Sábado, 16 de diciembre de 2017

Hay muchas clases de cruces

Hay muchas clases de cruces. Hay cruces de oro, de plata, incluso para condecorar con ellas algún mérito. Hay cruces inevitables: la edad, el clima, la convivencia, el trabajo.

Hay cruces de competición, cuando la persona aguanta más que nadie.

Hay cruces que te imponen los otros, por su forma de ser, porque no se dan cuenta…

Está la cruz que acompaña a cada profesión y vocación, la del deber, la del matrimonio…

Está la cruz del que sufre con amor y ayuda a los otros a llevarla. Y está la del que se resiste a tomar la cruz y sufre a regañadientes.

Existe la tentación de buscar una cruz a la medida, que no pese y que no caiga grande. Siempre la cruz de los otros parece mucho más pequeña que la nuestra, por supuesto.

Sin la cruz es imposible comprender quién es Jesús. Seguirlo significa estar dispuesto a darse uno mismo, a ser el último, a beber el cáliz y cargar con la cruz. La verdad es que todos los que han estado cerca de Jesús han participado del Calvario... y les ha tocado alguna astilla de la gran cruz.

Es necesario permanecer creyentes en medio de los sufrimientos, porque “es necesario que pasemos por muchas tribulaciones para entrar en el reino de Dios” (Hch 14,22). La fe, la esperanza y el amor son los únicos medios que tenemos para descubrir el sentido y la sabiduría de la cruz y llevarla como tantos otros que han seguido a Jesús.

Las cruces abundan por doquier en las mil y una situaciones de la vida ordinaria de todos conocidas y por muchos experimentadas.

La Biblia nos habla del sufrimiento en personas concretas. Vamos a fijarnos, brevemente,  en algunos aspectos de Job, de Jesús y de María.

Job era un hombre bueno, bendecido por Dios y agradecido por todo lo que acontecía. Grande era su paciencia para los males que le cayeron encima. Pero el peor de todos fue cuando veía que su cuerpo se caía a pedazos. Entonces se sintió sólo y abandonado y llegó a maldecir el día en que vio la luz del sol.

Jesús, el bueno, el inocente, cargó con nuestros sufrimientos. Él fue en todo semejante al ser humano, menos en el pecado; no buscó ni quiso el sufrimiento, ni para sí, ni para los otros. No podía soportar el sufrimiento de los demás y trató de borrarlo. Jesús sufre por querer suprimir el mal. Es la actuación del enviado a anunciar a los pobres la buena noticia (Lc 4,18). En él se encarna el amor infinito del Padre a todo ser humano.

A todo el mundo le llega la hora, esa hora amarga, de oscuridad, de sudor frío, de muerte. Le llegó a Jesús y la verdad es que nadie esperaba aquel fin. Y en medio de aquel espantoso dolor Jesús grita: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? (Sal 22,1). Noche y día clamaba a su Dios y no encontraba ninguna respuesta. Se cumplía lo que dice el salmo 22: Dios mío, de día te grito, y no respondes; de noche, y no me haces caso. Pero también es cierto que a toda persona le llega un momento de luz para poder proclamar desde el dolor: “Dios me ha visitado”.

María acompañó a su hijo en todos los momentos de su vida. Lo había traído al mundo y lo había criado con dolor. Fueron muchas las espinas que se clavaron en su cuerpo. La última espada, la más dolorosa sin duda, fue la de permanecer de pie junto a la cruz.

En estos días de Semana Santa desfilarán muchas cruces por nuestras calles. Llevar la cruz un día, no cuesta; más pesada resulta la que nos toca a cada uno. Dios nos da su gracia para poder aceptarla, o por lo menos, ofrecerla.