Viernes, 15 de diciembre de 2017

Dar posada al peregrino

Me viene a la memoria una imagen entrañable: hace unos cuantos años, haciendo el Camino de Santiago con un grupo numeroso de alumnos del Seminario Menor y de jóvenes de la parroquia de Pizarrales, llegamos a mediodía, en pleno mes de julio, a Villalcázar de Sirga, en Palencia; como no vimos a nadie en la calle –sería por la calor- llamamos a la primera puerta que se nos ocurrió; luego de un ratito nos abrió una noble anciana -¿90 años?- a la que pedimos un poco de agua para calmar la sed; como esta debía ser mucha, nos dio toda el agua fresca que tenía en la nevera y muchas botellas de agua potable del tiempo; cuando agotó sus reservas nos dijo, con una sonrisa tímida, que no tenía más. Le pedimos disculpas, pero no le dio importancia, “ya le pediré a la vecina”, fue todo su comentario. Este pequeño rato de charla y de sonrisa nos permitió caer en la cuenta de que seguía siendo guapa, porque “la que tuvo retuvo”, especialmente por su larga cabellera blanca, otrora rubia castellana, que en Castilla hay más rubios y pelirrojos de lo que pudiera parecer, lo cual indica, probablemente, que sus antepasados, hace siglos, encontraron refugio en esta tierra, tierra de libertad y de oportunidades para los repobladores que vinieron a colmar el vacío poblacional de la Extremadura fronteriza con Al-Ándalus. Y es que ser racista o xenófobo en estas tierras es una gilipollez -una tontería, vamos, según el diccionario de la RAE, 22ª edición-, pues en nuestras raíces hay o puede haber iberos, vacceos, vetones, celtas espigados, romanos organizadamente aguerridos, godos rubicundos, moros de la antigua provincia romana de la Mauritania –árabes menos, que de esos vinieron pocos- o judíos, alemanes que huyeron de las guerras  y el hambre de finales de la Edad Media o que fueron invitados a venir por el monarca ilustrado Carlos III, y uno de cuyos descendientes fue el poeta romántico, españolísimo, Gustav Adolf  Becker.

Europa ha ido configurándose a lo largo de los siglos a base de migraciones, forzadas unas, voluntarias otras, espirituales –Camino de Santiago-,  o en búsqueda de libertad, seguridad, pan y oportunidades, huyendo de guerras o provocándolas, buscando paz o quebrantándola. Pero Europa se ha ido convirtiendo en los últimos cincuenta años en un continente viejo, con Alzheimer para la solidaridad, con el alma esclerosada, incapaz de abrirse y buscar soluciones, encorsetada en la maraña de legislación en que se ha convertido el esponjado intento de los fundadores de la Comunidad Económica Europea a raíz del final de la Segunda Guerra Mundial. Enterrado en la prehistoria queda, por ejemplo, el testimonio de mi difunto amigo Franz Bühler, católico suizo él, de Lucerna, Jefe en el verano de 1946 del primer campamento scout internacional llevado a cabo, en convivencia ejemplar, por unas cuantas decenas de muchachos franceses, alemanes y suizos.

¿Qué queda de aquel espíritu fundacional de la Unión Europea, ahora que surgen por doquier partidos políticos racistas, xenófobos, populistas, especialistas en cerrar fronteras, levantar muros y encerrarse en el egoísmo bien estante? Quedan unas instituciones europeas incapaces de actuar para acoger a los refugiados sirios. Hace unos días, en otra publicación, confesé cabreado que me avergonzaba de ser europeo. Hoy, más calmado, me avergüenzo de que haya tantos europeos que no saben lo que son, ni quieren serlo, esforzándonos en vivir aislados en nuestra cuarteada torre de marfil.

Antonio Matilla, sacerdote.