Miércoles, 13 de diciembre de 2017

Procesiones

Con la Pascua de Resurrección y las palabras del predicador de Tarso concluyen hoy las procesiones de Semana Santa, que para los creyentes han sido expresiones públicas de religiosidad; y para los descreídos, fetiches de pueblos primitivos, atribuyendo los fieles a las imágenes religiosas similares poderes que los infieles asignaban antiguamente a sus ídolos.

Y si alguien enjareta a los procesionantes la misma idolatría y veneración excesiva que los primeros bípedos tenían por sus deidades, debe saber que el sentimiento de quienes participan en esos actos está guiado por firmes creencias arponadas en sus corazones desde la cuna, que merecen todo respeto y comprensión.

Por otro parte, es obligado conceder a tales actos, cuando menos, el valor de mantener una tradición vinculada a los gremios, cuando estos se agrupaban en calles para defender sus intereses, asociándose con fines piadosos bajo la protección de Jesús, una Virgen o el santo patrón de la cofradía, sabiendo que hoy se mantienen, pero abandonando las obras de beneficencia, continuándose procesionando imágenes con la misma rivalidad de las primeras hermandades, desde que perdieron en el siglo XV su carácter profesional en beneficio del sentimiento vocacional.

Cierto es que a las procesiones no todos han asistido con las mismas intenciones, pues algunos lo han hecho en plan folclórico; otros para satisfacer una curiosidad; bastantes para cumplir un rito piadoso; y unos cuantos a sacrificarse ante la imagen del Dios justiciero y vengativo en el que creen, todo ello sin sentido alguno para los iconoclastas que rechazan lo que consideran caduco fetichismo.

Pero, sabed censores, que no se adora la madera, sino lo que representa, como saben bien los salmantinos desde que unos desaprensivos robaron la imagen de la Virgen de la Peña de Francia obligando a realizar otra figura, y cuando se descubrieron los restos de la antigua en un pozo, se introdujeron en la nueva para que la imagen mantuviera la sobrenatural magia de la anterior.

Salzillo, Juan de Juni, Berruguete o Benlliure, tallaron imágenes profanas que el agua bendita del hisopo transformó en venerables figuras milagrosas, capaces de enajenar y emocionar a los devotos que mantenían y siguen manteniendo una fe tradicional más estable que la del entrañable lechero del violinista en el tejado.