Viernes, 15 de diciembre de 2017

Domingo de Ramos: la magdalena de Proust en acción

Pasado mañana comienza la Semana Santa. Será Domingo de Ramos, una fecha que me trae recuerdos imborrables ligados a mi infancia, recuerdos que siguen vivos y que se reactivan estos días. Es como la magdalena de Proust, ya saben, cuando el escritor cuenta que al tomar este dulce le asaltaron múltiples recuerdos, los mejores. Así, veo a mi padre acudiendo a la casa de Primo Ramos, el hermano mayor de la cofradía de la Borriquita, a retirar el hábito para mí y mis hermanos, ellos de rojo y yo de azul. Acude a mi memoria el revoloteo en casa cuando llegaba y todos reclamábamos nuestro hábito, que mi madre lavaba y planchaba cuidadosamente, para que luciéramos como se lo merecía nuestro amigo Jesús, montado en su borriquilla (por cierto, a mí me gustaba más aquella vieja imagen de Olot que la escultura que sale ahora). Y es que había llegado el gran día, que todos esperábamos, y la alegría en casa crecía y crecía a medida que se acercaba.

En mi recuerdo está también cómo, con dos años escasos, veía desde un balcón de la Plaza Mayor la procesión, en brazos de mi padre y con una palma en las manos. Guardo la fotografía y de vez en cuando la miro y me sonrío y me digo: no levantaba un palmo y desde allí arriba miraba con atención la escena que escultóricamente reflejaba el paso, y oigo a mi madre decirme al oído: Marta, es Jesús, salúdale con la palma, y yo lo hacía con toda la inocencia del mundo, como si en ese momento lo estuviese haciendo de verdad: Jesús entrando, no en Jerusalén, sino en Salamanca, vitoreado por todos los niños que lo proclamábamos como el mejor amigo, creyéndonos que así era.

Y algunos años más tarde, mis hermanos y yo en plena procesión. La salida, entonces, de la Veracruz, la subida por Compañía, el paso por la Catedral, la Rúa y la Plaza Mayor, y al entrar en ella, ramos y palmas movidos con alborozo para recordar que Jesús entró triunfalmente en Jerusalén, aunque el éxito le duró poco. Yo, pequeñaja, de la mano de mi madre o de mi padre, cayéndoseme el turbante de judía, que recogían mis padres, pizpireta, feliz, tranquila, y a veces acercándoseme mi abuelo que al acabar la procesión nos invitaría a golosinas: es la imagen de mi infancia, imborrable, maravillosa, llena de luz y de esperanza. Nunca me ha abandonado.

De ahí que, en la proximidad de este Domingo de Ramos, todo vuelva a hacérseme presente, vivamente, no en la lejanía, y con ello me invada la felicidad que entonces sentí. Cuando vea a los niños que acompañan a La Borriquita, les miraré con envidia porque están experimentando una sensación que nunca les abandonará y les hará mucho bien en el futuro, cuando vengan los días malos, que vendrán.

Y al final de la procesión, junto a la capilla de la Veracruz, todos los niños aguardábamos la llegada del Señor, agitando con mayor intensidad que nunca nuestras palmas y ramos, vitoreándolo, como si quisiéramos aliviar un poco los dolores que va a sentir enseguida, en la procesión del Perdón, por la tarde, conscientes intuitivamente de que lo mataron por jugársela diciendo la verdad, soñando con otro mundo en el que el modelo para entrar en el Reino de los cielos serían los niños, no los millonarios, ni los políticos, ni los más guapos, ni los más populares. Jesús nos invitó a ser como niños. Sabía de lo que hablaba.

Marta FERREIRA