Lunes, 11 de diciembre de 2017

No moleste, oiga

Creía que era una excepción, pero se multiplicaron los indicios y adquirió algunos rasgos de epidemia o, lo que es peor, de aparente característica constitutiva y poco afortunada. Paradójica en un lugar supuestamente cosmopolita, de paso de gentes diversas y en su mayoría procedentes de países acogedores y gentiles, que se quedan sin palabras ante actitudes tan ariscas y rudas.

El caso es que un amigo extranjero, de visita por estos lares, va a comprar lo que usted quiera, o va a pedir cualquier cosa a una persona que trabaja cara al público. Me da igual mujer u hombre, simplemente está en su trabajo, aunque a esa hora estaría mejor en cualquier otro lado, incluida la cama. La corta experiencia que ya tiene este visitante hace que vaya pidiendo perdón por delante, con la intención de parar el golpe que pueda herir sensibilidades. Sabe que es probable recibir un bocinazo que no le va ni le viene. Parece que el susodicho empleado está esperando al incauto para convertirle en diana de sus malestares, y ahí va cualquier bufido que deja descolocado al más optimista.

Como es obvio, no hace falta ser de fuera para tener experiencias semejantes. Uno mismo ha pasado por ello y después de treinta y tantos años todavía se sorprende de la extraña selección de personal que lleva a poner a vender a sujetos que no tienen gana alguna de hacerlo, o que si las tienen las disimulan muy bien.  Parecen puestos para ahuyentar al público. Eso pudiera tener su razón oculta en el complejo género de los funcionarios, una de cuyas especies es el funcionario de ventanilla, que va seleccionando de este modo sofisticado a quienes atender y a quienes no. Por supuesto hay de todo, pero a veces uno piensa si no habrá una consigna interna para que la primera reacción sea un ladrido. De todas formas, todo esto se explica peor cuando nos referimos al comercio privado, en cuyo ámbito ocurre tres cuartos de lo mismo.

Me lo contaba en Medellín ya hace años un viejo amigo Decano que tuvo la “fortuna” de visitar España. Desde que se subió al avión de la aerolínea de bandera en el aeropuerto de El Dorado hasta que bajó de regreso quince días después, decía él que se sintió regañado todo el tiempo. ¿Es eso posible en un país que lleva viviendo decenios del turismo? ¿Y en una ciudad abierta al mundo, cuajada de intelectuales y de gente de paso? Paradojas increíbles hasta que uno las vive y a las que uno no se acostumbra.

 Conozco a alguien que, en una clase de postgrado ante un alumnado en su mayoría latinoamericano, al hilo de lo que fuera, dijo que no era de Salamanca. Los estudiantes, sin poder evitarlo, soltaron una exclamación por la que daban a entender que habían comprendido por qué razón oculta el trato era tan distinto.

El clima puede explicar muchas cosas, pero la calefacción y los aires acondicionados hace tiempo que las van corrigiendo. También la buena costumbre de viajar nos cura de esa perniciosa manía de creernos el centro del universo. Sí, la Plaza Mayor es extraordinaria, el barrio antiguo excepcional, la piedra de Villamayor inimitable, pero el mundo está lleno de lugares únicos. No seamos tan chovinistas como para pensar que aquí está lo mejor de lo mejor, si eso nos va a hacer tratar a los de fuera como personas de segunda categoría.

Me dirán ustedes que esto del maltrato al público es inconsciente. Sin duda alguna la mayor parte de las veces lo es. Pero con mayor razón es necesaria la concienciación y la enmienda, si no queremos dejar en el recuerdo de nuestros ilustres invitados el mal sabor de boca de más de una mala contestación.