Sábado, 16 de diciembre de 2017

Vestir al desnudo

En los últimos años, el Cabildo de la Catedral tiene la gentileza de obsequiarnos a los sacerdotes que participamos en la Misa Crismal del Miércoles Santo con algún libro, obra de uno de los canónigos de la Santa Iglesia Basílica Catedral, que todos esos nombres tiene la iglesia madre. Esta vez no es un librito, sino un buen tomo de 512 páginas, “Misericordia quiero. Las obras de misericordia”, cuyo autor es D. Florentino Gutiérrez Sánchez, que antes que canónigo fue y es Vicario General de la diócesis. Hombre de fácil pluma, se ve que esta vez Dios le ha tocado el corazón –nada mejor que sentir la amplificadora presencia de la misericordia divina en la propia fragilidad, enfermedad, limitación-. Sea como fuere, el caso es que nos ha preparado un buen estudio sobre las obras de misericordia, que ahondan sus raíces en la Sagrada Escritura, reinterpretada por los Padres de la Iglesia, los santos en general y algunos de estos a los que D. Florentino califica como “promotores de la misericordia divina”. Una vez que se entra en el desmigamiento de cada obra de misericordia, sale a relucir la cultura actual, el pensamiento contemporáneo, el sentir de la gente, la finura de espíritu y la amplia experiencia pastoral del autor.

Pero vamos a la obra de misericordia que toca hoy: vestir al desnudo se presta a contradicciones y a múltiples interpretaciones, porque, si hemos de hacer caso al relato bíblico, el único vestido que Dios regaló a su creación preferida, el hombre y la mujer, fue el manto interior de la dignidad, de su semejanza con el mismo Dios, del honor de pertenecer a la divina familia. Así vestidos por dentro, no necesitaríamos de atuendo exterior alguno, pues la piel es el traje más digno y complejo que imaginarse pueda.

La rama optimista y progresista, políticamente correcta, de la cultura moderna pretende volver a este estado natural –paradisiaco- de las cosas y ve en el desnudo algo natural e incluso una reivindicación de la justicia y santidad original del hombre, el buen salvaje al que ninguna sociedad haya podido pervertir, y que se reivindica a sí mismo como modelo de humanidad frente, por ejemplo, al oscurantismo católico que no ve con buenos ojos que los creyentes vayan a rezar desnudos, por ejemplo, a la capilla universitaria de Somosaguas. Y, llegado el caso, no entiende que alguien pueda ser condenada a una multa de 4.000 euros de vellón por rezar en sujetador.

Algo ha tenido que cambiar desde aquel momento paradisiaco de la humanidad, aparte de alguna que otra glaciación, que no hay quien haga el nudista en la Plaza Mayor de Salamanca en un invierno como los de antes, aunque ahora el calentamiento global ha venido a revolverlo todo. Bueno, mejor no demos ideas paporsia. Algo ha tenido que cambiar, digo, cuando los muy organizados y legales romanos, para hacer perder hasta la última brizna de dignidad, desnudaban totalmente al reo para someterle al suplicio de la cruz, como consta de Jesús en el Evangelio, a no ser que eso sea otro mito del citado oscurantismo comecocos. O las mafias que transportan refugiados, que les dejan con lo puesto –muchas veces mojado- para que lleguen las autoridades danesas y se lo arrebaten para pagar las costas de manutención, que los refugiados nos salen muy caros.