Viernes, 15 de diciembre de 2017

¿Hay algo que funcione en este país?

Este título parece una pregunta demasiado radical o exagerada, propia de un momento de enfado pasajero, pero si analizamos sin apasionamiento las instituciones con las que un ciudadano medio mantiene en alguna etapa o momento  de su vida intercambios obligados, nos encontramos con el siguiente panorama actual. Primero hagamos una pequeña lista de instituciones, servicios o elementos importantes o necesarios: las enseñanzas básicas, medias o universitarias, la sanidad en sus múltiples niveles, la vivienda, la electricidad, la telefonía, el  agua, el aire, la cultura, la televisión, la prensa, la banca, los trasportes públicos, la bolsa, etc.  

Pues bien, repasando una a una las instituciones, organismos o empresas encargadas de la gestión de estos campos nos encontramos con la desolación:

El nivel medio escolar es bajísimo en la población general (y el nivel de fracaso escolar altísimo); las universidades españolas están en los últimos niveles de las listas internacionales de calidad ( salvo alguna excepción), la sanidad pública va de mal en peor, con listas de espera para intervenciones o pruebas diagnósticas cada vez más largas.

En el capítulo de la vivienda hay una inflación en la construcción tan enorme que el consumidor medio (hablo del ciudadano de clase media) que quiera comprar una vivienda aún, después de varios años de crisis, se encuentra con precios altos , y si quiere vender una de su propiedad “lo tiene crudo”; y si es  propietario y quiere alquilar alguna, se encontrará con tantos problemas por parte de los inquilinos, que los disgustos no le compensarán los flacos beneficios.

El español medio que no haya tenido algún problema o malentendido como cliente con las empresas eléctricas (Iberdrola, Endesa…) o telefónicas (Telefónica, Orange, Vodafone…) se puede considerar una “rara avis”, una insólita excepción. El español que ame la cultura lo tiene difícil con el nivel que le ofrecen los medios públicos (sobre todo con las televisiones públicas y privadas) y lo mismo le pasará con su deseo de información objetiva: últimamente la prensa española ha sido calificada como una de las menos veraces del mundo. ¿Y si tiene en estos momentos unos ahorrillos de su trabajo de años? ¿Qué puede hacer con ellos? ¿Meterlos en un banco? Mal asunto: si no ha sido uno de los miles estafados por preferentes u otros engaños, lo menos que le puede pasar es que contemple cómo sus pequeños ahorros van disminuyendo mes a mes. Y no digamos si este pequeño ahorrador es “valiente” y le gusta invertir un poquito en bolsa: irá de sobresalto en sobresalto,

¿Qué queda en suelo patrio que funcione adecuadamente? ¿Los trasportes públicos? Algunos sí y otros no. ¿La calidad del aire? Cada vez peor en las ciudades; hasta los pájaros comunes están desapareciendo de ellas por la contaminación. ¿El agua? Cada vez más cara y escasa; hay ríos que eran grandes y ricos (el Duero, el Tajo, el Guadiana) y actualmente están o contaminados o con caudales medio secos.

Si el nuevo gobierno, que todos esperamos con ansiedad, se pone como objetivo intentar arreglar el caos con el que convivimos, necesitará no ya dos legislaturas, sino varias décadas de gobierno, para que su trabajo se llegue a notar..

Sin embargo, como dice mi vecino “¡que viva el optimismo!”.