Martes, 12 de diciembre de 2017

Circunloquios.

Hace sesenta años Winfried Sebald y Jacques Austerlitz departían en Amberes sentados en un bistró situado en la flamenca plaza triangular del Handschoenmarkt. Bebían cerveza negra, Oud bruin, en vasos hexagonales de cristal grueso. Bebían despacio. Enfrente de ellos se alzaba y se alza un pozo coronado de una grácil herrería forjada por Quentyn Massys y que contiene una curiosa inscripción: “El herrero que se convirtió en pintor por amor”. (El humilde herrero pretende a la hija del famoso pintor que rechaza a tan humilde pretendiente. El humilde pretendiente pinta una mosca, a escondidas, en uno de sus cuadros tan, tan vívida, que casi se escapa del lienzo. Ante tal prodigio el famoso pintor le concede la mano de su hija). Sebald es un reputado autor literario y Austerlitz es   el protagonista de su mejor novela. Ambos tienen algo en común, son judíos. Ambos vivieron una infancia de acogida. A sus ancestros los convirtieron en humo. Chapurrean diez idiomas. Ambos carecen de una identidad cierta, acreditada, enraizada, abanderada. Flotan. La tierra de promisión queda, sin remedio, lejos de sus vidas. Ellos saben que Sión, la madre de todos los pueblos, no está en Israel, más bien situada en alguna ignota nebulosa poblada por seres que han aprendido a hablarse sin doblez y donde la oveja pace junto al lobo. La diáspora, la no pertenencia, les hizo sabios. Hablan del misterio de la vida dando vueltas, con circunloquios, por los arrabales del sacrosanto paradigma (acoto: sea de naturaleza científica, política o religiosa). Hablan, por ancestral experiencia, con temor. Sibilinamente. De ahí los circunloquios. No sea que ellos, a su vez, terminen alimentando los fuegos de alguna hoguera. Austerlitz no habla de sí y habla de todos (a la postre, la mejor forma de hablar de sí). Le cuenta a Sebald la historia de la arquitectura militar en Flandes. Perora acerca de las fortalezas de Saarlouis y de Breendonk. Ambas, inmensas construcciones defensivas, repletas de tropas y erizadas de cañones. Para sus propósitos, de nada sirvieron, ni aquélla, ni ésta. En su día, el enemigo las sobrepasó por los flancos y allí quedaron, a golpe de corneta e izada de bandera, aisladas, mirándose al ombligo, sumidas en la paranoia. En su erudita alocución, Austerlitz, como ya sabemos, para nada se refería a las construcciones militares. Tan sólo se trataba de una coartada (el Agente de la Autoridad: “Su discurso es subversivo” “¡Oh no -responde Austerlitz amedrantado- soy aficionado a la arquitectura militar¡”) Con metáforas y torturadas asociaciones Sebald nos manda, por boca de su ficticio personaje y compartiendo la misma orfandad, un mensaje arrabalero: la mayor defensa reside en lo provisorio; reside en el movimiento, en las ventanas abiertas, en el hato que se coloca a la espalda y en el camino que se hace al andar. Lo demás es, convienen sin decírselo, pura neurosis.

PD. W.G.Sebald, “Austerlitz”, 8ª edic. Barcelona 2014.