Lunes, 18 de diciembre de 2017

Rubén

Estoy encogido

Encojo y estiro las piernas

Encojo la mente y estiro el recuerdo

Encojo las piernas y estiro el pensamiento

Estiro las piernas y encojo el sentimiento

Estoy, soy feliz y me amo como a mí mismo.

 

Como un astro que orbita en esta galaxia que llaman vida, vivo instalado en un eclipse permanente. Tuve  luz,  pude  ver con mis ojos claros y limpios, sonrisas, colores que iban dibujando el amor de mis padres. La brillantez no está reñida con las horas de sol que tenga tu día, no es cosa fácil poseer una discapacidad visual, pero es más difícil aún vivir sin amar. Las  lágrimas de todos  fueron  mías,  y no  por  ello  aclararon  mi  vista, he aprendido a leer con mis dedos los  gerundios  de  mi existencia. Ya no tengo  miedo, lo dejé mientras se acercaba el eclipse y me agarraba a mi blanco bastón. La debilidad de mis piernas se confunde con la de los enamorados, soy amor, recibo amor y sueño con amor. El amor se ha  manifestado iluminando mi  eclipse. Un amor en diferentes formas y de diferentes procedencias.

Me han amado y han mostrado toda su  generosidad  las  artífices de mis primeros  viajes a Piura, Perú, las  misioneras  de  la fraternidad  Verbum Dei. Desde el 2008, cada mes de Julio es mi mes, apoyando de forma intensa a la comunidad peruana de Santa Sara. En mi cabeza aún se agolpan las caricias y los sueños compartidos con Ingrid y como no, con el Trío La Amistad y nuestras canciones entre sonrisas y complicidad.

Todo esto no tendría sentido si yo, una persona con capacidades diferentes no ayudara a los demás, y es que en esto consiste la vida, en dar y recibir...compartir. Gracias a la Fundación Aviva, sin ellos no sería posible que me sintiera como un humano más. Es más, gracias a ellos y en especial a mi amigo Eugenio Sánchez puedo expresarme, compartir y educar desde la igualdad a alumnos de toda Salamanca.

Con todo y con eso, aún hay días que me encojo, pero la música tira de mí. La música que hicieron mis antepasados, con una flauta como la mía, con un tamboril sobre el que bailaron y seguirán bailando por muchos años, aquellos que seguimos estando convencidos de que somos herederos y transmisores de nuestro pasado. En este camino me acompañan, mis padres, Encarni y Juan Manuel, mi hermano Daniel, también tamborilero, mis abuelos y mi amigo Javier Montes.

 

Soy feliz y os amo como a mí mismo