Sábado, 16 de diciembre de 2017

Dar la cara

 Me gustaría hablarles de Johan Cruyff, contarles algo nuevo sobre sus regates, sobre su forma de entender el fútbol y la vida, pero no les estaría diciendo nada nuevo ni mejor de lo que ya se ha publicado en estos días. Y eso que, como madridista, podría escribir desde el dolor que aún siento en la cadera tras aquella cola de vaca de Romario a Alkorta en aquel punzante 5-0, o desde la desesperación de aquellas tardes de intriga y transistor; las de las ligas de Tenerife y la del penalty de Djukic. Sin duda, a aquel Dream Team que inauguró una nueva etapa en el fútbol, no le faltó su merecida ración de suerte u oportunidad, como prefieran llamar a esa fuerza invisible que dirigió el cañón enviado por Ronald Koeman a las redes de la portería de la Sampdoria en aquella final de Copa de Europa de 1992 que marcó el inicio, lo queramos o no, de una época gobernada por el Barça en el nombre del “Cruyffismo”.

 

Pero les voy a hablar de la propuesta emitida por John Carlin en este artículo de El País. De manera bienintencionada, de eso no cabe duda, el periodista y escritor británico, le lanza el guante a los futbolistas europeos de religión musulmana para que abanderen una campaña de denuncia contra los actos terroristas cometidos en varias capitales continentales en nombre del Islam aprovechando la coyuntura de la próxima celebración de la Eurocopa. Se trataría de servirse del eco que el fútbol genera con su mera presencia para llamar al cese de la violencia y a la convivencia pacífica entre practicantes de diferentes religiones –algo que, por otra parte, más allá de estos sucesos terroristas, es un hecho, aunque mejorable, en gran parte de la región–.

 

Más allá de la conveniencia de que la campaña fuera llevada a cabo por todos, y no solo por los jugadores musulmanes, la gran cuestión pasa por delimitar el campo de actuación del futbolista, una persona, cierto, a la que los medios han situado en el foco y dotado de una gran capacidad de impacto, pero alguien, también, que de manera descontextualizada, no pasaría por ser más que un experto en un oficio a priori bastante rústico. Determinados argumentos defienden que su única labor pasa por hablar en el campo, por comportarse, sí, de manera ética y de acuerdo a unos valores que puedan servir de ejemplo. Otros, en cambio, acuden a las mareantes cifras que mueve el negocio y a su potencial mediático para reclamar de sus protagonistas un compromiso político, un activismo social que contribuya a mejorar la calidad de vida de los ciudadanos que costean su desmesurado jornal a base de contratos de televisión de pago, de camisetas, consumo de contenidos en papel o vía web (con su correspondiente ingesta de publicidad),…

 

Yo soy de estos últimos. Si los futbolistas pueden ser la imagen de campañas publicitarias, igualmente pueden avalar un mensaje de concordia y reconciliación. No hace falta que lo redacten, ni siquiera que lo entiendan, pero no pueden permanecer al margen de esta y otras cuestiones sobre las que pivota la estabilidad institucional y democrática de nuestro edificio cultural. Aunque no sirva para nada.