Miércoles, 13 de diciembre de 2017

Yo también quiero ser pescadera

Vaya por delante que la señora Ada Colau no es santa de mi devoción, que sus medidas me parecen un quiero y no puedo que siempre se queda en lo anecdótico y, en ocasiones, con un buen ataque de mala educación. Vaya por delante que no me gusta eso de que use el soberanismo a su antojo dependiendo del entorno… ¡Vaya! Que la señora en cuestión me parece muy cuestionable, pero de ahí a mandarla a fregar pisos o a despachar pescado va un abismo. Y que conste, admiro su actitud de fotografiarse con pescaderas para decirle bien alto y claro a Félix de Azúa que esos comentarios son indignos de un miembro de la Real Academia de la Lengua, más que nada porque eso le supone competente a la hora de manejar eso, el lenguaje.

         Cuando yo empecé a trabajar no conducía y vivía en un pueblito, lo que significaba que a las siete de la mañana tenía que tomar un autobús en medio del gélido invierno salmantino con otros compañeros de madrugón. Y hete aquí que coincidía con una alegre mujercita que, como yo, era capaz de darle a la lengua incluso a esas horas y a esas temperaturas. Mi hermana madrugadora era pescadera y me contaba de las visicitudes de su oficio mostrando unas manos que, pese a los guantes y al cuidado, estaban llenas de heridas de espinas, tijeras y cuchillos… y el frío, y la humedad, y las botas de agua, y la paciencia de estar de pie en el puesto helada del todo. Mi respeto hacia ella y hacia su trabajo me ocupaba el resto del trayecto porque al menos mis alumnos no tenían espinas ni escamas y no había que limpiarlos ni quitarles la cola. Y eso, que trae cola el hecho de que un hombre insulte a una mujer con un puesto importante que podrá desempeñar mejor o peor pero que ha sido votada para ello, y lo haga enviándola a despachar pescado, una actividad que a lo peor debía hacer un rato el noble académico para que supiera lo que es. A cierta gente se le supone la buena educación y el señorío, y yo a Azúa le recomendaría que escuchase a Amelia Varcálcel en Radio Nacional entrevistada por Teresa Viejo en el programa “La Observadora”. Hoy ha sido una auténtica maravilla saber que hay gente que enfrenta la vida con sabiduría, filosofía, sentido del humor y una pequeña dosis de enfado siempre educado y exquisito. A lo peor en la Academia no les enseñan que, amén de eso de limpiar, fijar y dar esplendor, hay que mostrar un poco de señorío. Y por cierto, vamos a poner un puesto de besugos a la puerta de la noble casa, a ver si los despacha Félix de Azúa.

Charo Alonso

Fotografía: Fernando Sánchez Gómez