Sábado, 16 de diciembre de 2017

Celebrar

Una intervención semántica en el mundo es la que consigue abrir espacios de vida. Nuestros cuerpos y nuestras mentes están en nuestras palabras. Porque las palabras intervienen en la realidad, decidiendo nuestros nombres hacemos habitable el mundo.

El agua que falta | Noelia Pena

Para mí estos son días de celebración. Algunas son públicas, como festejar a la que siento como única fiesta popular de la ciudad donde vivo. Otras privadas: espero por ello que sepan entender que no les comente nada al respecto. Y están también y por último las secretas; y es en este caso cuando me voy a permitir la confidencia: hoy celebro, como todos los días, el Día Internacional del Libro Infantil. Desconozco si saben que homenajea el nacimiento (que no la muerte) de un grande y no sé si bien conocido, Hans Christian Andersen. Y me pide el cuerpo hacerlo dando de nuevo voz a los libros, hablándoles de la inadecuadamente conceptuada como literatura infantil y juvenil y rindiendo homenaje a los creadores: a todos ellos, sin etiquetas.

Vean (lean) ustedes, si la curiosidad les puede, el porqué de estas líneas.

Me gustaría comenzar contándoles una historia:

Aquella primavera la familia de ratones de campo se afanaba en recoger alimento para los largos días de invierno. Todos ellos trabajaban sin descanso. Todos, menos Frederick, que parecía estar en otras cosas, mirando en derredor, y en un estado cercano a la ensoñación.

Los otros ratones, observando con cierto malestar su actitud, le preguntaron por qué motivo no les ayudaba, a lo que él respondió: yo trabajo, recojo los rayos del sol para los días duros del invierno, mientras cerraba los ojos.

Cuando lo vieron sentado, fijando de forma insistente, como ensimismado, la vista en un prado cercano, le dijeron: y, ahora, ¿qué haces?: recojo colores para los días grises del invierno, reconoció Frederick.

En otra ocasión, en la que parecía encontrarse aletargado le preguntaron, no sin cierta sorna, si sentía fatiga. Él lo negó, respondiéndoles que estaba recogiendo palabras para que en los largos días de invierno no se agotaran las cosas de que hablar.

El invierno llegó, y avanzaba mostrando su lado más cruel a la familia de ratones. Los alimentos comenzaron  a escasear y el frío hacia presa en todos ellos.

Fue entonces cuando todos recordaron las promesas de Frederick y decidieron preguntarle dónde se encontraban sus “provisiones”.

Frederick, entonces, les pidió que cerraran los ojos, y escogiendo sus mejores palabras les trajo el recuerdo de los rayos de sol para que se calentaran. Después, les acercó los colores para poder mitigar su tristeza, y terminó declamando desde lo alto de un peñascal, las palabras que había cosechado durante el verano pasado.

Cuando terminó, todos le aplaudieron, afirmando entre sorprendidos y alborozados: pero, Frederick, tu eres un poeta. Sonrojándose, mientras hacía una leve inclinación, respondió: ya lo sé.

Este ineludible libro-álbum titulado Frederick, escrito e ilustrado por ese genio de nombre Leo Lionni, con traducción de nuestra querida Ana María Matute, nos ofrece algo más que una oferta de 2x1, tan habitual en las grandes superficies, pero poco conocida como una cualidad inherente a toda obra de arte.

Por un lado, en él se evidencia de forma clara y categórica la función del creador, del artista, tan vilipendiada como absurda y paradójicamente reverenciada, eso sí, siempre en la distancia, haciéndonos olvidar su necesaria presencia, como nos demuestra la maravillosa historia de Frederick.

El creador, a través  del medio en el que se expresa: sea novela, pintura, música…, nos invita a observar a través de su mirada para que de este modo elaboremos la nuestra. Lo que pretende y quiere cuando crea historias, visiones o atmósferas es, fundamentalmente, inyectar vida en tantas palabras o imágenes cansadas, darles una nueva oportunidad, un nuevo sentido, al igual que hace nuestro amigo Frederick.

Conviene tener presente, que cuando el artista trabaja lo que hace es modificar las fronteras establecidas, dibujar nuevos planos, volver a nombrar para que una ficción nueva, más vigorosa, pugne con esa otra ficción que el poder y la costumbre nos hacen pasar por verdades incuestionables; y esto no viene mal en los tiempos que corren.

Pero hablábamos de un 2x1, y la otra oferta representa a las posibilidades de la lectura polivalente que nos ofrece este álbum mediante sus diferentes estratos o niveles de interpretación, dependiendo de si lo pensamos desde una lectura infantil o de adulto.

Curiosamente, pareciera querer dar respuesta a las quejas que revela la escritora Graciela Montes, cuando habla de que hoy la lectura sólo se mueve en sus circuitos específicos, sin tocarse ni alimentarse mutuamente, ofreciendo por este motivo la literatura para niños, para jóvenes, para adultos: cada una en su compartimento estanco.

Esto pudiera explicar que un libro como Frederick se entienda y prescriba equivocadamente sólo para niños. Lo que, sin lugar a dudas, es una fatalidad, al hurtar a los lectores adultos ese compendio de genialidades que ofrecen los buenos álbumes ilustrados como éste del que estamos hablando. Aunque, también hay que decirlo, en este momento haya autores y editoriales que están intentando eliminar este absurdo cliché.

Para cauterizar el lamento de Montes, quizá nos convenga recordar la irónica y efectiva afirmación de C.S Lewis cuando dice que la buena literatura infantil es aquella que también pueden leer los niños.

Pero lo más acertado sería hacerse con el álbum, celebrarlo en soledad o con la familia, y comprobar que la intervención semántica a la que se refiere Noelia Pena en su cita, también implica a los lectores cuando recreamos un texto; naturalmente, siempre que éste nos ofrezca esas posibilidades.

ilustración de Leo Lionni

Rafael Muñoz