Lunes, 18 de diciembre de 2017

Dos indiferencias

Después de la santa misa habían recitado una oración habitual: “Señor, enséñame a ser generoso. Enséñame a servirte como lo mereces; a dar y no calcular el costo, a luchar y no prestar atención a las heridas, a esforzarme y no buscar descanso, a trabajar y no pedir recompensa, excepto saber que hago tu voluntad”.
Poco después estaban ya sirviendo el desayuno a los ancianos pobres a los que atendían cada día. Se llamaban Anselm, Reginette, Margarita y Judith. Procedían una de la India, otra de Kenya y las otras dos de Nigeria. Pertenecían a la congregación de las Misioneras de la Caridad, fundada por la Madre Teresa de Calcuta. Y fueron asesinadas a sangre fría el viernes día 4 de marzo de este año 2016 en Adén, Yemen, al sur de la península arábiga.
  Sus asesinos las condenaron por proselitismo religioso, algo que nunca han pretendido. Bien sabían ellas que el pobre tiene su dignidad, con independencia de su raza o de su religión.
Junto a estas misioneras, sus asesinos dieron muerte a empleados de la casa y a los ancianos que pretendieron defenderlas. La superiora de la casa se salvó por milagro. Y el  sacerdote salesiano, Tom Uzhunnalil, que había celebrado la eucaristía fue secuestrado. Era el  último que permanecía en Aden tras el incendio de su parroquia en el septiembre pasado.
Cuatro religiosas, más doce muertos más ¿qué pueden importar al mundo? Junto a los 7000 cristianos asesinados durante el año 2015, este es un incidente más. “Efectos colaterales”, los llaman en este tiempo.
 El domingo, día 6, después del Ángelus, el Papa Francisco, afirmó que las cuatro monjas asesinadas eran víctimas de sus verdugos pero también de "la indiferencia, de esta globalización de la indiferencia, del ‘no importa’".  Estos mártires asesinados cada día tan solo por  ser cristianos "no son portada de los periódicos, no son noticia". Por una parte, el odio a la fe cristiana. Por otra parte, la indiferencia ante el odio que mata a los cristianos.
El mundo se conmueve cuando se ataca el derecho a la información. Pero ni siquiera pestañea cuando se aplasta el derecho a la libertad religiosa. Nuestra sensibilidad revela nuestros intereses y, al fin,  nuestra misma identidad.
Pero tras esta trágica noticia nos sorprende la declaración de la hermana Cyrene, provincial para Italia de las Misioneras de la Caridad: “Si estamos solas y no tenemos personas a las que cuidar, ante el peligro, cambiamos de lugar, vamos a otra parte. Pero si tenemos a los pobres, los enfermos, los paralíticos… ¿cómo podríamos?” Y añade con sencillez que  “lo que realmente hace daño es la indiferencia en el corazón de tanta gente por las condiciones y la suerte que corren los pobres y los últimos”. Ese es el otro desafío a nuestra adormilada conciencia.
                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                          José-Román Flecha Andrés
 
MISERICORDIA DIVINA
 
“Los apóstoles hacían muchos signos y prodigios en medio del pueblo”. Así comienza la primera lectura de este domingo segundo de Pascua (Hech 5,12). Ha comenzado el tiempo de la Iglesia. Los discípulos del Señor hacen ahora visible su misericordia.
En realidad, la compasión de Dios se hace visible en la curación de los enfermos. Es interesante observar que la gente que se acercaba a los apóstoles deseaba que al menos la sombra de Pedro cayera sobre los pacientes que les acercaban.
Tambien hoy la humanidad sufre en su cuerpo y en su espíritu y busca por todas partes un alivio a sus ansias y dolores. Podemos preguntarnos si también el paso de los cristianos de hoy aporta una respuesta a las expectativas de la humanidad.
Con el salmo responsorial agradecemos haber sido aliviados de nuestros males:  “Dad gracias al Señor, porque es bueno, porque es eterna su misericordia” (Sal 117)”.  
 
LOS CONTRASTES Y LA MISERICORDIA
 
El evangelio nos recuerda dos momentos de la revelación del Resucitado a sus discípulos (Jn 20, 19-31). El texto parece jugar con diversas contraposiciones. Es como si intentara ofrecernos una pintura que se configura con un fuerte claroscuro
- En primer lugar se contraponen el miedo y la alegría. Tras la muerte de Jesús, los discípulos están todavía atemorizados. Pero el descubrir a Jesús presente en medio de ellos, los llena de alegría.
- En segundo lugar observamos que el miedo los mantiene paralizados y con las puertas cerradas. Pero el aliento de Jesús los exhorta a salir a la calle. Los encerrados, se convierten ahora en los enviados.
- En tercer lugar, intuimos que los discípulos no han superado el sentido de culpa por haber abandonado a Jesús. Pero el resucitado no vienen a reprenderles su falta. Al contrario, los convierte en ministros del perdón y de la misericordia.
 
LA PROTESTA Y LA FE
 
  Con frecuencia oímos calificar a Tomás como “el incrédulo”. Pero olvidamos que fue precisamente él quien había desafiado a los otros discípulos a seguir al Maestro: “Vayamos también nosotros a morir con él” (Jn 11,16). Tomás tenía fe para aceptar la muerte. ¿Es que ahora  no tiene fe para aceptar la vida? Habrá que repensar sus palabras y las del Señor.
• “Si no veo la señal de los clavos…, no creo”. Esas palabras no delatan la incredulidad de Tomás. Son una protesta personal contra los que aplauden la luz sin haber aceptado la cruz. 
• “Trae tu dedo… No seas incrédulo, sino creyente”. Las palabras de Jesús se dirigen a Tomás y a todos nosotros. Ni incrédulos, ni crédulos. Se nos pide la seriedad de los creyentes.
• “Señor mío y Dios mío”. Tan sólo la declaración de Pedro puede compararse a esta confesión de fe que el Resucitado suscita en quien estaba dispuesto a seguirlo hasta la cruz.
• “Dichosos los que crean sin haber visto”. Sólo en eso podemos superar la valentía y la coherencia de Tomás. Él creyó por las llagas. Nosotros nos apoyamos en la fe del que creyó.
- Señor Jesús, como nos ha dicho el Papa Francisco, tus llagas son un signo permanente del amor misericordioso de Dios. Que ellas nos ayuden a descubrir, celebrar y confesar su misericordia. Amén.  
                                                                           José-Román Flecha Andrés