Viernes, 15 de diciembre de 2017

No es eso, señores, no es eso

Ya ha pasado demasiado tiempo desde el triste y fallido espectáculo de la sesión de investidura, celebrada a doble partido en el edificio de la Carrera de San Jerónimo -que hasta hoy se llama Congreso de los Diputados-, como para extraer algunas consideraciones. Es verdad que, desde que está en vigor la actual Constitución, es la primera vez que el candidato que aspira a la investidura ha salido ampliamente derrotado en las dos votaciones reglamentarias. Pero es curioso que la persona incapaz de atraer los votos de confianza precisos para ser investido Presidente -después de habérselo asegurado previamente los mismos que después lo confirmaron- sea la misma que critique al candidato de la lista más votada por evitar a la cámara un trámite de cuyo resultado tenía esa misma constancia. Sin ser un adivino, creo estar convencido de que, en un hipotético debate de investidura del Sr. Rajoy, todos los que después han afeado su renuncia a intentarlo, habrían empleado como muletilla para flagelar su conducta el hecho de hacer perder tiempo a los señores diputados –y señoras diputadas-  con un debate que sabía perdido de antemano. ¿En qué quedamos?

 Así pues, la primera consecuencia que saca el ciudadano imparcial es que, a la hora de aportar razonamientos, réplicas, contrarréplicas y propuestas, todos los partidos políticos, todos, emplean una importante dosis de cinismo. Afortunadamente, ese mismo ciudadano ya va aprendiendo. Quien no aprende es el fanático que no ve delante de sus narices; el que está presto a aplaudir, sin saber por qué, cuando lo hace quien está a su lado; o aquel en quien hacen mella los  mensajes subliminares repetidos una y otra vez, aunque no sean ciertos. Ciertamente, la salida del  embrollo en que nuestros políticos están metiendo a los españoles ni es fácil ni está clara. En primer lugar porque, por definición, es imposible encontrar ahora mismo un gobierno sólido y con posibilidades de duración que satisfaga a todos. Más que nada porque da la sensación de que, desde los tiempos de la Transición, los partidos políticos –o sus dirigentes- han olvidado precisamente el significado de la palabra “transigir”. Es decir, aquí no hay nadie dispuesto a ceder lo más mínimo. Y nada me gustaría más que equivocarme en esta apreciación y que, más pronto que tarde, se alcanzara un acuerdo para dejar satisfechos a la mayoría de españoles.

Porque, señoras y señores políticos, deben saber que todos los españoles de bien estamos deseando tener un gobierno que mejore lo hecho hasta hoy. Pero que esa mejoría no sea a base de hipotecar a esta generación y las venideras, que no venga a desunir lo que ha costado unir tantos siglos, que nadie pierda calidad de vida, que ataque con eficacia el cáncer del paro, que no ofrezca lo que no puede cumplir y que no pretenda aplicar fórmulas que han demostrado ampliamente su fracaso en otras latitudes. A ese posible gobierno, sea del color que sea, nos someteremos de muy buen grado todos los que ahora estamos preocupados. Naturalmente, habrá quienes no estén de acuerdo con estos planteamientos, porque entre otras aspiraciones un tanto turbias, les mueva el deseo de desmembrar nuestra nación, nuestro sistema y nuestras instituciones. Quien esté de acuerdo con ellos, es muy libre de seguirlos y, si algún día están en condiciones de alcanzar el poder, de aguantar sus decisiones. Mientras tanto, no caigamos en la tentación de facilitarles el camino.

Posiblemente mis canas hacen que vea las cosas bajo un prisma deformado, pero no me agrada lo que veo. No me gustan los partidos que, enfangados en la corrupción, no se esfuerzan al máximo por impedirlo, y dedican más tiempo a reprobar los casos del adversario que a cortar de raíz los propios. No me gustan los partidos que, como norma, dedican sus campañas electorales a proclamar lo contrario de lo que más adelante llevan a efecto, sin caérseles la cara de vergüenza. No me gustan los partidos que para llegar al poder -cosa lícita en democracia-  están dispuestos a saltarse las más elementales normas de la lógica y la razón. Por último, no me gustan nada los políticos que ofrecen unos modales fuera de contexto; y no me refiero sólo a su aspecto externo, que también, sino a gestos y ademanes de muy dudoso gusto y más propios de épocas ya olvidadas; entre otras razones, porque traen recuerdos de regímenes diametralmente opuestos a lo que entendemos por democracia.

Señoras y señores políticos, con independencia del partido al que cada uno de nosotros conceda su voto, pueden estar seguros de que, en el fondo, hay mucha gente que opina como yo –aunque no se atreva a reconocerlo-, y esperan de ustedes más dedicación para solucionar los problemas que de verdad preocupan al elector, menos protagonismo a la hora de acercar posturas y un discurso enraizado en los tiempos y las circunstancias actuales. No nos calan los razonamientos de quienes creen seguir en las asambleas de sus facultades,  ni nos convencen quienes piensan que los políticos de izquierdas y derechas que ofrecieron su criterio y su apoyo a la Transición fueron, según su color, demasiado listos, demasiado torpes y muy cobardes. El desaliño “cuidado”, los “besos soviéticos” y los puños en alto, ya no están “in”. Por último, olvídense ya de nuestra funesta guerra civil y reconozcan que, en  realidad, la perdimos todos. De paso, abandonen su inquina por todo lo relacionado con la Iglesia. Hay cosas más urgentes e importantes que están esperando su destreza.