Miércoles, 13 de diciembre de 2017

¿Vienes a ver la novia?

 

 

Antaño, el baile era en la plaza. El baile del domingo era la única oportunidad que teníamos los jóvenes para vernos, para tocarnos, para sentirnos y para charlar un rato; el resto de la semana se tenían muy pocas oportunidades, porque se trabajaba de sol a sol y porque no era bien visto por la masa de la gente, que los muchachos anduviésemos de arrumacos a plena luz del día, y menos a la sombra de la bujía.

Las chicas iban al baile en panda; los chicos, después de merendar en la taberna y de superar la timidez con los efectos de la jarra, también se acercaban al baile en panda; siempre se iba a todos los sitios en cuadrilla. No nos sabíamos divertir de otra manera, sino era en grupo, con compañeros y con contrarios, no había juegos individuales ni consolas ni esos artilugios con que juegan hoy los muchachos. Una vez en el baile, se oteaba el horizonte y se posaba la mirada en la chica que te hacía tilín, y barruntabas que podía estar también por la labor. No sé por qué, pero se atisbaba de antemano: había muchas maneras de saberlo.

Una costumbre, muy normal, pero que molestaba mucho al medio enamorado, era el "pedir favor". A media vuelta, cuando empezaba a animarse la conversación con la chica, se acercaba el contrincante a pedirte favor, y, claro, tú, cuando se presentaba la ocasión, hacías lo mismo. Así funcionaba la rueda en torno a la chica. A veces, era la moza, harta de tanto juego, la que se negaba y el mozo, mordido en su amor propio, armaba la bronca más sonora con el  correspondiente sonrojo de la chica. Y la situación terminaba en duras peleas de gallos encelados. Ganaba quien conseguía llevarse a la muchacha en la última vuelta, pues tenía el gran privilegio de acompañarla a su casa. El amor montaba muchas grescas sin tregua.

En esta trapisonda, se forjaron casi todos los amores que se han creado en el pueblo. En capítulo aparte, se recogían los apaños que urdían los padres en sus visitas a la cocina o en los encuentros intencionados en la calle, que eran bastante frecuentes en aquellos tiempos, para amañar el futuro de sus hijos; pero, para estas parejas, la complicidad era menos emocionante y menos intrigante, pues se les daba todo hecho. Cada uno de nosotros contamos la feria según nos ha ido en ella.

Entre los medios novios, los encuentros se hacían meditados. Todos eran pretextos: o se salía de casa a buscar agua al pozo en el momento preciso, en que el muchacho salía de trabajar; o se iba a ver a una amiga, o se iba a hacer la visita a la iglesia, o se iba a rezar el rosario por un difunto durante los ocho días posteriores a su fallecimiento o en los aniversarios; o se cogía al hermano pequeño o al hijo de la vecina, y se iba a dar una vuelta, de aquí el refrán de mi abuela: "Las mozas con niño holgan sin vergüenza". Se inventaban mil artimañas con la misma intención.

Si se formalizaban las relaciones, se disfrutaba de un poco más de libertad. Si se pasaba por la puerta de la novia, el mozo daba un pequeño golpe en la puerta y salía la moza con la licencia de la madre, pero, claro, se era más tolerante, porque la puerta era de dos hojas y la de abajo estaba cerrada. Era tan frecuente esta imagen en el pueblo, que el refranero también puso su apunte: "En Macotera, una dentro y otro fuera", y, al mismo tiempo, porque la canción era ley: "A media luz los besos". En esta circunstancia, ya te dejaban entrar en casa, pero, anteriormente, tenías que haber demostrado a la chica tus formalidades y tus buenas intenciones. Vamos, que ibas en serio; si no, ella no tenía arrestos para rogar a sus padres que te dejasen entrar en casa, e ir a buscarla para ir de paseo y, mucho menos, que te dejasen los miércoles y los sábados pasar, con ella, un rato después de cenar. Y, en esta oportunidad, funcionaban las tenazas en la cocina, que accionaba la madre, como aviso de que ya era la hora, y también de advertencia de que "los besos no hacen hijos, pero tocan a vísperas". A este ritual nocturno, se le decía "ir a ver a la novia".

Nosotros ya vivimos de nostalgias y añoranzas, de sueños que refrescan nuestra juventud, y que hoy desperezan nuestra memoria, mientras pasamos las largas horas de la mañana y de la tarde bien sentados en el poyo de la puerta, bien en esos lentos paseos apoyados en ese condescendiente bastón, que nunca se queja, que nos sigue siendo fiel, que nos lleva en ese caminar, paciente, hasta el fin de las cosas.