Martes, 12 de diciembre de 2017

Indefensos e inocentes, son 10.000 los niños refugiados desaparecidos.

Lo que no podemos hacer es llorar de impotencia en nuestro sofá: nosotros, los ciudadanos de Europa, sí podemos hacer algo para evitar la tragedia, y es cada vez más urgente.

Igual  que Ahmad, muchos niños quedan solos, sin supervisión de adultos de la familia, tras quedar huérfanos o separados de sus padres. Entonces su vulnerabilidad es extrema.

Lucía García. Activista por los Derechos Humanos

   Ahmad es su nombre, es sirio, es tan sólo un niño al que por las noches despertaban sonidos de balazos y  de día se quedaba atónito cuando veía pasar tanques o escuchaba los estruendos de algunas explosiones, mientras su madre le consolaba y su padre trataba de buscar una posible salida de ese infierno.

  Llegó el día en el que no podían más, casi toda su familia había sido asesinada y necesitaban encontrar la forma de salir de Siria, pero ellos no pueden entrar de manera legal en Europa, así es que ante su desesperación encuentran dos posibles rutas para llegar a Europa, una que es menos concurrida y más arriesgada,  que comienza en Túnez y Libia y termina en Italia; la segunda, más transitada, es la ruta del Egeo, que es la que tienen que tomar Ahmad y su familia.

   La ruta comienza viajando a su país vecino, Turquía, desde donde se pondrán en marcha en embarcaciones hasta Grecia, donde tendrán que intentar sortear la intensa vigilancia de los guardias costeros. Al no conseguir evitar todos estos controles, los padres de Ahmad, maltratados y hambrientos, son retenidos por la policía pero Ahmad consigue huir y mantenerse con algunas de las familias que habían hecho el trayecto junto a ellos. Al igual que Ahmad, muchos niños quedan sin supervisión de adultos, pero en ese momento el grupo ha de decidir entre la “Ruta de los Balcanes”,  cada vez más difícil de emprender por los estrictos controles y las fronteras cerradas, o ponerse en marcha de nuevo y llegar hasta Italia, que es lo que deciden hacer:  se juegan la vida en una lancha motora para terminar en las costas italianas.

   Por fin estaban en Italia, a salvo se creían, pero una noche, mientras tratan de dormir al raso, un grupo personas comienza a llegar, a su paso se van llevando a algunos niños, entre ellos a Ahmad, que, aunque hace todo lo posible por que no le cojan, no tiene apenas fuerzas, al igual que le pasa a todas esas familias, ya débiles por el viaje y que no consiguen evitar que algunos de los niños, ya huérfanos, no caigan en manos de éstas personas, y lloran ante la impotencia de ver cómo se llevan Ahmad y algunos niños más y no pueden hacer nada.

   Ahmad es uno de los 10.000 niños desaparecidos, según la Europol,  que podría estar en manos de una “infraestructura criminal paneuropea”, que es una de las organizaciones criminales mejor organizada dedicada al tráfico humano, asique Ahmad se puede encontrar realizando trabajos forzados, en mafias que se dedican a la explotación sexual, le pueden estar incluso quitando órganos para su posterior venta… 

    Las autoridades europeas saben que al menos existen 10.000 niños que podrían estar en la situación de Ahmad, que es un caso hipotético, situaciones ante las cuales no se hace absolutamente nada, es más, se mira hacia otro lado, cerrando con vallas las fronteras terrestres e intentando que los países vecinos, como Turquía y Marruecos, actúen como filtro negando el acceso a asilo de los refugiados, exponiéndoles a malos tratos, a viajes que les pueden costar la vida o como en el caso de los 10.000 niños desparecidos, a no se sabe qué.

   Son indefensos, inocentes, las victimas perfectas para la trata humana, y muchos tienen que venir solos a Europa. Pero bueno… sigamos mirando a otro lado, pobrecitos, que no podemos hacer nada… (Nótese la ironía).

   Lo que no podemos hacer es llorar de impotencia desde nuestro sofá: nosotros, los ciudadanos de Europa, sí podemos hacer algo y es cada vez más urgente.