Sábado, 16 de diciembre de 2017

No hay belleza...

Acaba la semana santa, languidece la ilusión,  se cambia el reloj,  se dobla el capirote,  se redobla el vacío, vuelta a casa. Después de la procesión del cristo,  las retenciones en la autopista. Otro viacrucis que se saldará con algunos muertos más. Mientras se concentran en La Bourse contra los atentados de Bruselas, se detiene a algunos terroristas, se recuentan las víctimas de la masacre,  se cuentan sus emocionantes  historias, vidas guapas llenas de proyectos... Porque la muerte tiene eso, que ensalza y glorifica en los aleros de los  medios de comunicación a sus protagonistas, (¡hasta ETA ha condenado la masacre !) , pero sólo si son de los nuestros,  de los atentados de aquí; los de allá  se olvidan o directamente se ignoran  en los márgenes difusos y mal localizados sobre el mapa incierto de nuestras emociones,  más allá de las fronteras bien trazadas de la vieja Europa y sus grandes valores.

Se acabaron las procesiones, se cerraron los templos. Mas alguno se sorprenderá al llegar a casa y escuchar el último golpe terrorista que me asalta   mientras  escribo:  "Más de 50 personas han muerto y un centenar han resultado heridas a causa de un atentado suicida perpetrado este domingo en la ciudad paquistaní de Lahore. Todo indica que la explosión kamikaze ocurrió en el parque de niños de Gulshan e Iqbal, que en esos momentos estaba abarrotado al tratarse del día festivo por Pascua, según la cadena paquistaní".

O sea que el viernes santo no ha terminado, solo se ha clausurado el  espectáculo procesional contra las inclemencias del tiempo, resplandeciente  noche adornada por la lluvia llena,  por la luna mojada. Sacrificio incruento de calles y plazas con un ecce homo cuyo rostro enmudece avergonzado, por tantos rostros palpitantes no reconocidos ni  siquiera,  tal vez,  en la humilde plegaria de los pocos fieles que aun celebran la liturgia en el interior de las iglesias.  Una pausa para la publicidad, enseguida volvemos... Cuando acaece la muerte de colectivos enteros por causa de la guerra, el terrorismo, el genocidio sistemático,  la tragedia  de la muerte se acentúa  por no ser natural, sino violenta bajo la humillación y el dolor,  infringida por seres  humanos que se erigen en dueños de la vida de otros.  

Llega la "pascua florida" , y una se pregunta qué queda de ese paso tan bien  acompasado, tan  festivo, tan indiferente,  por la muerte y la resurrección. O ¿qué belleza salvará al mundo? Porque el amor, ay el amor, bien lo sabía Dostoyevski, cuando hace litigar a dios y al diablo, en El idiota,  o Simone Weil:  “Hay quienes tratan de elevar su alma como quien se dedica a saltar continuamente, con la esperanza de que, a fuerza de saltar cada vez más alto, llegue el día en que alcance el cielo para no volver a caer".  Luchando contra los fantasmas de consolaciones imaginarias no nos damos cuenta de que  "El amor tiene necesidad de realidad. Amar a través de una apariencia corporal a un ser imaginario, ¿qué hay de más atroz, cuando uno se apercibe de ello? Más atroz que la muerte".