Viernes, 15 de diciembre de 2017
Las Villas al día

Cielos mudéjares

Macotera, Cantalpino, Villoria, Rágama, Cantaracillo, Zorita de la Frontera, Tordillos, Galinduste, Terradillos, San Cristóbal de la Cuesta o San Morales conservan todavía interesantes estructuras de estilo mudéjar en sus iglesias

La iglesia de Cantalpino tuvo uno de los mejores artesonados mudéjares en su techumbre pero su descuido derivó en la desaparición del mismo en un 90% | Fotos: Manu Hierro

Al este de la capital se extienden tierras llanas, de horizontes diáfanos y prolija producción agraria. Limitan con la vecina provincia de Ávila y aglutinan espacios de las denominadas comarcas de las Villas, Tierras de Alba y Peñaranda. Los pueblos mantienen un carácter plenamente castellano: la plaza mayor organiza y ocupa el centro del caserío, mientras la iglesia destaca como elemento singular, protagonizando el perfil de la localidad y la vida cotidiana de los habitantes.

En esos templos de humilde factura se esconden curiosamente unos de los tesoros mejor guardados del patrimonio artístico de Salamanca. Nos referimos a las magníficas cubiertas y artesonados del mudéjar, que cubren muchas de sus naves.

El término mudéjar tiene su origen en el vocablo árabe "mudaÿÿan", que se traduce como "domesticado, o aquel al que se le ha permitido quedarse", haciendo referencia a los musulmanes que permanecieron en estos lugares del interior de Castilla, sometidos a los cristianos. En claro ejemplo de convivencia y permisividad, conservaron su modo de vida, costumbres, lengua y religión en un entorno de predominancia cristiana.

De tal modelo de concordia surgió el vocablo que ha pasado a definir el estilo artístico que impulsaron estos alarifes expertos en el uso del yeso, el ladrillo y la carpintería de madera. Nace, así, un estilo artístico único y genuinamente hispano caracterizado por su sencillez, bajo coste, ligereza y rapidez constructiva, donde se aunaba la herencia andalusí y la tradición cristiana. Ábsides, paramentos y altivas torres campanario se levantan de fábrica de ladrillo macizo, cubiertos de frisos y arquerías ciegas, en un juego de volúmenes de gran plasticidad y valor estético, donde el arco de medio punto protagoniza los elementos decorativos.

En el interior las naves se cubren haciendo uso de una solución ingeniosa, caracterizada por su gran ligereza y economía constructiva, en forma de techumbres y artesonados del mudéjar. Atrás quedan las pesadas bóvedas de piedra que no podrían ser sustentadas por estos muros de tapial o mampostería de ladrillo; aparecen cubiertas planas o en forma de artesa invertida, donde la madera cobra todo el protagonismo de la edificación.

Aunque predomina su diseño austero y sencillo, a veces se hacen complejas y aparecen repletas de elementos de tradición islámica como lazos, atauriques, mocárabes y estrellas, utilizados siempre para cubrir naves centrales, capillas mayores o laterales o espectaculares sotocoros.

El gran éxito de este sistema de cerramiento perduró en el tiempo y se perpetuó en otros estilos constructivos posteriores, como en el Renacimiento.

En esta porción del oriente salmantino son muchas las localidades que engalanan sus templos con este tipo de cubiertas. Recomendamos al viajero que sucumba a la tentación de descubrir por sí mismo estas humildes joyas de influencia mudéjar. Sin ánimo de menospreciar otras, les animamos a que visiten las de Macotera, Cantalpino, Villoria, Rágama, Cantaracillo, Zorita de la Frontera, Tordillos, Galinduste, Terradillos, San Cristóbal de la Cuesta o San Morales. La villa de Macotera esconde en su templo, dedicado a Nuestra Señora del Castillo, una de las más bellas techumbres mudéjares de esta provincia, fechada entre los siglos XV y XVI. Su nave central se remata con una estructura ochavada y de limas, con seis pares de tirantes, repleta de mocárabes, estrellas y chellas.

Su compleja estructura de lazos delicadamente dorados y su excelente estado de conservación le otorgan una gran belleza que se completa con los dos magníficos alfarjes (cubiertas planas) que adornan el sotocoro, con un friso y espectaculares mocárabes que cuelgan del techo. Una visita ineludible para iniciar esta singular ruta artística.

Otro de los hitos de la misma se encuentra en la iglesia de Cantaracillo, con una armadura en la que destacan las ruedas de lazo de dieciséis y los racimos de mocárabes. En Cantalpino, el templo de San Pedro esconde una estructura ochavada de par y nudillo, con cuatro pares de tirantes, con interesantes entrelazados geométricos y racimos de mocárabes. Villoria y su parroquial –también dedicada a San Pedro- presenta una cubierta del siglo XVI, en la que predomina la armonía derivada del carácter monócromo de la madera y de su sencillo diseño.

Cerca del límite con las tierras abulenses de La Moraña se sitúa otra de las más bellas techumbres mudéjares de Salamanca. En la localidad de Rágama su templo parroquial cubre la capilla del Evangelio con una estructura de perfecta forma octogonal, con lazo de diez, rematada con un racimo de mocárabes central. La belleza de su policromía, sus dorados y la abundancia de sus elementos decorativos le otorgan una belleza incontestable.

En Zorita de la Frontera la iglesia, bajo la advocación de San Miguel Arcángel, adorna la nave central con una cubierta de par y nudillo, con seis tirantes apoyados sobre canecillos y notables elementos decorativos que aportan notoriedad a esta armadura medieval. El pueblo de Tordillos cierra esta somera e incompleta relación de templos de interés con tan peculiares tipos de cubrición. Su parroquial adorna la capilla mayor con una pequeña estructura ochavada, sustentada con dos tirantes, con lazo de ocho, en agradable interacción con una serie de flores blancas talladas que rompen su monocromía.

A partir de este repaso inconcluso, amigo lector y viajero, queda en sus manos la tarea descubridora de estas joyas religiosas, donde la madera se torna arte.

POR Luis Miguel Mata

Diputación de Salamanca