Viernes, 15 de diciembre de 2017

Diálogo de la lengua

“... que todos los hombres somos más obligados a ilustrar y enriquecer la lengua que nos es natural y que mamamos en las tetas de nuestras madres, que no la que nos es pegadiza...”
JUAN DE VALDÉS, Diálogo de la lengua

Ocuparse en seguir el desarrollo del recientemente celebrado Congreso Internacional de la Lengua Española en Puerto Rico, ha sido ejercicio no menor de pérdida de tiempo además de la constatación del chuleo permanente a que nuestro idioma está siendo sometido precisamente por las entidades que más deberían protegerlo y, una vez más, la ratificación de que en nombre de la lengua española, y al calor de su advocación, se siguen organizando enormes saraos de figureo, postureo y administrativista inutilidad, mientras el idioma, su uso, su conocimiento y su cuidado van descendiendo enteros a la misma velocidad que sus valedores acumulan trienios.

Apellidado con menos rigor que atrevimiento “congreso reivindicativo”, uno ha tenido que esperar a la finalización de ese llamado Congreso para bucear en las conclusiones del mismo (tácitas, claro está, menos voluntaristas que previsibles y escritas antes de su comienzo), para comprobar  la ausencia de cualquier reivindicación en su desarrollo, si descontamos las clásicas y antiguas intenciones de rentabilidad de unas nuevas ediciones de diccionarios, reimpresiones de clásicos con dibujos o sin dibujos, con variadas tipografías y colorines en la portada, así como adaptaciones a diferentes edades, explicaciones infantiloides de clásicos y sucesos y otras herejías a que nos tienen acostumbrados próceres, literatos y academias más fantasmagóricas que reales.

Ya los programas oficiales y académicos que anunciaban la celebración del Congreso avisaban de que nada había cambiado en cuanto al escalafón de nombres, los repetidos y seudopoéticos títulos de las sesiones plenarias y de los paneles de estudio respecto de otras ediciones de este bianual festejo de la inutilidad. Ha funcionado otra vez la cerrada escalilla de autoridades, como, en expresión de moda, “no podía ser de otra forma”, y ha funcionado el listado de mecenas y su colocación estratégica en mesas, plenos y paneles, y la relación de nombres de indiscutible presencia, la de apellidos imprescindibles para la propaganda, la lista de títulos e influencias desde la nobleza hasta el acostumbrado manoseo de la senectud, los premios y los premiados, sus adláteres y editores, los amigos y los compromisos, colmando con todo ello la cuota de soporíferas y otras veces ininteligibles discusiones, intervenciones y teorizaciones respecto a lo que se supone que tendría que ser el idioma español, pero que no.

Capítulo aparte, o no tanto, merecería la información periodística del desarrollo del Congreso, sobre todo la de los medios más oficialistas y patrocinadores o, simplemente, la de los invitados con gastos pagados, información tan bochornosa como previsible, que se ha teñido una vez más de interesada politización que, queriendo alabar a los hablantes del español en relación con su forma de ser gobernados, ha pretendido denigrar, despreciar y atacar otra vez los regímenes políticos de los países hispanohablantes gobernados por la izquierda, despreciando así, en aras de ideologías que poco tienen que ver con lo lingüístico y mucho con lo crematístico, la realidad cultural que se está desarrollando en esos países y que, relacionada con su propio idioma, ha sido otra vez gravemente ignorada, despreciada o tendenciosamente transmitida.

Mientras la lengua española, su uso, su significado, su enseñanza, su cuidado, su limpieza y su vigilancia, así como sus dimensiones histórica, cultural y social sean confiadas únicamente a operaciones de figuración, fachada y rentabilidad, a vacíos cursos de charlatanería turística y de plusvalía y a discursos institucionales, a magras operaciones editoriales y a academias trasnochadas y ridículas liturgias cada vez más politizadas, su actual deriva empobrecedora seguirá creciendo hasta hacerla, más pronto que tarde, irreconocible.