Lunes, 18 de diciembre de 2017

Ser y creer

Aceptar la diferencia no implica pensarse mejor, creerse superior; saberse diferente y defenderlo a ultranza significa –nada más y nada menos– saber que muchas individualidades hacen un todo más rico, un nosotros al que da más gusto y orgullo pertenecer.

Las personas inseguras coinciden con quienes son conservadores en el miedo al cambio y en la necesidad de muletas.

El conservadurismo mental implica una aparente seguridad que, en realidad, no es más que fe a ultranza en lo poco que ven quienes así enfrentan la vida y en la incapacidad –miedo– que les produce lo que desconocen. Por eso niegan, rechazan, asesinan…

Si esto ocurre con las personas, lo mismo sucede con los países, puesto que son reflejo de sus habitantes, aunque, como escribió Savater el otro día: “El derecho a decidir que define a la ciudadanía democrática pertenece, según ellos, a los territorios, no a los individuos. Los ciudadanos no lo son del Estado más que parcialmente” (El País, 14 de marzo: http://elpais.com/elpais/2016/03/08/opinion/1457457391_655061.html); vamos, que el nacionalismo tiende a ser negacionista, es decir, a considerarse superior… aunque, en realidad, lo que considera superior es su tierra, su lengua, su raza, su religión; cualquiera de esos elementos son algo, en el fondo, ajeno a la persona en tanto que individuo… porque eso es lo que busca, negar la riqueza de la individualidad… para sentir una aparente seguridad. Aparente y falsa, por supuesto.

Alguien que acepta su individualidad, con virtudes y defectos –aquí el tópico deja de serlo– no tiene problema alguno para aceptar otras individualidades; no solo aceptarlas, buscará conocerlas y tomar lo que pueda servirle para enriquecer la propia existencia.

Aceptar la diferencia no implica pensarse mejor, creerse superior; saberse diferente y defenderlo a ultranza significa –nada más y nada menos– saber que muchas individualidades hacen un todo más rico, un nosotros al que da más gusto y orgullo pertenecer.

Por eso, yo puedo emocionarme por el amor que los mexicanos tienen por su himno y su bandera, aunque yo no sea ni de himnos ni de banderas; vamos, que soy igual de mexicano si lo canto que si no, porque ser mexicano es una decisión personal y un dato jurídico: lo primero se circunscribe al sér personal –ese sér con acento que nos regaló César Vallejo– y lo segundo es un asunto legal.

Lo mismo me pasa, claro, con el otro pasaporte; entiendo la emoción que produce la tierra, pero no creo que, si no estamos hablando de cultivar algo o de sacar petróleo, una tierra sea mejor que otra… Y, desde luego, concuerdo con Savater en que las tierras no tienen derecho al voto…

Y aquellos que matan en nombre de un Dios, crearán dolor, pero no vencerán nunca… Porque los dioses solo ganan cuando pierden; los fanáticos, sean cruzados, nazis o yihadistas, siempre terminan perdiendo…

Y yo, parafraseando a Jorge Drexler, hoy más que nunca, soy cristiano que vive con los aztecas, tiene cerca a los mayas y no se lleva mal con judíos y moros.

@ignacio_martins

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