Lunes, 11 de diciembre de 2017

LA MIRADA EXTERNA La ruidosa, ineficaz y antiestética limpieza de la ciudad de Salamanca

Comenzaremos recordando aquel dicho de nuestras abuelas “No es limpio el que limpia, sino el que no ensucia” y lo retomaremos al final de estas líneas.

La limpieza de nuestra ciudad de cultura y saberes está diseñada por alguien que le cuesta imaginar  cómo es una ciudad que quiere ser acogedora, culta y bella. Argumentaré los tres calificativos que aparecen en el título para esta crítica constructiva a la situación actual. Ruidosa. Primero, es una limpieza ruidosa, llamativamente ruidosa: da la impresión de que el ayuntamiento en su deseo de “modernizarse” ha comprado todos los artilugios más ruidosos e inútiles para luego lanzarlos a la calle y que los habitantes digan algo así como “¡qué bien limpian!”. Una máquina para quitar hierbas donde no las hay, un tubo para absorber polvo y dispersarlo por doquier, y si encuentra algún papel en su absorción tormentosa, arrojarlo dos metros más lejos, una máquina “superdecibélica” o simplemente bélica, para arrojar agua como se hacía antes con las mangueras, pero ahora con un motor de doscientos caballos.

Ineficaz. Un ejemplo de los cientos diarios: en un rincón de la ciudad que no se sabe bien si es un parque, un paseo con carril-bici o un aparcamiento de todo tipo de coches, la otra mañana dos camiones llenos de “técnicos-soldados” provistos de sus espadas eléctricas dispuestas a cortar la menor brizna de  hierba saliente, trabajaron arduamente durante dos horas para que no quedara ni un insecto volando; fue un concierto de motores y rugidos casi aterrador. Pues bien, una hora después, los estudiantes de algún colegio fueron a hacer picnic a ese punto: se divirtieron, comieron, jugaron, como Dios manda y su edad lo exige; pero, obviamente, a pesar de su civismo de echar todos los desperdicios en la única papelera, ésta quedó rebosando restos de bocadillos y latas en un metro cuadrado; tuvieron que pasar 24 horas para que alguien se llevara esos restos.

Antiestética. ¿Han visto Ustedes, por casualidad, unos inmensos y feos cofres grisáceos, solos o agrupados, esparcidos por toda la ciudad, monumental y no monumental, en medio de las plazas, junto a fachadas románicas, iglesias mozárabes o catedrales góticas, de tal modo que es muy difícil hacer una foto sin encontrarte con esos “cofres” de basura omnipresentes, visitados por camiones con grúas a cualquier hora del día o de la noche? Quizás he tenido un sueño y no es realidad: ya sabemos que los sueños distorsionan todo.  

Lo que el ayuntamiento no hace (al menos jamás he tenido noticia de nada parecido) es sancionar con alguna multa proporcionada o justa, al ciudadano que ensucia nuestras calles, las calles de todos, que rompe objetos de propiedad pública o que destruye la normal tranquilidad con atronadores rugidos de motos o de lo que sale por la radio de su juvenil coche. Quizás el ayuntamiento tiene miedo a que un ciudadano justamente sancionado no les vote. Parece que hemos olvidado lecciones sensatas y eficacísimas: En los años 70-80 Bilbao era una de las ciudades más sucias de España. Desde los años 90 pasó a ser una de las ciudades más limpias de nuestro país; le pregunté a un bilbaíno cómo lo habían conseguido y me respondió: “A base de pequeñas multas que se cumplían; un papel, 5 euros, una botella rota en la calle, 10 euros, etc.”.

Lo que decían nuestras abuelas: No es limpio el que limpia, sino el que no ensucia.