Miércoles, 13 de diciembre de 2017

Renovarse o morir

La encrucijada del cambio, la reconstrucción, en definitiva, de la modernización en cualquier orden de la vida, ya sea empresa o política, entraña no pocos temores pero ante todo es un innegable gesto de esperanza. Ese con el que se esperar mejorar, ponerse a la cabeza y sobre todo demostrar adaptación, tan necesaria en tiempos cambiantes y de nuevas expectativas como los que vivimos.

Y en estas fechas tan señaladas, que diría el otro. Pasión, muerte y resurrección se antoja un presagio caprichoso de por donde parece que van los tiros, si de este Partido Popular hablamos.

Pero déjenme antes de entrar en popular harina, que les escriba sobre el evidente ejercicio renovatorio en el que ha entrado Podemos. Y es que los del círculo morado se renuevan, si.  Pero hacia atrás.

Su discurso frentista y rupturista contra la “vieja política”, a favor de “nuevas formas” y de dar el gobierno a la “gente”, parece que tenía mucho de pose.  Su transformación “cangrejil” ha sido espectacular, optando ahora por las antiquísimas purgas para arreglar desavenencias y tomar el control férreo del partido con manu militari. Toda una declaración de intenciones y una vuelta de tuerca más su discurso tan efectista como falsete. Donde parecen lo que no son y son lo que no parecen.

No me resisto al paralelismo. Ya que para ser tan profundamente laicos, ateos, aconfesionales, “asalta capillas” y poco amigos de lo católico, están viviendo su particular semana de pasión o fiesta de la primavera. Y es que no se puede estar a Dios rogando y con el mazo dando.

Pero si alguien necesita la renovación como el comer o al menos un buen chute de sangre en las venas, es el Partido Popular.  El de aquí, el de allá y el de maracuyá …  Y no me cansaré de escribirlo. 

Porque somos demasiados los que lo pensamos, porque los resultados son impepinables, porque las formas rayan lo kafkiano y porque se ha impuesto una forma de hacer que es precisamente la de esperar fumándose un puro a que amaine el temporal, pase el tiempo o no sé qué diantres.

Poco podemos esperar de un partido que hace congresos “cuando toca” y no cuando lo marcan sus estatutos. Cuya ideología  se ha disuelto a favor del yo, y que es incapaz de cortar por lo sano ante sospechas, dudas o certezas.

Que ante su inmundicia se queja de que la del vecino es más gorda y olorosa, en vez de desinfectarse uno mismo hasta los párpados. En un ejercicio pobre, cutre y ramplón de intentar minimizar un impacto que no solo afecta a su línea de flotación, si no a un sistema ávido de oxigeno y aire puro.

Y es que si me lo permiten, eso de que los ERES son todavía peor que las Gürteles y demás barrabasadas, me parece hasta de Gila. La porquería es porquería venga de donde venga y hay que tratarla como tal, aquí en Teruel o en Albacete. 

Pero lo cierto es que no estamos para marcar tiempos, y cuanto antes los ciudadanos vislumbren que el enfermo empieza a tener otra cara, otro color, mejor que mejor. Porque vamos derechitos a unas elecciones y con este panorama hacemos a Rivera presidente. Que no sé yo…

Quiero que me entiendan, no escribo solo de Rajoy.  Creo que todo esto es perfecta y necesariamente extrapolable a nuestra tierra charra, que lleva tiempo envuelta en una suerte de castigado Sísifo con gaita y tamboril. Empujando sin descanso una pesada piedra ladera arriba hasta la cima de la montaña, para nada más que toca cumbre volver a rodar hasta la base y así volver a empujarla de nuevo. En un bucle sin sentido finalista excepto para los que observan el impulso pétreo desde las alturas.

El PP necesita una reforma estructural, de fondo y de formas. Inmerso en un modelo agotado, de personas agotadas que suman responsabilidades, cargos y anhelos fuera de aquí.  Demasiados tics preocupantes que ofenden tanto a los cercanos como a los lejanos,  y de los que solo se benefician quienes agachan la cabeza, aplauden hasta la ampolla o admiten desde el silencio. Y yo ya soy demasiado mayor para agacharme, aplaudir y callar.

Se ha caído en una mediocridad infame, representada por líderes pusilánimes, de desconfianza crónica hacia todo y todos. Con un miedo constante a que el sillón cambie de posaderas, descartando por recelo la idoneidad a favor de la docilidad y prefiriendo la ruptura a la apertura.

Me resisto a pensar que esto no tiene solución, y espero que el principio darwiniano de que la especie que sobrevive es la que responde mejor al cambio y no la más fuerte ni la más inteligente, se quede para la evolución y se destierre de la política.

Pero a pesar de todo no quiero dejar estas líneas sin abrir una pequeña grieta a la esperanza. Esa que se nutre de hombres y mujeres capaces, desprendidos en la ambición, de amplio sentido colectivo e ideología firme que todos los partidos tienen y que en el PP moran. Quizás silenciosos, quizás anestesiados, pero que si les dejan tienen en sus manos ese renovarse o morir, tan saludable como necesario.