Martes, 12 de diciembre de 2017

Liberación y perdón

 
“No recordéis lo de antaño, no penséis en lo antiguo; mirad que realizo algo nuevo; ya está brotando, ¿no lo notáis?” Ese oráculo divino se encuentra en el texto del libo de Isaías que se proclama en este quinto domingo de Cuaresma (Is 43,16-21).  
Lo antiguo era la esclavitud en Egipto y la asombrosa liberación que Dios había ofrecido a su Pueblo. Lo nuevo es el exilio que padece en Babilonia y la nueva liberación que Dios le promete. Si un día abrió a su pueblo un camino por el mar, ahora le abrirá un camino por el desierto.
La gratitud por el pasado ha de suscitar la esperanza de un futuro inmediato. La misericordia de Dios atraviesa los tiempos y da sentido a la historia. Con razón, el salmo da cuenta de la alegría de los liberados: “El Señor ha estado grande con nosotros y estamos alegres” (Sal 125).
 
UN DOBLE DESAFÍO
 
En el evangelio de este quinto domingo de Cuaresma se nos presenta el episodio de la mujer adúltera (Jn 8,1-11). Los escribas y fariseos traen ante Jesús a una mujer sorprendida en adulterio. No les importa la dignidad de la mujer. Sólo pretenden dirigir a Jesús un desafío. Ésta es la pregunta: “Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. Moisés nos mandó en la Ley apedrear a estas mujeres. ¿Tú qué dices?” (Jn 8,6).
Si el Maestro dice que hay que apedrear a la mujer podrá ser acusado de despiadado y se hundirá para siempre su fama de profeta misericordioso. Si no la condena, no merece el nombre de profeta y será denunciado por contradecir la Ley de Moisés, que imponía la lapidación como pena por el adulterio (Lev 20,10; Dt 22, 22-24).
Como ajeno a la pregunta, Jesús se inclina y escribe en el suelo. De hecho, trata de hacer conscientes de su pecado a los hombres que la acusan de pecado para poder lapidarla: “Aquel de vosotros que esté sin pecado, que le arroje la primera piedra” (Jn 8,7). En el contexto evangélico, estas palabras son una interpelación a los que presumen de limpios e inocentes y se arrogan el derecho de acusar a los demás. Ese es el desafío de Jesús.
 

EL MAL Y EL PERDÓN

En la respuesta de Jesús a la “mujer sorprendida en adulterio” hay dos partes igualmente importantes para nuestro tiempo y para nuestra conciencia personal:
• “Tampoco yo te condeno”. Jesús establece una distinción definitiva entre el mal moral y la responsabilidad. El primero no siempre implica la segunda. A ese binomio dramático, Jesús añade su  propio veredicto: el del perdón. Jesús ha venido al mundo no a condenarlo, sino a  salvarlo de su mal. Del mayor mal, que es el pecado. Jesús es el mensajero y el testigo de la misericordia de Dios.  
• “Anda y en adelante no peques más”. Jesús no ignora la realidad hosca del pecado. Aceptar a la persona no significa negar su libertad, ni equiparar el valor moral de todas sus decisiones, ni cerrar los ojos ante el dramatismo de sus tropiezos. Jesús no trivializa el pecado. Nunca ha presentado el mal como un bien. Pero invita a los pecadores a la conversión, a la confianza, al cambio de vida, a emprender un nuevo comienzo.
 - Señor Jesús, demasiadas veces nos fijamos en el pasado. En el nuestro y el de nuestros hermanos. Sólo tú nos exhortas a mirar confiadamente hacia delante. En lugar de reprocharnos nuestro pasado, tú nos invitas a recobrar la esperanza en el futuro. Bendito seas, Señor. Amén.   
 
 José-Román Flecha Andrés
 
LA PRUDENCIA 
 
Todos nos invitan a ser comedidos y prudentes. Pero la prudencia es a veces concebida como la actitud típica de los cobardes. O como el retraimiento cauteloso de los escarmentados. Se atribuye esta virtud a la vejez sabia y experimentada, pero se la asimila con excesiva frecuencia al desencanto. En la opinión popular, la persona prudente, precisamente por serlo, parece evitar el riesgo y conservar el ritmo y el espacio de la dorada mediocridad.
La prudencia es absolutamente necesaria en la vida del hombre. Sin ella, ni la justicia sería justa ni la fortaleza es realmente constructiva. Por eso Santo Tomás la calificaba como "madre" de las virtudes. El bien ha de ser prudente. La prudencia nos revela la realidad y la verdad última del ser humano.
En su diálogo con Evodio sobre el libre albedrío, San Agustín definía la prudencia como “el conocimiento de las cosas que debemos apetecer y de las que debemos evitar”. Ese conocimiento y aprecio firme del bien es la verdadera sabiduría, como ya habían escrito los filósofos griegos.
En realidad, la prudencia consiste en la acertada percepción de las condiciones, en la elección ponderada de los objetivos, en la comprobación cuidadosa de los métodos y las técnicas y en la evaluación de los efectos.
Ahora bien, cada uno parece tener su propia medida a la hora de calificar   como prudentes o imprudentes las acciones propias y las ajenas.  Según sean los ideales y valores de la persona, así se considerará prudente un determinado comportamiento con las cosas o con las personas y hasta con el mismo Dios. Cada uno es prudente o desenfadado, según la idea que tiene de sí mismo. O según los valores e intereses que trata de preservar en cada caso.
También ante las demandas de Dios el ser humano se plantea la cuestión de la prudencia, al preguntarse por las exigencias prácticas de su fe o por los límites de su entrega. Lo malo es que al creyente Dios suele pedirle decisiones y acciones que a todas luces resultan imprudentes a los ojos humanos. Ante Dios, la prudencia parece convertirse en una curiosa mezcla de sencillez y generosidad. En "discreción", tal vez.
Jesús invita a sus discípulos a ser prudentes como las serpientes del desierto, pero también alaba en ellos la sencillez indefensa de las palomas (Mt 10,16). Él mismo contrapone los “sabios y prudentes" de este mundo a la ingenuidad desvalida de los pequeños (Lc 11,25).
El administrador “fiel y prudente” es el que cumple con responsabilidad el mandato de su Señor y vive la esperanza vigilante de quien aguarda su venida.
Para el cristiano, en consecuencia, la prudencia está a un paso de la verdadera libertad que nace siempre de la pobreza de espíritu y de la humilde osadía de la esperanza. No está lejos del testimonio de la fe.
                                                                      José-Román Flecha Andrés