Sábado, 16 de diciembre de 2017

Futbolín y fútbol.

En 2010 publiqué mi segundo libro “Apología del fútbol” y escribí un capítulo con el título del epígrafe: “A Alejandro Finisterre se le atribuye la invención del futbolín. Gallego trashumante, hijo de fabricante de calzado de La Coruña, trabajó de peón de albañil para financiarse los estudios en Madrid. Poeta. Lo ideó mientras convalecía de heridas de guerra en Monserrrat. Había jugado al fútbol, incluso perdió un diente de una patada. Antes de la Navidad de 1936, en Barcelona, fabricó una mesa y torneó las figuras con un carpintero vasco amigo suyo, Francisco Javier Altuna, patentando el invento a principios de 1937. Huyendo a Francia los papeles se le mojaron convirtiéndose en argamasa. Estando ya en París, en 1948 se enteró que un compañero de hospital había patentado el futbolín en Perpignat…

El futbolín es un fútbol de mesa, que mide sobre 1,22 metros de largo por 0,61 metros de ancho y tiene generalmente 8 filas de jugadores, cuatro por equipo contendiente…” (…) “En Argentina se le conoce como “metegol”; en Bolivia, “canchitas”; en Chile, “taca-taca”; en Guatemala, “futio”; en México, “Fuchín o futbolito”; en Uruguay, “futbolito”; y en España, como en parte de América, “futbolín”. También hay patentes de fútbol de mesa desde 1890 en Reino Unido, Francia y Alemania, en diversas formas y diseños. Las pelotas eran de corcho aglomerado porque las pelotas duras no permiten hacer efectos, siendo un juego que fomenta la amistad, el compañerismo, la coordinación de movimientos entre la mano derecha y la izquierda, incluso la bola de futbolín puede alcanzar velocidades de hasta 120 kilómetros por hora. Este fútbol simulado requiere reflejos rápidos con un tacto delicado usando las habilidades, el control y el conocimiento fino del jugador”.

En estos últimos días leí un artículo (ElMundo, Jordi Corominas) sobre “La lenta agonía del fútbolín” y nos relata sus vivencias personales con este juego. “De adolescente pasaba mil horas en la sala Novedades, una especie de maná caído del cielo. Había futbolines, billares y máquinas recreativas. Ahora es el almacén del Zara de Paseo de Gracia… Ahora, pasados ochenta años… Que resistan casi en el extrarradio no deja de tener un simbolismo muy importante que divide las ciudades en espacios de fachada moderna y realidad lenta, antigua en un sentido de mantener las tradiciones de generación en generación sin contemplar el último grito, ni falta que hace… El futbolín puede estar en cualquier establecimiento… mientras adorna muchas casas en pueblos y ciudades, convertido en un acto íntimo de jolgorio familiar….” Quizás no sea un juego para salas públicas rimbombantes pero, a poco que nos lo propongamos, a mí me parece un juego indestructible si queremos mantener las tradiciones.

Salamanca, 21 de marzo de 2016.