Lunes, 18 de diciembre de 2017

Cuatrocientas mañanas de Resurrección

En no pocas ocasiones se acusa a los cofrades de quedarse en el sepulcro, conformrse con el padecimiento de Cristo en la cruz e ignorar su Resurrección. Se dice que acentúan los signos penitenciales y renuncian al anuncio de la vistoria del Amor sobre la muerte. Que la suya es mucha Cuaresma para tan poca Pascua. Que el Cristo llagado y sangrante que procesionan eclipsa al de las heridas cicatrizadas en un cuerpo glorioso. Que la Madre que llora sus angustias oculta a la que sonríe en sus alegrías. Que quizá mueran con su Señor pero no resucitan con Él.

El caso es que, en Salamanca, el desfile de Pascua, el del Resucitado, es tan antiguo como el del Entierro. Si éste fue instaurado en 1615, aquél se fundó al año siguiente, por lo que este Domingo de Resurrección de 2016 alcanza los cuatro siglos de historia. Tanto monta, monta tanto. Para que la Cruz tenga sentido.  Para que sea nítido su triunfo, exaltada en plata su venerable reliquia, el Lignum Crucis. Para que quien es reconocido como Nuestro Bien, muerto en la urna, camine vivo y grácil por las mismas calles de su sepelio. Para que la Dolorosa de las siete espadas se trueque en Reina del Cielo (alégrate, aleluya), envuelta la sonrisa de su rostro por rostrillo de pedrería. Para que el Sepulcro se abra ante los ojos de Cleofé, Salomé y Magdalena, tres Marías de esperanza, y un ángel invisible muestre el lugar, ya vacío, donde lo pusieron Arimatea y Nicodemo.

La Vera Cruz y todas las cofradías que quieran acompañar al Resucitado marcharán por las calles en gozosa comitiva, porque si, durante días anunciaron su Muerte, ahora proclaman su Resurrección. Las cruces encarnadas van sembrando encrucijadas como la de Emaús, las campanillas convocan en la orilla del Mar de Galilea, el costado de Cristo se desvela para todos los tomases que nos resistimos y desconfiamos, y todos los caminos conducen hacia el monte santo de la Ascensión, para partir desde allí hacia los confines de la tierra. ¿A dónde miráis, salmantinos?

Así transcurre la mañana de Resurrección, cuatrocientos años después de que Salamanca comenzara a festejarla en sus plazas y rúas. Hoy sucede ante emociones e indiferencias, ante la curiosidad y la fe, ante el interés cultural y la inculta hostilidad, ante la libertad y ante la intolerancia. Es Cristo, un año más, el que vuelve a pasar Resucitado. Como el primero y como el último. Haciendo el bien. Camino de su Padre y nuestro Padre. Camino, verdad y vida.

Fotografía de Alberto García Soto