Viernes, 15 de diciembre de 2017

Mis Arribes del Duero

Respirar el aire del agua cayendo en el Pozo Airón es mi particular resurrección

Foto: Enrique Carrascal

Tiendo a resucitar en Las Arribes. Es una querencia que viene de lejos, de cuando era mucho más joven, de cuando mi hermano Chema Bernal –vitigudinense militante- me descubrió la peña de La Peña, el Pozo de los Humos y el queso de Pereña. Fue él quien me descubrió la presa de La Almendra a un paso de que el Tormes vierta sus aguas en las del fronterizo y encajonado Duero. Recuerdo como si fuera ayer la primera vez que me asomé al salto de Aldeadávila desde el Picón del Fraile. De aquello, ya digo, han pasado ya unos cuantos años.

Después vinieron los scouts agustinianos de “La Flecha” a la sombra de Fray Luis. Decenas de campamentos, acampadas, marchas y rutas por las quebradas tierras de Las Arribes. Así conocí La Fregeneda, Saucelle, Vilvestre, Villarino, Mieza, Masueco y otra vez Pereña. La madre de uno de mis chicos era de esta localidad de La Ribera. El padre de otros dos scouts trabajaba para la empresa hidroeléctrica que gestionaba los tres saltos de agua españoles (hay otros tres portugueses) en este espectacular tramo del río de oro, del Douro, del Duero. Y en Semana Santa siempre nos ofrecían cobijo. Las Arribes eran uno de esos lugares a los que no nos cansábamos de volver.

Hará una docena de años que, siendo ya mis chavales adultos, nos juntamos a pasar un fin de semana en el romper de la primavera. Otra vez en la raya. Entre España y Portugal, bajo el torreón fronterizo de San Felices de los Gallegos, muy cerca de Lumbrales. Y conocí a mi mujer, que era la prima de uno de mis amigos, del que tenía familia en Pereña.

Resucitar en Las Arribes es para mí tan importante como recibir el año nuevo besando a mi familia, como animar al Atleti en un partido crucial, como escribir cada semana. Es la vida. Es sentir que formas parte de algo infinitamente más grande que tú. Un lugar concreto en una época determinada. La sangre y los lazos que tejen una historia común. La emoción de tocar el cielo o descender al abismo tras hora y media de tensión. Dejar salir lo que llevas dentro sin que nadie te interrumpa y contemplar cómo se cierra el círculo cuando tus sentires se ven reflejados en otras personas.

Respirar el aire del agua cayendo en el Pozo Airón es mi particular resurrección. Escuchar el rumor del regato en el que mi suegro cosecha el regajo de la ensalada es el principio de la vida. Tocar los leños rugosos de las cepas antes de oír su crepitar en la chimenea, es volver a nacer. Contemplar la dura y áspera meseta castellana reverdecer en la inmensa cicatriz que, como una puñalada en el mapa, señala la frontera entre dos tierras unidas por el Duero, me colma de esperanzas. Saborear quesos y vinos, el pan de la tahona, dos huevos fritos, las torrijas de la tía Margarita, unas patatas meneás y esas perronillas de almendra y miel que sólo en Las Arribes se pueden comer. Caminar por senderos y riscos bajo el vuelo quedo de las grandes rapaces. Ir al molino restaurado, a la ermita del Castillo o seguir los pasos de Unamuno por el camino que discurre junto al arroyo Cabrones. Y leer relajado. Sin alarmas. Sin móvil. Sin cobertura. Con mi mujer y mis hijas. Con Dios mismo gritando en la explosión de la naturaleza. Asistiendo en directo, y en primera fila, al inicio del ciclo de la vida. Cómo no voy a querer resucitar aquí, en mis Arribes del Duero.

Fotografía: Enrique Carrascal