Sábado, 16 de diciembre de 2017

El día de Cristo

España, un país que en estas últimas décadas es cada vez menos practicante y menos religioso, pero que se lanza a las calles en masa estas fiestas semanasanteras. Las Cofradías y Hermandades repletas de cofrades portan crucificados y vírgenes a cuestas, tocan tambores hasta sangrar y procesionan día y noche toda la semana, como si se acabase el mundo en cualquier momento.

Los hoteles llegan a la Semana Santa con la caja más llena que otros años. Han subido las tarifas de la gasolina y de la hostelería y, sin embargo, los ciudadanos españoles se han echado a las carreteras, trenes y aviones. Unos a ver –o vivir– las procesiones con sus espectáculos esperpénticos y contradictorios; otros a disfrutar de un turismo cultural o rural, o deportivo, o de descanso lúdico.
Semana Santa, esos días tan importantes para la humanidad desde un punto de vista religioso, o simplemente cultural. Año tras año, los católicos reviven el acervo histórico, artístico y cultural de la Semana Santa, y acercan el presente con el pasado. En un singular ambiente festivo, la idiosincrasia de las procesiones de nuestros pueblos y ciudades atraen a un turismo (nacional e internacional) movido por la curiosidad de ver la peculiaridad con que se recrea la Pasión y muerte de Jesús Nazareno. Pero ¿dónde queda lo más trascendente para el catolicismo, que es la Resurrección de Cristo?
La Resurrección es la esencia de la fe cristiana que vitaliza a la Semana Santa, sin la cual ésta se convierte en mera costumbre y patrimonio de una tradición cultural cuya belleza y valor todos podemos apreciar y respetar, incluso los creyentes que no les tienen –tenemos– ninguna afición a las procesiones. 
A pesar de los sesudos análisis de escritores cristianos y católicos respecto a la religiosidad, culturalidad e idiosincrasia del patrimonio de la Semana Santa es difícil de entenderlo desde fuera, desde el laicismo. Siempre priman sobre la fe las cuestiones dinerarias que dan pingües beneficios, porque la simple creencia da pocos, la verdad. Qué se puede esperar de miles de ciudadanos que cada día del año están pendientes de sus actividades semanasanteras, con muy poco de fervor y religiosidad y mucho de atuendo, indumentaria e intendencia procesional. Les conmueve más tocar el tambor y marcar el paso procesional que su devoción y sentimiento religioso. Y las lágrimas, lloros y alegrías, no son por la muerte o por la Resurrección del Cristo Salvador, sino porque llueva o no llueva, o por que sean buenas las levantás o espectaculares las chicotás del Cristo de madera, o las saetas sean muy devotas y emotivas.
España, un país que en estas últimas décadas es cada vez menos practicante y menos religioso, pero que se lanza a las calles en masa estas fiestas semanasanteras. Las Cofradías y Hermandades repletas de cofrades portan crucificados y vírgenes a cuestas, tocan tambores hasta sangrar y procesionan día y noche toda la semana, como si se acabase el mundo en cualquier momento.
¿Es hipocresía? ¿Es tradición esperpéntica pero auténtica? Se puede entender que esta parafernalia la hagan las personas religiosas, las que creen que Cristo resucita en estos días cada año. Pero otra cosa bien distinta es que las que, sin creer en Dios, ni en la Virgen, ni en la resurrección de nadie, desfilen por las calles de su ciudad llevando a hombros pasos de grandes toneladas y marcando el paso con una veneración insólita.
Entrañable y picaresca tradición desde nuestra infancia, aquello de “Domingo de Ramos, a quien nos estrene nada se le corta la mano”. Era como un slogan de la oscura etapa franquista, un anticipo publicitario consumista del Corte Inglés o de Zara, que funcionaba muy bien. Y la visita a los siete monumentos (iglesias donde se expone el “Santísimo”), acompañando a tus padrinos, para que luego te diesen la propina por ser buen católico. Y con esta exigua “paga” nos íbamos a ver las matinales péplums. Nos apabullaban con “pelis” de romanos malos lanzando a los leones a los cristianos, y admirábamos a Charlton Heston en Ben-Hur, en Moisés o en el Cid, junto a Sofía Loren.
En este magma televisivo, “realitisou” total de procesiones, la tradición, devoción y turismo son las claves de las Semana Santa popular. Pero los cristianos deberían celebrar más la Resurrección y su mensaje muchas veces desmochado. Hay  bastantes “fariseos” que dicen hablar hoy día en nombre de Dios, e imponen su visión sectaria de la religiosidad, destacando sus intereses “terrenales”. Para ellos la Semana Santa es solo una cuestión pecuniaria, para sacar tajada a la tradición religiosa y llenar sus bolsillos. Ni les va ni le viene la religiosidad procesional. A otros, en exceso religiosos, les ciega su fanatismo, sus peculiares y egoístas creencias. Pero Cristo, con su Resurrección, les donó el legado del amor para que obrasen en consecuencia ¿Cuántos de estos semanasanteros renuevan sus votos ante Cristo estos días?
Aquí, en España, practicar “realmente” el cristianismo semanasantero es cosa de los beatos y de los santurrones, gritan estos empoderados de las tradiciones religiosas. En muchos pueblos y ciudades –León es un claro ejemplo– ser ateo y papón o papona es un privilegio semanasantero que no tiene que ver nada en absoluto con la fe y las creencias en el mensaje de Jesucristo y en su Resurrección ¿Cofradías y Hermandades son exclusiva y rigurosamente religiosas? ¿O se asemejan más a las tradiciones culturales, o de carácter festivo, como son las Fallas, o las  Peñas populares, o los encierros y las corridas de toros?
Esa pléyade de soldados de cristo, devotos marianos, capirotes, iscariotes, costaleros, banderías, amantes de lujos superfluos, mayordomos de cortejos mortuorios, todos ellos forman unas tradiciones y unos cultos anclados ya en un pasado inquisitorial y sombrío. Penitentes que lloran lágrimas de cocodrilo para los desamparados y los desempleados. Qué hacen estas procesiones contra el desarraigo social y el desempleo que solo alimenta posturas radicales antisemitas, anti islámicas, anti religiosas, que no sean las cristianas.
Un colega, profesor en la Universidad de Zurich (ETH-Z), pero nacido y criado en Balí, me decía que él siempre creyó que su religión hinduista-budista y sus tradiciones, ritos y costumbres eran las auténticas. Y que el catolicismo, con su Papa, obispos y curas, o los mahometanos del Islam, eran herejías respecto a la suya. Y él siempre vivió así de crédulo y confiado hasta que llegó, ya de mayor, a trabajar a Europa.
Semana Santa en España… El caso es que en el artículo 16.3 de nuestra Constitución se afirma que somos un estado aconfesional, con excepciones interesadas parece ser.