Miércoles, 13 de diciembre de 2017

Amos y esclavos

Buena parte de los libros de historia de la humanidad recogen en sus páginas el fin de la esclavitud pero ¿Realmente ha llegado ésta a su fin? No puedo evitar ante esta cuestión pensar en los países más pobres y reparar en los niños que trabajan hasta la extenuación en las minas, con unas infancias robadas, en los niños esclavizados como soldados en las guerras activas en África, cuyo único juguete es un fusil, con su derecho a sonreír y disfrutar de los años más inocentes de la vida robados por intereses espurios que, desde luego, son ajenos a sus sueños infantiles. Y qué decir de la trata de blancas, de aquellas niñas obligadas a convertirse a la fuerza en esclavas sexuales de personas que por unos billetes juegan a ser sus amos por un tiempo, niñas robadas al derecho a la infancia, a su infancia.

Desgraciadamente, la esclavitud no conoce de edades, aunque se circunscriba muchas veces al sector más indefenso de la humanidad, el de los niños. De este modo, respecto a los adultos de vez en cuando los telediarios comparten la noticia de la desarticulación por parte de la Guardia Civil o de la Policía Nacional de redes de proxenetas, que engañan a sus víctimas con la promesa de un puesto de trabajo que se torna en pesadilla, y el prometido empleo se acaba convirtiendo en la prostitución a la fuerza de unas mujeres que, aunque despreciadas por la sociedad desde el momento que pasan a ejercer el oficio más antiguo del mundo, poseen sus sentimientos, su propia historia, su sufrimiento y sus seres queridos.

Y es que la esclavitud, aunque prohibida teóricamente por las leyes, nunca ha dejado de existir. Es cierto que es más evidente en los países subdesarrollados, allá donde la brecha salarial entre ricos y pobres no es una brecha, sino un enorme precipicio. Pero ello no exhorta a que en un mercado laboral tan precarizado como el nuestro, pueda llegar a hablarse de amos y de esclavos, de grandes grupos empresariales como amos que amasan las plusvalías de los trabajadores, y esclavos que se pegan entre ellos por un trabajo temporal, en ocasiones de horas, que les permita un sustento y pagar las facturas.

En España los jóvenes nos hemos acostumbrado, o quizá nos han acostumbrado, a vivir en un futuro en el que renunciemos a nuestros sueños, en el que la seguridad que proporciona un empleo fijo parezca un imposible. El único objetivo en nuestro mercado es la productividad y cumplir con los objetivos de la empresa, los anhelos personales o familiares que se tengan han pasado a ser secundarios. Tener hijos conlleva un riesgo que muchos no están dispuestos a asumir, miedo a que la baja por maternidad se convierta en un despido, y miedo a que, ante la única posibilidad de tener trabajos temporales, sin ninguna garantía de continuidad en los mismos, no puedan asumirse los gastos para garantizar un nivel de vida digno para quien llega nuevo al mundo.

En definitiva, somos esclavos, esclavos de una cifra que puede suponer la continuidad o la finalización de un contrato, esclavos de unos mercados neoliberales que han decidido que nuestro modo de vida se base en trabajos precarios, esclavos de esas grandes fortunas que deslocalizan sus fábricas aún ganando dinero para ganar más y más, sin importarles las familias que se queden en la estacada, esclavos de quienes gobiernan envolviéndose en la bandera, arengando a luchar y sacar adelante la patria mientras sacan el dinero a paraísos fiscales, sin sufrir recortes de salario, de dietas o de servicios básicos. Recortes para los esclavos, prebendas para los amos.

Una vez escuché a una mujer, Pilar Manjón, espetar en la televisión a un presidente “ustedes firman las guerras y nosotros ponemos los muertos”, y en esas seguimos, en el contraste entre las petroleras españolas que fueron a hacer negocio a Irak o Afganistán, y los soldados españoles muertos en dichos países, anónimos, esclavos de los intereses de una minoría que además busca todo tipo de estratagemas para eludir impuestos en este país. Y es que las élites políticas y financieras son las que firman los acuerdos, pero los muertos y el sudor siguen siendo del pueblo llano, del que verdaderamente sufre por su tierra y su gente, de los esclavos del siglo XXI, a los que, para que no suene tan feo, nos llaman simplemente “ciudadanos”.

Decía Martin Luther King “I have a dream” (“Tengo un sueño”), y hablando de sueños me gustaría saber dónde ha quedado aquel que gira sobre la reducción de la diferencia entre ricos y pobres, sobre la desaparición de la precariedad laboral, de que haya unos salarios dignos y que, fruto de ello, todos podamos hacer nuestra vida sin miedo a que nos la planifiquen y condicionen completamente otras personas. En definitiva, que dejemos de ser esclavos. Sueños ahogados por los baños de una realidad injusta.