Jueves, 14 de diciembre de 2017

Del dolor también se aprende

Estamos en tiempos de Semana Santa, evocadores de dolor, de sufrimiento y de penitencia. Para los cristianos la clave de este tiempo final de cuaresma es el Cristo sufriente, del que el apóstol dice que “aprendió sufriendo a obedecer”, es decir, a alcanzar el camino de la felicidad y del triunfo que terminará en la resurrección y ascensión al cielo a la derecha de Dios Padre. Así también nosotros en la meditación y celebración de los sufrimientos de la Pasión podemos aprender a la maduración y realización de nuestra personalidad. Ese sufrimiento es modelo de nuestro sufrir y, por tanto, también nosotros podemos aprender del dolor. Del dolor ajeno y, sobre todo, del propio.

Los que por oficio tenemos que estar en constante contacto con la muerte y el sufrimiento en los tanatorios o en los hospitales, tenemos buena experiencia de eso. No siempre es fácil asumir el dolor como algo positivo y que nos conduce a la madurez humana y cristiana. En el tanatorio, el sufrimiento es el propio del vacío creado por la ausencia del difunto. Hay, sin embargo, quienes reciben resignadamente esa realidad de la muerte del pariente, del amigo, del vecino o del paisano. Y no sólo con resignación sino asumiendo la realidad de la terminación del final de esta vida terrena. Más aún si se vive la fe de que después de la vida terrena participamos en una vida superior, feliz y provechosa para si mismos y para los demás. En el tanatorio, el sacerdote o responsable de la celebración religiosa asume la naturalidad o incluso positividad de la muerte cristiana, y acompaña a los allegados al difunto a asumir con naturalidad algo que ocurre naturalmente, como tiene prevista la misma naturaleza.

En el hospital, el dolor es multiforme y, a los que estamos vocacionados en el compromiso de atención a los enfermos y a sus familiares o allegados, nos ayuda enormemente a asumir la realidad de la enfermedad y de la muerte, y a vivirla con sentido positivo y fructuoso para llegar a la meta terrena con madurez. Yo llevo ya seis años en este servicio pastoral de atención a los enfermos y familiares del hospital de los Montalvos. Y cada día estoy más satisfecho de mi tarea en la cercanía del dolor por la enfermedad o por la asistencia al enfermo o la asunción de la misma muerte. En el contacto tan cercano con el enfermo terminal o de cuidados paliativos, aprendemos a enfrentar la verdadera realidad de nuestra vida y de nuestra muerte, relativizando el valor de la vida presente y de los triunfos o logros de esta vida, y nos ayuda a asumir el valor positivo de nuestra misma enfermedad y de nuestra muerte.

Pero, cuando se trata de la propia enfermedad o limitación, o aun de la misma muerte, la experiencia y los efectos del dolor y del sufrimiento adquiere una nueva dimensión. Yo acabo de ser operado de cataratas, pero esta ya es una experiencia de dolor o de enfermedad mínima, puesto que con una mínima preparación de gotas de colirio en los ojos y de una atención posterior de nuevas gotas de otro colirio después de la operación, la operación como tal se reduce a unos pocos minutos de asistencia local y de intervención en la que no te da tiempo a enterarte. Prácticamente la máxima incomodidad está aquí en el tiempo de espera hasta poder entrar en la propia operación. A mí en concreto me sometió a la incomodidad e incertidumbre de un año de espera.

Pero me ha tocado recientemente otra experiencia dolorosa más traumática y dolorosa, en si misma y en el tratamiento posterior. Yo había sufrido apenas un astillamiento de peroné de niño, que se superó con el tiempo y con algunos masajes. De mayor ya, sufrí un accidente de coche grave y muy peligroso en si mismo que pudo haberme costado la vida, debido a la salida de la carretera por la gravilla recién echada en la misma calzada, llevándome a estrellarme contra la caseta de camineros, único edificio en el entorno del accidente. El motor del coche quedó totalmente maltrecho y requirió el servicio de la grúa. Pero aquí a mí no me quedó más que el miedo a montar en coche durante un largo periodo posterior, con la limitación de la conducción propia y el sentimiento de culpabilidad por la impresión de haber conducido imprudentemente.

Pero cuando he aprendido del dolor y sus consecuencias ha sido recientemente por efectos de una caída en la calle con tremendas consecuencias locales, con rotura triple de la cabecera del húmero. Eso me obligó a tener el brazo en cabestrillo por cerca de un mes, con todas las incomodidades propias de la realidad. Y menos mal que se trataba del brazo izquierdo. Pero gracias a que estoy alojado en la residencia diocesana de sacerdotes y hermanas de sacerdotes que la diócesis tiene en Calatrava, la Casa de la Iglesia.

Por supuesto que la recuperación de la rotura y, sobre todo, del movimiento funcional del brazo ha llevado consigo un gran dolor y molestia, de día y de noche. Hace ya dos meses y la recuperación va bastante bien, pero aún hace falta seguir un proceso de rehabilitación. Pero el sufrimiento mayor en estas situaciones es el sentimiento de inutilidad y dependencia. Para ducharte, para vestirte, limitación para conducir, teniendo que darme de baja por dos meses del servicio al Hospital de los Montalvos.

Pero en todo este proceso, que ya está a punto de superarse, uno experimenta también lo positivo de disponer de personas que te ayudan, que te hacen la vida llevadera, aunque sea con la humillación de someterse a las ayudas propias del aseo, del vestido, y aun de la misma comida. A estas alturas, me siento ya como una persona nueva, que vuelve a la realidad de la vida y del servicio y atención a los demás como sacerdote, y especialmente a una mejor comprensión de los enfermos y familiares con los que tengo que encontrarme cada día en el hospital. No es lo mismo afrontar el dolor ajeno que el propio. Y por ello mismo, uno afronta el sufrimiento de los otros desde una inmensa cercanía, como de quien se ha visto también sometido a un dolor semejante. Por eso hoy me apetecía, y creo que era un deber, ofrecer las reflexiones propias del sentimiento de quien, sufriendo como los demás, ha aprendido a superarse en el dolor. He vivido una cuaresma nueva y estoy a punto de afrontar la Semana Santa de los sufrimientos y el dolor de Cristo con una perspectiva nueva. Del dolor también se aprende.