Viernes, 15 de diciembre de 2017

La plenitud del conjunto vacío

Publicado en el nº 34 de “El Periódico de la Sierra de Salamanca”, marzo de 2016.

Cuando las mimosas redondean el amarillo bajo el sol crudo de marzo, unos cineastas llegaron al pueblo.

Era entonces 1980 y yo tenía catorce años. Aquella tarde, al salir de la escuela, los muchachos hicimos poco caso a la televisión vespertina de dos canales. Corría tierna de casa en casa la noticia de la llegada de los artistas. Pronto les vimos con los vecinos, pidiendo esto o lo otro, remirando los rincones del lugar como para cogerles su mejilla buena. Una mañana entraron en  nuestra escuela.  Cursaba yo entonces quinto de EGB, o sexto, u octavo; pues el maestro daba las lecciones por tandas, y tan pronto decía lenguaje para los de sexto, historia para los de octavo, como naturales para los de séptimo, y como estábamos todos en un aula, uno se iba quedando con un poco de todo, o de nada. Los del cine pidieron a don Teodoro, el maestro,  muchachos para que hicieran de extras en su película, que se iba a llamar: “El nido del estrafalario”, pero al final se llamó solamente “El nido”; sería por el cansancio de  explicar tanto aquella palabreja.  

Así que algunos de nosotros estuvimos con ellos durante un mes. Los días que nos tocaba, nos levantábamos, y en vez de ir al colegio, nos llevaban a rodar escenas con los actores, y eso nos hacía andar con mucha importancia. Nos caía bien Héctor Alterio, por su acento argentino, y porque se interesaba mucho por nuestras cosas de pueblo. Patricia Adriani, la maestra en el filme, nos ponía nerviosos y colorados cuando nos sonreía porque estaba muy lozana. Simpático nos parecía Luis Politti que representaba a cura rural pero liviano, Agustín González imponía con su seriedad de guardia civil revenido y  rondábamos mucho a Ovidi Montllor por su aspecto de tío carnal de los que sueltan paga.  Y lo de Ana Torrent, la actriz protagonista, era distinto: era de lo más distinto que yo había sentido. 

Una semana llevó  rodar en el teatro lo que apenas dura un minuto en la cinta. Era una escena sobre la representación de una obra de Shakespeare. Cada mañana esperábamos en corrillos junto a la puerta de nuestro teatro “León Felipe” a que se nos abriera en grupos separados: en uno el director, los actores y el equipo de rodaje, en otro Ana y demás niñas actrices, y en un tercero nosotros, los extras del pueblo. Era aquella la  época de los Diagramas de Venn en los libros de texto, y por timidez, o por miedo, nunca se producía la unión de nuestro corrillo con el de las chicas artistas. Un día lluvioso hizo que los grupillos nos aproximáramos para el cobijo del agua, y se me ocurrió intentar la intersección de los conjuntos. Dije fuerte, para que se me oyera: "¡Oye, Ana, que digo yo...!". Y ella, la protagonista, encogida de frío a pesar de llevar un grueso jersey de lana rojo respondió: "Sí..., dime". Pero a mí me entró vértigo al verme enmarañado en sus ojos dulces. "No, que no es a ti... Que es a esta Ana...", balbuceé señalando a mi vecina Anabel. Lo volví a intentar un par de veces más, pero en la tercera ella ya no me respondió.

Durante todo el rodaje fuimos incapaces de solucionar la lejanía matemática de los conjuntos. Eso me apenaba, sí, pero en cuanto pensaba en lo que se decía que nos iban a pagar, me alegraba. Unos que quinientas pesetas por día, otros que mil, y lo que decían unos  cuantos exagerados, no merece la pena contarlo. En todo caso, en unos tiempos de diez duros de paga semanal, aquello me parecía increíble. Yo habría de darle aquel dinero a mi madre, claro, pero puse la condición de que quería unas zapatillas blancas, con tres rayas, las del "Contamos contigo" de la televisión, aclaré. Y las quería porque no calzaba más que parcas botas, y flojas playeras de tela azul y goma caldeada en el verano. Mi madre vino a consentir, hasta que fue a encargarlas a los ultramarinos y se enteró de lo que costaban. “Pero hijo, qué caras para no ser más que unas alpargatas”,  decía la mujer escandalizada.

Y como cuentas borradas en una pizarra escolar, pasaron los días y llegó el final del rodaje. Nuestros grupos estaban dispuestos como siempre esa última mañana en las escuelas de San Martín del Castañar. Aquella vez calzaba mis botines artesanales de cuero repujado, los que solo me ponía en las fiestas. Oí detrás de mí: "¡Oye! Ángel...". Pero ni me giré; pensaba que se me devolvía la gracia, que sería para algún tocayo de su equipo. Pero la voz insistía, y al girarme vi que desde el otro grupo era Ana la que se me acercaba y me dijo con cara de luna llena: "Que me gustan mucho tus botines". Y menos mal que nos llamaron, pues me había atascado en sus ojos de cisco, y ya me faltaba el suelo.

Al terminar la última escena, se produjo al fin la melaza de todos con todos, y por allí anduvo el director, Jaime de Armiñán, rascando nuestros  cogotes, Patricia Adriani repartía besos que se nos inflamaban en las mejillas como picaduras de avispa, Ana se hacía fotos con nosotros, y a mí me parecía que me miraba distinto. 

Y se fueron, y aquella tarde nuestra merienda fue un trozo de pan reseco, pues no sabíamos que nos íbamos a quedar tan tristes. Pero al día siguiente oímos la cornetilla  del alguacil y  escuchamos un bando esponjoso y dulce como de bizcocho, que nos convocaba  para explicar lo que habían dado los cineastas. Y acudí  contento pensando en mis Adidas. Pero la productora  no dio a los extras ni un duro, sino que dejó dinero en el Ayuntamiento (se decían que 75.000 pesetas) para que en las cercanas fiestas de La Cruz de Mayo, dieran un convite al pueblo y ese año, en vez de dos noches con orquesta, hubiese tres.

Y me quedé sin zapatillas.

En aquellas noches de baile en la Plaza, oyendo los repetidos pasodobles, yo sentía un despojo ancho como un erial. Era una sensación que desconocía por su desnudez y rabia, y por primera vez comprendí aquel símbolo matemático: el aro cruzado por un palito  que representa al conjunto vacío. Era este un signo cuyo concepto hasta esos días no había entendido, pues para qué, me decía, hacer una cerca para guardar la nada. Pero fui asimilando  su significado en los anodinos días que llegaron. A menudo me daba por cruzar con mi dedo el círculo del sol en tardes de repente opacas, o el redondel políglota de la luna en las desveladas noches que llegaron, como en extraña  camaradería con el símbolo lleno de nada, pues lo que sentía era paradójico: un vacío por la pérdida de la tranquilidad de la niñez, y una plenitud de novedades por llegar a la  tierra de nadie de la pasión.

Veintiún años después me encontré con Ana Torrent.

Fue en Segovia, donde yo trabajaba de librero y a donde la actriz llegó a actuar en el teatro Juan Bravo. Noté al verla que se le había alargado el rostro como se nos habían estirado los años, y advertí la fuga de sus ojos del dulzor de la inocencia, como también de los míos habían desertado. Le comenté que yo había sido su Macbeth en aquella escena en el teatro de mi pueblo. Ella  sonrío, se alegró, asomaron por un instante brasas en sus ojos, y llamaradas en los míos. Hablábamos, cuando escuchamos un silencioso ¡Corten…! Pagó su libro y se marchó. Otra vez el rodaje había terminado. La vi alejarse por la Calle Real segoviana, y la vida siguió aquella mañana, como en todas, con sus grandes y anónimas escenas. 

 Sí, una tarde de marzo llegaron unos cineastas a un lugar, Sequeros, en la Sierra de Francia de Salamanca, del que no me quiero olvidar.