Martes, 12 de diciembre de 2017

Semana Santa en Macotera

 

 

 

Hacía varios años que no participaba en la Semana Santa de mi pueblo. La culpa la tiene el tiempo, pues, por esta época, sigue inestable, y la incertidumbre siempre retrae y debilita nuestra voluntad. La Semana Santa macoterana mantiene lo tradicional en lo esencial, es evidente que ha perdido parte de la sacralización de antaño, en que lo religioso impregnaba toda actividad humana y social; pero, a pesar de esta diferenciación entre lo ritual y lo profano, la gente hoy asiste a los actos programados con el mismo recogimiento, respeto y silencio, práctica común que heredamos de nuestros mayores.

El Domingo de Ramos conserva el rito de la bendición de los ramos en conmemoración de la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén; el mismo pueblo que, días después, pedía su crucifixión. ¡Qué curioso! Así ocurre con todos los acontecimientos humanos: al triunfo le sigue el fracaso, la decepción y el desengaño, aunque, en el caso de Jesús, de ese sacrificio, nos vino la recompensa espiritual. La tradicional bendición tiene lugar en la ermita de la Virgen de la Encina y, a continuación, se va en procesión a la parroquia para celebrar la Eucaristía. Yo, desde la distancia del tiempo, echo de menos un acto fundamental en el proceso de renovación del hombre: “el sermón del perdón”, que se celebraba, por la tarde, en la ermita: se trataba de un momento en que se nos recomendaba la reconciliación consigo mismo y con el prójimo antes de presentarnos ante la mesa de los pasajes de la Pasión.

El Jueves Santo, por la tarde, se conmemoró la cena del Señor y el lavatorio de pies. Una vez, finalizada la Eucaristía, Jesús Sacramento fue trasladado, en procesión, al monumento, ubicado en el altar del Cristo de los Misereres, presidido por la Cruz de la que pendía un sudario, y todo él adornado de flores y velas; seguidamente, los mayordomos del Señor iniciaron la vigilia,  la "hora santa" y la oración de la Adoración nocturna, hasta las 12.30; a partir de esa hora, los mayordomos del Señor, familiares y amigos retoman el turno de la “vela”, hasta los rituales de la tarde del Viernes Santo.

El Viernes Santo se abre con el “Vía Crucis” por las calles de la localidad; y, a las 17, comenzará la celebración de la liturgia de la Pasión y la procesión del Santo Entierro. Para mi sentimiento, el momento cumbre y esperado de la Semana Santa, no porque sea el punto final de la cuaresma, sino por lo que entraña de dramatismo y realidad humana. Cristo hombre sufriente con las mismas heridas corporales y morales que los mismos hombres. Y, en mi reflexión, así lo entiendo, y ese sentimiento y soledad se proyectan a través del silencio de la torre, que se pierde en perspectiva hacia el Padre Clemente. Este es mi punto de visión espiritual del Viernes Santo: un Cristo cercano. Y me bajo de él, para integrarme, en la procesión con los demás y vivir el silencio, porque una de las características más señeras del acompañamiento a Cristo muerto, es su profundo silencio. Silencio respetuoso. No se oye un alma: las simples pisadas son acalladas por el canto solemne del “miserere”, y la melodía musical de la marcha procesional, que acompasan las dulzainas, los tambores y bombos.

Abren el itinerario los nazarenos, que cargan con la pesada Cruz en grupo de a tres cada una; grupos de personas, revestidos con túnica y velo, portando velas, acompañan los distintos pasos, que procesionan esa tarde.

Y, antaño, el sábado santo, mientras tocaban las campanas a gloria, los muchachos y mayores recogíamos chinas, que se guardaban en un tarro de cristal, y se arrojaban al tejado los días de tormenta, para que actuasen de pararrayos. Esta costumbre se ha perdido.

El encuentro se produce en la plaza; y es tradición que el grupo del paleo dance en son de gloria ante imágenes del Resucitado y de su Madre. El grupo de danzadores solían integrarlo los jóvenes; en cambio, en la actualidad, lo componen señoras, adiestradas por el paciente Vicente Flores, Pinto.

Antes de emprender el viaje de vuelta a Salamanca, compré un cartón de huevos de corral para hacer la tortilla y el flan, los productos típicos del Lunes de Aguas macoterano.