Viernes, 15 de diciembre de 2017

El rapto de Europa o de cómo los dioses ciegan a los que quieren perder

El problema de los refugiados actualmente se ha agravado hasta límites extremos por la miopía y la ilegalidad con que los dirigentes están actuando. Ni los gobiernos ni la UE están a la altura de la situación. Ni cumplen la ley ni estimulan ni organizan la solidaridad ciudadana. Y la desfachatez se incrementa con la pretensión de endosar el problema a Turquía a cambio de una propina (el 0,6% del pib español).

¿De qué valores superiores hablan? La desnaturalización y el vaciamiento ético de nuestra cultura se acompaña de una reeducación de los individuos que rechaza la idea de fraternidad humana en cualquiera de sus manifestaciones. Los nuevos tecnócratas quieren convertirnos en seres incapaces de funcionar de manera cívicamente responsable y éticamente decente. Nos quieren cegar.

 
Guillermo Castán Lanaspa. Activista por los Derechos Humanos

Un millón de refugiados entre 500 millones de europeos suponen el 0,20%, porcentaje que tiene amilanados a nuestros tecnoburócratas temerosos de que tal invasión de desdichados acabe con nuestras buenas costumbres, con nuestro nivel de vida, con nuestra seguridad y puede que con los rasgos esenciales de nuestra civilización. Nuestra civilización, sí, basada, dicen, en valores superiores, universales, que han cobrado cuerpo en eso que llamamos Derechos Humanos. Paradójica situación en la que, para proteger nuestros valores, hay que vaciarlos de contenido y convertirlos en palabras huecas.

Y curioso retorno a las épocas en que se despreciaban los hechos empíricos, pues es extraordinaria la extensión que pueden tener ideas preconcebidas carentes de fundamento alguno y cuyo alcance intelectual se limita a vaticinar desastres sin cuento si dejamos entrar en nuestra casa a esa turba de forasteros que se han presentado a nuestras puertas sin que nadie los llame.

Por eso, ante el triunfo de la simpleza argumental, de la irracionalidad de los argumentos y de la banalización de la ética cívica en la que se basa la solidaridad, el mundo de la cultura no puede permanecer en silencio; no puede callar ante el cortejo de refugiados en condiciones miserables y sin derechos humanos. Deshumanizados por nuestra percepción y por nuestra conducta frente a ellos. La realidad de la época impone a la cultura un deber de politización. Cada palabra tiene eco, cada silencio también. No sea que dentro de unos años, cuando con cierta distancia se analicen los hechos, la desvergüenza reaparezca en forma de ignorancia y tengamos que oír que nadie sabía nada, que nadie supo de la dimensión de la tragedia.

La desnaturalización y el vaciamiento ético cada vez más evidente de nuestra cultura, para que se imponga sin grandes obstáculos, tiene que acompañarse de una reeducación de los individuos, de la expansión de una ideología que rechaza, con argumentos simples bien envueltos, la idea de fraternidad humana en cualquiera de sus manifestaciones. Los nuevos tecnócratas quieren convertirnos en seres incapaces de funcionar de manera cívicamente responsable y éticamente decente. Pretenden convertirnos en simples marionetas de un espectáculo del que en absoluto somos los dueños; nos quieren reducir a la simple condición de sujetos sometidos e irresponsables. Nos quieren cegar. Quieren degradarnos.

Se diría que los valores europeos, encarnados en los Derechos Humanos, y los valores de la democracia, ponen al sistema en peligro. Y el sistema se defiende despojándonos de nuestros valores como colectivo social y vaciando de su contenido profundo a la democracia.

Este es, en nuestro tiempo, el verdadero rapto de Europa, pues se trata de quitar de la cabeza de los ciudadanos la idea de que podemos afrontar los problemas relevantes de nuestra sociedad sin sacrificar la libertad, ni la solidaridad, ni la dignidad humana, ni la empatía con nuestros semejantes. Y a cambio tratan de ponernos delante una cortina de humo que consiste en afirmar que los problemas son demasiado complejos para la comprensión del hombre común. Creen que no entendemos, que no pensamos, que no vemos. Actúan como diosecillos dispuestos a cegarnos para perdernos, y encima proclaman a los cuatro vientos que se esfuerzan por salvarnos.

Conviene tenerlo muy en cuenta, pues este secuestro está lleno de muy malos presagios y de importantes amenazas para los propios europeos. No en vano la percepción deformada de la realidad social es uno de los principales obstáculos que nos impiden afrontar los problemas más graves que padecemos.

Solo contando con una ciudadanía desmovilizada se explica que la Unión Europea pretenda, por arte de birli-birloque, solucionar el drama humano de los refugiados mediante el burdo arabesco lateral de endosar el problema a Turquía a cambio de una propina (6.000 millones de euros, o sea el 0,6% del PIB español). Bien se ve que aquí la expresión solucionar el drama significa quitárselo de encima y enseguida ponerse a mirar para otro lado. Pues los refugiados no pueden ser enviados a un país que no es fiable por sus continuas violaciones de los Derechos Humanos: eso es lo que dicen las leyes internacionales y lo que denuncian las organizaciones de DDHH.

La maniobra es tan descarada desde el punto de vista ético, cívico y legal, que de inmediato ha levantado la indignación de muchas personas e instituciones, incluyendo la ONU. Pero el acuerdo con el gobierno turco ya está en vigor. Desde el día siguiente de su firma. Esta vez han tenido prisa.

Pues bien, este acuerdo no hará más que promover el tiro al blanco y estimular a quienes pretenden sacar partido de la situación de unas personas que lo único que intentan es salvar sus vidas y evitar la suerte de los miserables. Unas personas arrojadas al triste barrizal del desamparo y la humillación y que, a ojos de muchos desalmados, no son más que unos indefinibles animales del fango a los que vemos vivir en condiciones que son la negación misma de lo que se entiende por forma humana de vida.

¿Y qué pasa con el acuerdo de acoger a 160.000 refugiados? ¿Qué pasa con los 17.000 que España iba a acoger? ¿No estaba todo preparado? Ah, bueno, ese acuerdo no se cumple, no hace falta porque en realidad solo se fraguó para paralizar los movimientos espontáneos de solidaridad surgidos de la ciudadanía europea.

La racionalidad instrumental de este sufrimiento extremo al que estamos condenando a centenares de miles de personas inocentes la encarna una multitud de burócratas que, atornillados a sus sillones en todas las esquinas de la UE, velan por el buen funcionamiento de nuestra sociedad, que se quiere ajena a sobresaltos y alteraciones provocadas por “los otros”. A pesar de que “los otros” son el instrumento de que nos valemos para alimentar nuestra civilización a su costa.

Frente a esta “ética del sentido común”, que encubre la insolidaridad y la deshumanización del ser sufriente, se alza la ética humanitaria, la racionalidad en la que se sustenta la civilidad entendida como bien común, y la capacidad que seguimos teniendo para entender la realidad, actuar sobre ella y cambiarla.

Eso exigen los tiempos hoy frente a la racionalidad fragmentada y ciega de la burocracia policrática de la UE y de nuestros países. Realidad parcelada y ciega que proporciona a los responsables de todas las latitudes la coartada necesaria para sentirse inocentes. Lo decía Max Weber refiriéndose a la modernidad: “La civilización moderna está dominada por una burocracia tan rigurosamente “objetiva” como ajena o indiferente a los asuntos de los hombres”.

He aquí los rostros de nuestra civilización que, cual Jano bifronte, se complace de vez en cuando en mostrar sus dos caras: la solidaridad espontánea, humana, directa y relegada de las gentes, y los frenos que a ella pone un orden burocrático, desalmado y racional, que se ocupa de que todo vaya bien desocupándose de las personas.