Lunes, 11 de diciembre de 2017

Gentes de bien

A pesar de los pesares, he comprado un pisito a medias con una Caja de Ahorros. El director de la entidad bancaria me dijo que cómo era mi casa, las normas las ponía yo; me vine arriba, le pedí 150.000 euros y me los prestó con un abrazo. Una bendición.

El piso en cuestión me lo han vendido cinco sobrinos de una tía soltera que falleció en octubre del año pasado. Tras una negociación entre caballeros, se pudieron en razón y acordamos el precio; 250.000 euros. Mas cuando todo parecía estar hablado, uno de los cinco propietarios, el pelirrojo medio calvo que parecía escocés, puso una condición.

  -No lo hemos dicho antes…, pero queremos que en la escritura de compra venta sólo aparezcan 150.000 euros. Supongo que no habrá inconveniente. De otra forma no podremos vendérselo –concluyó torciendo el gesto.

No me dio tiempo a preguntar. Al ver mi desconcierto no dudó en explicármelo.

  -No podemos hacerlo por la totalidad del precio porque Hacienda nos cruje. Los otros 100.000 euros nos los da usted en efectivo.

  -Vamos, en lo que la gente llama “B” –ratificó su prima pecosa al ver mi cara de lelo.

  -Pero es que yo soy funcionario y no tengo…

  -Eso es lo de menos –me cortó el pelirrojo-, además también le interesa a usted escriturarlo por menos dinero.

  -¿Por qué? –me atreví a preguntar.

  -Los números no fallan –se creció con mi ignorancia-, si en el acta notarial figuran 150.000 euros, usted tendrá que pagar 12.000 euros de impuestos a la Junta de Castilla y León, pero si lo hiciésemos en 250.000, el ingreso que debería hacer sería de 20.000 euros. Como ve nos beneficia a ambos.

  -De acuerdo –asentí sorprendido de mi escasa integridad-, ¿cuando y cómo le daré esos 100.000 euros incluseros?

  -No se preocupe, usted llévelos encima el día de la firma del documento y ya encontraremos la oportunidad.

Quince días después me telefonearon para comunicarme que el Sr. Notario nos recibiría a las 12 h. de la mañana siguiente para dar fe y legitimar la venta.

  -Si le parece a usted bien –continuó el falso escocés-, quedamos media hora antes en el bar “La Consentida” que está en la planta baja.

No puse ninguna objeción y a la hora acordada me presente en “La Consentida”. En la cartera llevaba un talón conformado con los 150.000 euros legales del préstamo hipotecario, y los otros 100.000, los ahorros de toda la vida, emboscados debajo de los pantalones.

Nada más entrar en el bar vi a los cinco sobrinos. Estaban impacientes. Me acerqué, les saludé, pedí una tónica y me hice el bobo. No sirvió de nada. “El escocés” me sugirió que fuésemos a los retretes. Caí en la cuenta que allí tendría que retratarme. Le seguí y con el rabillo del ojo vi que nos acompañaba otro primo. 

Sin cambiar palabra, entramos los tres en uno de las cabinas de los servicios de señores. Olía mal. Bajaron la tapa de la taza y esperaron. Entendí que había llegado el momento de darles los 100.000 euros tiznados, así que me baje los pantalones y fui poniendo sobre la improvisada mesa los fajos de billetes de 500 euros. Entre los dos los contaron en un santiamén. Antes de abandonar el quiosco de la necesidad nos lavamos las manos, por costumbre más que nada.