Lunes, 18 de diciembre de 2017

Cultura si, educación también, pero por encima de todo: Amor.

Quirón fue el maestro de Aquiles, yo lo seré del amor: los dos niños temibles y los dos hijos de una diosa. No obstante, el toro dobla la cerviz al yugo del arado y los dientes de un caballo desbocado acaban por morder el freno. De igual manera me someteré al Amor, aunque me destroce el pecho con sus saetas y  sacuda sobre mí sus antorchas encendidas.

                    Ovidio. Arte de amar (libro I)

Aunque lo utilice como entrada, no es el Amor que Ovidio nos plantea en su famosa obra, del que hoy quiero hablar.

Muy bellas son sus palabras, quien lo duda, por lo que recomiendo su lectura, pero no es este tipo de Amor el que a mí hoy me interesa. El Amor del que me gustaría hablar, tal vez esté más próximo al que proponía San Agustín: Ama y haz lo que quieras.

Claro que, llevar a la práctica el Amor que nos propone el Obispo de Hipona, también tiene sus riesgos, lo que no deja de ser una paradoja. El problema no es el Amor, sino la interpretación que hagamos de ese Amor. Hay colectivos, algunos muy grandes y extendidos por todo el Orbe, que tienen una forma tan particular de sentir y llevar a cabo el Amor, que ponen en peligro a otras culturas, civilizaciones, religiones, vidas... Lo peor es que estos grupos están tan convencidos de su amor que quieren que todos comulguemos con él. O amas como yo amo o no eres digno de disfrutar de la vida que mi dios te ha concedido. Eres un infiel y debo eliminarte. Amo y en aras de ese amor hago lo que quiero, por eso te voy a eliminar a ti y a todos los de tu raza, cultura y religión.

El martes pasado hablaba de la importancia de la cultura y de la educación para acabar con los radicalismos. Hoy añadiré otro remedio: el Amor.

Mucho me temo que con este añadido sentimiento, tampoco será suficiente para lograr la paz y la concordia entre los seres humanos. Serán precisos unos cuantos más, entre ellos la tolerancia, pero eso será motivo de otro artículo. Hoy seguiremos con el Amor.

Con el Amor chocamos con los mismos inconvenientes que lo hicimos con los otros argumentos: La interpretación que hagamos de ellos.

No es fácil encontrar algo, por muy sublime que a unos y a otros nos parezca, que aglutine a toda la Humanidad. Hay valores que parecen incontestables y que deberían ser comunes a toda persona que tenga dos dedos de frente. Valores como la libertad o la vida. Pero vemos que no, que ni en esto somos capaces de ponernos de acuerdo. Hay grupos a los que la vida o la libertad de los demás les importa un bledo.

Apelamos al Amor, a ver si de esta manera amansamos la fiereza, la violencia, el odio, y conseguimos que la parte humana salga a flor de piel y que todos podamos hablar el lenguaje del Amor. Pero chocamos y volvemos a chocar, pues todos pensamos que nuestro sentido del Amor es el que debe prevalecer. Tan seguros estamos de nuestra certeza que no estamos dispuestos a ceder en lo más mínimo, son los otros los que debe doblegarse a nuestra forma de pensar, de sentir. El enfrentamiento está servido, las disputas van elevándose de tono, de las palabras pasamos a los hechos, cada contendiente se retira a sus cuarteles, se arma, se avitualla para la contienda que se adivina próxima, cada uno se refugia detrás de sus murallas. El ataque no tardará en llegar.

Después; la desolación, las lágrimas, el hambre y la miseria, los cuerpos mutilados, los niños huérfanos y las madres viudas. Tal vez sean las madres las únicas capaces de parar esta loca espiral en la que está sumida la Humanidad entera. Tal vez sean las madres las únicas capaces de ponerle freno, porque, tal vez, ellas sean las únicas capaces de sentir un mismo y verdadero Amor.