Lunes, 18 de diciembre de 2017
Ciudad Rodrigo al día

Noche sin luna

Es una noche de cuento, mágica, envolvente, amante, juguetona y entrañable. Aunque la luz plateada de la luna no inunde el espacio celeste y sólo estén los puntos de luz orientándonos

Es una noche sin luna, que no por eso deja de ser hermosa, cálida, clara.

Una noche de cuento, no de hadas, ni de princesas, ni de príncipes montados en un corcel blanco, pero sí de duendes,  de hombrecillos que habitan en lo más profundo de los frondosos bosques.

Esos seres enigmáticos  y mágicos que despiertan en todos cierta curiosidad, no los vemos, los sentimos, los notamos se cruzan en nuestro camino cuando nos perdemos en nuestro interior, en nuestro mundo, en nuestro bosque encantado, dónde se mantienen vivos, porque nos encargamos de que nuestra locura, alimente encendida la llama de la ilusión, del eje principal de nuestros sueños. Sin ellos no nos mantendríamos jóvenes, risueños, con luz, con fantasía, algo ingenuos, con un punto de cordura.

Se nos abre un mundo maravilloso, lleno de fantasía que conlleva  un espacio con muchos colores,  luces que tienen un brillo especial y sonidos armónicos, delicados, placenteros.

Nos adentramos en el bosque donde un grupo de hombrecitos van cantando a su trabajo, una mina de diamantes, son los enanitos que acogieron a Blancanieves en su casita, en el bosque, alejado de la malvada bruja, su madrastra.

Caperucita, que vivía en un bosque rodeada de animalitos, sus amigos, pero tuvo que llevarle la comida a su abuelita y se topó con el lobo, no se dejó engañar por él. 

El bosque donde se refugió la bella durmiente para librarse de la maldición que le había echado el hada malvada y allí conoció a su amado.

El bosque de los siete cabritos que el lobo quería zamparse, cada vez que su madre salía de casa.

Donde  dejaron abandonados a pulgarcito y sus hermanos porque no podían alimentarlos ...y otros cuentos de hoy en día, que a los niños y mayores, nos gustan tanto.

El ogro que vive, en una ciénaga, en el bosque, con su inseparable amigo el burro parlanchín; Rapunzel la niña de los cabellos de oro que la tienen en una torre encerrada, porque su pelo tiene unas propiedades de rejuvenecimiento, que nos vendría bien a cualquiera, no sólo a la malvada bruja que la había encerrado; el castillo donde habitaba encerrada la bestia  que una noche tormentosa recibió la visita de una joven que iba buscando a su papá, un despistado inventor, que se había perdido y fue a parar al castillo  en cuestión   que se encontraba en un bosque.

Podríamos seguir enumerando los muchísimos cuentos que hay, los clásicos de siempre  y los que van incorporándose con nuevo aire, nuevos personajes, nuevas aventuras, nuevos formatos, nuevos colores, en muchos de ellos el bosque está presente.

Algunos de estos bosques los pintamos muy tupidos de árboles, casi no penetra ningún rayo de sol, son oscuros, tenebrosos, dan miedo, con grandes raíces fuera de la tierra que interfieren en el camino, tropiezas con ellas, y se oyen los sonidos que emiten los animales que habitan en él,  con fuerza, conjuntados, potenciados. Te encuentras sola en medio de esa atmósfera tan lóbrega y te sobrecoges de pánico.

Pero mi bosque encantado es hermoso, los rayos del sol entran invadiendo todo el espacio. Lo cubre una alfombra verde deslumbrante, hay flores de muchas clases, colores y aromas esparcidas por doquier, un pequeño arroyuelo transcurre entre las piedras que conforman su cauce y añade más música al lugar idílico, donde nos gusta perdernos, para encontrarnos.

Es una noche de cuento, mágica, envolvente, amante, juguetona y entrañable. Aunque la luz plateada de la luna no inunde el espacio celeste y sólo estén los puntos de luz orientándonos.

Sigue siendo una noche para perderse en ella,                             

para dejarse envolver por su magia,                                                         

para escuchar susurros,                                                                                   

para decirnos palabras de amor,                                                               

para derrochar besos,                                                                                               

para gozar de la plenitud del encuentro,                                 

para estar solos tú y yo.

Charo Nieto García