Martes, 6 de diciembre de 2016

Las ruinas de Palmira

“¡Oh, ruinas! Yo tornaré a escuchar vuestras lecciones; tornaré a la paz de vuestras soledades: y allí, lejos de la dolorosa escena de las pasiones, amaré a los hombres, recordándolos; meditaré en lo que puede hacer su felicidad, y cifraré la mía en la idea de haber acelerado la época de la dicha de los humanos”.

CONDE DE VOLNEY, Las ruinas de Palmira (1791). Trad.  A. Ruíz Gómez.

Constantine  François de Chasseboeuf, conde de Volney, un viajero aristócrata francés culto y, por lo tanto, ateo, publicó en 1791 Las ruinas de Palmira, un espléndido libro que, con espíritu ilustrado y, por tanto, racional, indaga a partir del significado de Palmira en los orígenes de las grandes sociedades y el poder dominador de las religiones que las fundan y manipulan, a las que somete al tribunal de la razón, desvelando todo lo que hay en las religiones de superstición, de servicio a los intereses creados y su aporte a la esclavitud del hombre, ya que fomentan grandemente los prejuicios e impiden disponer al ser humano de su vida de acuerdo con la ley natural y la razón.

La reciente recuperación por el ejército sirio de las ruinas de la ciudad de Palmira, ocupadas hace casi un año por el EI, ha sido proclamada por la propaganda occidental, la misma que sigue colaborando con el mantenimiento en el poder de Bashar al-Asad, como preludio de los logros futuros en la lucha contra el Estado Islámico, anunciando, al tiempo, “la reconstrucción de las ruinas para devolverlas a su estado antes de la invasión yihadista”, recuperando, dicen, “su significación dentro de la sociedad siria y la cultura universal”.

A poco que se reflexione sobre el paradójico significado de la expresión “reconstrucción de las ruinas”, no deja de sorprender que hoy se considere importante la reversibilidad de un daño realizado a lo que ya de antemano era ruinoso y, sobre todo, convertido, desde hace muchas décadas, en lugar abandonado a las inclemencias del tiempo y la depredación turística, sin que se hubiera realizado intervención alguna ni para su conservación ni, mucho menos, para su puesta en valor como lugar referencial tanto de la historia de las religiones como de la historia de una región sumida hoy, por intereses económicos y la falta de humanidad que genera cualquier fanatismo religioso, en moneda de cambio aprovechada oportunamente por tirios, troyanos y otros (es decir, cristianos, judíos, musulmanes) y, para vergüenza de todos, el mayor foco de crimen, crueldad e injusticia de todo el planeta.

Las ruinas de Palmira, a juicio de quien esto firma convertidas hoy en ejemplo paradigmático de la hipocresía de las arengas democráticas, de la evidente constatación de la imposibilidad de cualquier desarrollo cultural tutelado por las creencias religiosas y, desde hace lustros y ahora de nuevo una vez “recuperadas” por “los buenos”, de la altiva estupidez de la llamada cultura aristocrática occidental que ni indaga, ni estudia ni entiende más allá de sus técnicamente exquisitas fotografías turísticas, que en el significado, el sentido y naturaleza de Palmira, y hoy de sus ruinas en proceso de “reruinificación” –disculpas por el palabro-, puede explicarse la guerra que asola Siria –y casi todas las guerras-, los motivos de las primaveras árabes –y de la rebelión popular ante la imposición constante-, el sufrimiento que inunda las costas griegas –y la esclavitud, la desigualdad y la injusticia que generan los dioses que reparten el pan- y también la sinrazón, la negligencia y la incapacidad que campan por sus respetos por las cancillerías, los despachos, las casas blancas, las consagraciones y los ramadanes, las urbi et orbi y los escaños parlamentarios del mundo entero. Tal vez abrir el libro de Volney y leer sus comentarios y reflexiones de hace más de doscientos años, no fuese mal comienzo para reflexionar sobre el significado de las cosas que pasan –que nos pasan-.