Viernes, 15 de diciembre de 2017

Dar de beber al sediento

Nuestro cuerpo se compone en un 70% de agua; antes de nacer nos pasamos nueve meses nadando en ella y, cuando somos pequeños, a las nueve nos suele tocar baño; hay cuatro fluidos esenciales que tienen, aproximadamente, la misma composición química: la lágrima, el líquido amniótico, el suero fisiológico y el agua del océano, de donde surgió la vida hace ¿3.800 Millones de años? Siendo esto verdad, para mantener con vida y en equilibrio toda esta maravillosa máquina bioquímica necesitamos agua dulce, que nuestro organismo se encarga de salar en la proporción debida.

Como casi todo, el agua dulce está mal repartida. Y así, en extensas regiones rurales del planeta es necesario caminar durante horas para traer sobre la cabeza, o tirando de los frágiles hombros de mujeres y niños,  –los hombres varones se dedican a funciones “más nobles”- un bidoncito de unos pocos litros que asegure la subsistencia y la higiene absolutamente mínima de las familias más pobres. Otros, por un quítame allá esas pajas sanitarias, compramos agua embotellada cuando la del grifo es perfectamente potable y “sólo sabe a agua”. Y lo que es peor muchos, sobre todo los mayores, tienen que hacer verdaderas penitencias cuaresmales para beber unos sorbos de agua al día, o tenemos que camuflarla en forma de gel o de infusiones de sabores exóticos que permitan huir de la dulce monotonía del agua dulce, H2O mínimamente mineralizada a fin de cuentas.

Algunos analistas sostienen que las guerras del futuro se desencadenarán para controlar y dominar el agua dulce. Y así ocurrirá si algunos seguimos despilfarrándola. Razón suficiente para que, al menos los cristianos y otras malas personas de buena voluntad, nos empeñemos en la defensa del agua dulce. Recuerdo un viaje que hice a Irlanda: la casa que nos acogió tenía agua para uso sanitario por todas partes, pero un solo grifo, y pequeño, en la cocina, para el agua potable. El agua también puede ser objeto de una decisión ética e incluso religiosa, pues nos hermana con los seres vivos y, para los creyentes, un don de Dios, ‘nuestra hermana agua que es dulce, casta, humilde’, según palabras inspiradas del santo de Asís. Ciencia ecológica, tecnología punta, fe cristiana y ética ciudadana brotaban de los grifos de las duchas del monasterio de Poblet, que me acogió el año pasado durante una breve semana: estaban instalados de tal manera que permitían, a la vez, reducir un cincuenta por ciento el consumo y no utilizar detergente, que altera el PH natural de la piel, a la par que la sometían a un estimulante y vivificador masaje y exfoliación naturales. Pero puede que esto sean exageraciones visionarias de monjes futuristas. Por cierto que su piel presentaba un saludable aspecto y, a pesar de no usar jabones ni detergentes, olían bien.

Es posible dar de beber al sediento. O sea: utilizar el agua dulce con racionalidad,  esfuerzo ético, conocimiento científico, suficiencia técnica, agradecimiento creyente, madurez ciudadana y solidaridad universal con los pobres, con todos los seres vivos y con nuestra casa común, ‘la hermana madre tierra, que es toda bendición y nos sustenta y nutre, loado mi Señor’. ‘Laudato si’, que dijo Francisco y repite Francisco.

Antonio Matilla, sacerdote