la ambición de un iluminado retrotraer España a principios del siglo XX? Si no aflora un poco de cordura, no tardaremos mucho en averiguarlo.