Viernes, 15 de diciembre de 2017
Alba de Tormes al día

La hora de la Madre

Ante la Soledad de Pedro de Mena, en el Carmelo de Alba de Tormes
La Soledad de Mena en la iglesia de la Anunciaciación de las Madres Carmelitas. Fotografías: Pedro Zaballos

Convencido de que la Semana Santa de Alba merece más atención, y hasta estudios documentados sobre sus pasos y tradiciones, ofrezco a los Cofrades de la misma esta pequeña contribución sobre una imagen mariana que ya no figura en las procesiones, pero sí en el corazón de los albenses y de tantas personas del contorno. Es otra tarea más que queda por hacer en la historia a escribir de nuestro pasado.

Dentro de la Semana Santa albense es una cita obligada desde hace siglos, la visita y la oración ante la Virgen de la Soledad, que antiguamente sólo salía de clausura para esta ocasión, y ahora la podemos contemplar siempre en el Museo Carmelitano. Sin duda alguna se trata del mejor paso religioso que posee Alba de Tornes.

Es más que evidente la autoría del escultor malagueño Pedro de Mena (1628-1688), aunque nada sepamos de la llegada a Alba de Tormes de esta imagen; si fue por encargo o ha sido resultado de alguna donación para el sepulcro de santa Teresa. Podemos lanzar la hipótesis de que llegara a Alba de Tormes a finales del siglo XVII (1670-1677) cuando se amplía la iglesia del sepulcro, dotándola de crucero y retablos nuevos, y abriéndose entonces un periodo muy largo de embellecimiento que durará todavía un siglo más, hasta que adquiera esa configuración definitiva el sepulcro teresiano (1760), revestido de mármoles, que podemos contemplar todavía. En la tradición oral de la comunidad carmelita se decía que esta imagen de la Soledad había sido un regalo del Gran Duque de Alba (III), contemporáneo de santa Teresa y que falleció pocos meses después que ella en Lisboa (diciembre 1582). Imposible que hiciera tal regalo al ser el escultor de un siglo posterior, como tampoco es creíble la otra noticia de que la hubiera traído de Italia. Es una tradición que no se sostiene históricamente, pero sí nos ofrece una pista interesante que puede ser la más probable, el que haya sido regalo de la familia ducal, por algunos de sus miembros, entre el siglo XVII y XVIII. Esto sí que nos parece más seguro.

Modelo del mejor hacer artístico de Pedro de Mena

Reconociendo que este tipo de escultura mariana de medio cuerpo Mena la repitió en muchas ocasiones y que nos han llegado bastantes ejemplares (en las EDADES DEL HOMBRE 2015, Ávila, pudimos contemplar una procedente del Carmelo de Alcalá de Henares, Corpus Christi), casi siempre con los mismos motivos (manos entrelazadas, túnica roja y manto morado, mirada sufriente perdida, postizo de lágrimas, dientes y ojos), sin embargo la de Alba tiene alguna particularidad propia, aunque también la encontramos muy cercana a la misma de las Descalzas Reales de Madrid, o a la de las Cistercienses de Santa Ana de Valladolid). La efigie de Alba, a la altura del regazo maternal, tiene ante sí los signos de la Pasión de Cristo (sudario ensangrentado, corona de espinas, clavos), lo que quiere decir que es una Soledad en el trance de haber contemplado ya muerto al Hijo, bajado de la Cruz y depositado en el sepulcro. Es un tema el de la Soledad que fue muy cultivado por Mena, naturalmente por los muchos encargos que recibía, y esto hace pensar que buena parte del trabajo se la confiaba a sus discípulos y obreros de taller, que solían seguir el modelo predeterminado por el escultor. Y hasta se sabe que confiaba a otros el acabado de la encarnadura, estofado y aplicación de postizos; pero además en esta imagen de Alba tenemos ya bien determinado una opción personal de él, que en un determinado momento deja los estofados y adornos del vestido para optar por telas lisas de intensos colores o reproducciones de hábitos (p.e. el de penitente en la Magdalena, o el de sayal en el de san Francisco). 

Este escultor se dedicaba mucho a estas piezas de medida más reducida, casi de salón, y que de ordinario no estaban destinadas para las procesiones públicas de la Semana Santa, sino para el ambiente recoleto de conventos y capillas particulares. Además esta forma escultural de medio busto que cultivó tanto, causaba una sensación familiar, de cercanía, que se adaptaba muy bien para ser guardada o conservada dentro de escaparates o armarios acristalados, como el que tiene en Alba hecho con idénticas molduras y ornamentos a los propios de los retablos de la iglesia del sepulcro. Lo que significa que al llegar a Alba se la dotó de ese escaparate con que todavía se exhibe en el museo, confeccionados por los mismos ensambladores de los retablos de la iglesia.

Creo que llega la hora de dilucidar si no es también de Mena el Ecce Homo del mismo museo CARMUS (sala de los cobres), pues este escultor casi siempre abinaba las imágenes del Hijo y la Madre en la pasión (Descalzas Reales de Madrid, museo diocesano de Valladolid…). Es decir que presumiblemente, en lugar de una sola efigie, como se ha sostenido hasta ahora, tengamos en Alba dos esculturas de Mena. La comparación con la Soledad y el Ecce Homo de las Descalzas Reales de Madrid, ambas documentadas, parecen indicar tal posibilidad.

La Soledad de Alba figura entre las mejores piezas del género debidas al escultor malagueño, y ya en una ocasión participó en la exposición acerca de toda su obra que se le dedicó en Málaga y en Valladolid (1989).

Impresionante el rostro de la Madre dolorida, sonrojado y amoratado del dolor, pero de un dolor contenido que, sin distraerse ni dispersarse y protegido por el manto morado, mira hacia adelante, al infinito, como meditando sobre todo lo que ha ocurrido en Jerusalén. Es una Virgen contemplativa de la Pasión del Hijo, y no menos esperanzada mirando hacia el momento de la Resurrección. Siempre se ha dicho en Alba al contemplarla: ¡Está rezando!

Aquellos peregrinos y personalidades que con los debidos permisos entraban antes en la clausura conventual, eran conducidos también al coro bajo de la iglesia (antigua enfermería de santa Teresa) que esta imagen presidía en su altar y ante el cual la comunidad carmelita cantaba la Salve todos los sábados. Aquellos visitantes afortunados del convento quedaban impresionados ante su vista, y cuando lo hizo el Nuncio papal en España, el arzobispo luego cardenal Mariano Rampolla, acompañado de su secretario, Giacomo della Chiesa (Luego papa Benedicto XV) le dejó tal sensación que concedieron especiales indulgencias para cuantos rezaran ante esta imagen (28.10.1886).

Devoción secular en Alba de Tormes

Está claro que desde el siglo XVII ha recibido culto en la iglesia del sepulcro teresiano (hace poco encontramos un sermón de fraile carmelita, antiguo conventual de Alba, para la ocasión en el archivo diocesano de Astorga), pero entonces no era en la misma ocasión que ahora. Hasta la reforma litúrgica de la Semana Santa promovida por Pio XII (1951-1953), era en el Viernes Santo por la tarde, cuando ocurría el sermón de la Soledad, después del sermón del descendimiento celebrado en San Pedro. Y ya esta misma noche, después de una breve procesión, entraría de nuevo en clausura, porque entonces en el sábado santo por la mañana ya se celebraban los oficios de la Resurrección. Todo esto lo atestigua muy bien el escritor albense José Sánchez Rojas, en varios artículos que le dedicó a esta imagen y que, junto a A. Álamo Salazar, ha sido el que más ha escrito y mejor sobre la Soledad de Mena. Algunos de ellos los titula explícitamente “La Soledad de mi pueblo”, y a menudo se abandona complacido a los recuerdos de la niñez: “Y después el sermón de la Soledad en las Madres. Pocas imágenes más bonitas que la Soledad de mi pueblo. La Iglesia estaba severa, desnuda, oscura; allá, en el altar mayor, lucían dos velones amarillos. La Soledad, cubierta con su manto, lloraba la muerte de su Hijo, para adentro, como lloran los fuertes, sin gritos desgarradores. La Soledad de mi pueblo está llorando; tiene rojas las mejillas y las manos cruzadas; la boca permanece semi-abierta en un espasmo de dolor sin consuelo, y es de piedra el corazón que no sufra ante la imagen. De niño me conmovía; de hombre también” (1915).

No tiene desperdicio la descripción al detalle de todos sus pormenores, fruto de una observación muy atenta: “Una mujer hermosa, con la hermosura del dolor en el rostro, con lágrimas que caen lentas de las mejillas rosadas, con los ojos castaños oscuros que piden compasión, con las manos en cruz, con el manto recogido. No sé qué hechizo tiene ni cómo pudo amontonar tanta ternura el artista en aquella estatuilla humilde de madera… No se cansan los ojos de contemplarla; a cada momento se descubren nuevas perfecciones, y es cosa de estarse embobado todo el santo día de Dios, mirando de hito en hito… (1912)”

Mientras que Álamo Salazar nos revela otra creencia popular: “… el dolor y silencio de nuestra Soledad … la que solamente sale el día del Viernes Santo para escuchar las ‘tres gracias’ que los hijos de Alba y su comarca van a pedirle en esa hora de muerte redentora: tres de la tarde” (1952).

Impresiona hasta el día de hoy hallar conjuntada en una representación religiosa, al mismo tiempo, el buen hacer del artista con la devoción de un pueblo que mantiene la tradición honda y cristiana de no olvidarse de la Madre de Jesús en el drama de la Pasión (Manuel Diego Sánchez, carmelita).