Martes, 12 de diciembre de 2017
Bracamonte al día

El Pregón íntegro de fray Antonio Luis Nicolás, un 'enamorado de Cristo' y la Semana Santa

PEÑARANDA | Un amplio repaso por la fe y los diferentes prismas de la semana de Pasión que puedes leer al completo aquí

El fraile Franciscano Antonio Luis Nicolás Marín ha sido el perfecto conductor hacia la fe y la reflexión sobre una mirada de mayor profundidad personal de Cristo a través de un sentido Pregón que aquí puedes leer íntegramente, y que marca el inicio de la cuenta atrás para la llegada de la Semana Santa de este año:

Quiero agradecer en primer lugar al Presidente de la Junta de Cofradías y Hermandades de Peñaranda de Bracamonte, y en él a todos los que trabajáis con ilusión y entrega esta oportunidad que me brindáis de compartir con vosotros tan entrañable celebración de la Semana Santa encarnada en esta ciudad.

Gracias Sra. Alcaldesa, con su presencia atestigua que estos días en los que conmemoramos la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús de Nazaret, poseen hondo calado en el sentir y en la cultura de Peñaranda.

Gracias al Sr. Delegado de Cultura de la Exma. Diputación Provincial de Salamanca, su presencia ratifica el sincero sentir y compromiso de nuestros representantes con las distintas realidades de esta tierra.

Gracias, por supuesto, a los sacerdotes que guían y pastorean vuestra Iglesia – comunidad, os siento hermanos.

Gracias a todos y cada uno por vuestra presencia, ya son muchas caras conocidas y os considero amigos, en vosotros quiero dar las gracias a Peñaranda entera.

Permitidme que me extienda un poquito más y agradezca la presencia de algunos miembros de mi familia que han querido compartir conmigo este momento y a los amigos que han venido de Diego-Álvaro, San Miguel de Serrezuela y Martínez.

Os confieso que desconozco la razón que haya llevado a plantear mi designación como pregonero de vuestra Semana Santa; no obstante tengo que decir que me siento totalmente vinculado a ella desde 2012, año en el que fui invitado a presentar el cartel de tan magna conmemoración.

No tengo conocimientos antropológicos, ni soy licenciado en arte; tampoco soy doctor ni ocupo cátedra alguna en los prestigiosos centros de la ancestral ciudad helmántica, pero si quiero ser lo suficientemente valiente para deciros que me gustaría presentarme como un “enamorado de Cristo”, pues he podido constatar a lo largo de mi vida que Jesús me amó y se entregó por mí y creo que merece la pena el reto de que cada uno lo podamos experimentar despertando las conciencias ante esta realidad que abarca lo ancho, alto y profundo de nuestras vidas.

No hace mucho tiempo, al concluir la celebración dominical en una de las parroquias que la diócesis de Ávila nos ha encomendado se acercó una joven y, con verdadero interés, me preguntó: “estamos siendo testigos de que algunos sectores fundamentalistas de otras religiones son capaces de inmolarse y de asesinar cruentamente en nombre de Dios y sin embargo Jesús se entregó a la muerte para salvarnos, dicen, pero… ¿para salvarnos de qué?

Hermanos y amigos de Peñaranda, en intentar dar respuesta a esta pregunta me gustaría que residiera el sentido de este pregón.

“Pregón” se define como palabra que se proclama públicamente para que la mayor cantidad de gente conozca una determinada información. A través de un pregón se anunciaba antiguamente, bien una oferta comercial o cualquier otra novedad. El pregonero ha ido desapareciendo de nuestras calles al ir asumiendo estas tareas los medios de comunicación o las redes sociales.

Sin embargo, en el terreno que pisamos y en referencia al tema que nos ocupa, es poco frecuente escuchar “alto y claro” una historia de amor tan genuina que “jamás oído oyó ni ojo vio”.

Como sabéis acabamos de clausurar el V Centenario del nacimiento de santa Teresa, ella como insigne maestra, animaba a sus hermanas a hacer oración imaginándose un “paso” de la vida de Jesús y a ellas formando parte de la escena.

Perdonadme si consideráis un atrevimiento por mi parte que esta tarde – noche os invite a eso mismo cuando las imágenes imponentes de vuestro patrimonio procesionen por las queridas calles peñarandinas.

Todos sabemos que “tradición”, “cultura”, incluso “autodeterminación”, son términos que poseen un valor intrínseco que  debemos proteger y propiciar; pero la Semana Santa, la Semana Grande trasciende esas peculiaridades con el fin de poder contemplar en cada ser humano la maravillosa obra que Dios ha realizado en él e intentar descubrir cuál es la historia de amor que quiere escribir con cada uno de nosotros.

“Semana Santa” es sinónimo de historia de la humanidad, “Semana Santa” es imagen real de tu propia pasión, tu propia muerte y tu propia resurrección.

Entonces celebrar o vivir estos días no puede quedarse en la oquedad del espectador, o en la crítica más o menos constructiva de colores, música y armonía.

Vivir estos días en Peñaranda han de suponer un esfuerzo por  descubrir, desentrañar, sacar de las entrañas hasta las lágrimas emocionadas al contemplar un hecho tan inenarrable y tan inaudito: la terrible muerte de Dios para que tu y yo vivamos aquí y ahora el cielo nuevo y la tierra nueva en la que habite la justicia.

El Papa Francisco ha promulgado, como buen pregonero de Dios, un “Año de la Misericordia”, un año que ha de ser un grito con tal frecuencia de sonido, que su eco alcance los lugares más insospechados y los ánimos más adormecidos. “Misericordia” es un verbo sustantivo que referencia una cualidad de Dios, en cuanto perfecto, por la cual nos perdona; por tanto “Misericordia” ha de ser el verbo sustantivado que también nos ha de identificar si acogemos y promovemos aquello que más nos define como hombres y mujeres y que, no por casualidad, también define al mismo Dios.

Necesitamos Misericordia porque somos los mismos quienes voceamos un día “hosanna” y otro “crucifícale”.

Necesitamos Misericordia porque hoy “daría mi vida por ti” y mañana “te vendo por treinta monedas”.

Necesitamos Misericordia porque “hemos comido y bebido contigo” y después “nos hemos lavado las manos”.

Necesitamos Misericordia porque hemos visto salir el sol, llover sobre nuestros campos, nacer a nuestros hijos y después no hemos podido “velar contigo ni una hora”.

¡Qué cosas!;  eso mismo es lo que en la mayoría de los casos hemos hecho con nuestros semejantes cuando no hemos gritado o denunciado que:

  • Cientos de mujeres abatidas por aquellos que decían amarlas.
  • Miles de niños y jóvenes prostituidos por quienes debían protegerlos.
  • Un sinfín de dramas en la vida de nuestros hermanos, tantos que somos incapaces de ponerles rostro.
  • Un mundo llagado porque no hemos sabido descubrir en nuestras manos el bálsamo de un perfume ni la hermosa cabellera que portamos en nuestra alma para enjugar, porque somos Misericordia, el dolor de nuestros hermanos.

Dentro de muy pocos días dará comienzo el insigne procesionar de cada uno de vuestros pasos, meticulosamente ornamentados, ordenados y con una programación tan certera que invita a elevar voces para que la Semana Santa peñarandina sea reconocida tanto como vuestros esfuerzos merecen.

En Peñaranda María es venerada como “Esperanza”, “Misericordia”, “De las Lagrimas”, “Soledad”, “Piedad”, adjetivos que no dejan de ser en sí mismos aspiraciones y anhelos de nuestras almas, experiencias vitales de cada hombre y de cada mujer, pero a su vez no pueden dejar de ser espejos nítidos en los que se refleje lo que deseamos como imagen fiel de nuestra humanidad de la que es exponente perfecto la Madre de Jesús.

“Las lágrimas”, al correr por el rostro de tantos hombres y mujeres de nuestro mundo (parafraseando a Tagore) no pueden ocultar la belleza de las estrellas que hablan de vida, de esperanza, de certeza en mitad de la noche.

Pero ahora se acerca el momento de la verdad, la angustia nos embarga, sentimos nuestras fuerzas al límite, nuestra plegaria inundada de lágrimas porque estamos solos, porque cuando la oscuridad de la noche nos envuelve parece como si el suelo que pisamos desapareciera y nos vemos abocados al abismo, y… en esos momentos aquellos a los que hemos llamado amigos ¿Dónde están?, aquellos con los que hemos comido la pascua ¿Dónde están?, tal vez durmiendo…

La túnica que llevas, seguro que por amor, cubre lo que de verdad sucede en tu cuerpo y en tu alma. Ya has sido juzgado y tu sentencia es firme; te presentan en el balcón de nuestras vidas, Jesús de Medinaceli, en el escaparate de nuestras miserias para que con sorna te reconozcamos como rey. Y ahora, en el colmo de de un sistema tan arrogante te vamos a coronar de espinas, vas a portar la caña de hisopo porque somos incapaces de percatarnos hasta que punto podemos llegar cuando se trata de ridiculizar, ningunear al que pone las cartas sobre la mesa, a ese hermano nuestro, tal vez se llame Jesús o Martín,  Mohamed, o Kirill.

Hermano mío, te equivocas si crees que reinas desde la alta cuna, la alta costura o la alta estupidez. Te equivocas si crees que representar a un pueblo es vivir de sus rentas y mirarlo desde arriba.

Este es rey pero adivina lo que su túnica esconde: el azote inmisericorde de tantos…, la denuncia callada y desafiante ante la torpeza de tu poder…, las cuerdas amordazantes de tantos y tantos que ya sin su libertad asumen su propia muerte…

Ven, acércate, no tengas miedo. Si, es Jesús quien carga con su cruz y la cargaría por tí una y mil veces; hombre hasta en eso, porque reconoce y te enseña a reconocer que huir, esconderse, tapar, postergar, no conduce a nada. Tienes que aceptar la limitación, la pobreza que todos portamos porque es la única manera de alcanzar la paz. Entonces las palabras de Jesús van a ser las tuyas “todo se ha cumplido”, “hemos hecho lo que teníamos que hacer”. ¡Qué paradoja! A la luz de la cruz de Cristo los callos de tus manos se convierten en tu honra, tu sudor de cada día a todos nos beneficia, tu cruz nos hace semejantes y tu sombra da frescor a nuestro cansancio.

Hermano mío, mira con humildad y contempla a Cristo  crucificado en tan magníficas imágenes del Cristo del Humilladero o en la imagen del Calvario, contempla para que nuestra voluntad y nuestro entendimiento asuman que Cristo participó y participa de la misma suerte del expulsado, del condenado, del humillado, de todo ser humano al que le ha sido robado lo que por dignidad divina y humana le correspondía. No podemos obviar que hoy “cruz” también significa guerra, frontera, aguas abismales, mafias sin escrúpulos, hacinamiento, corrupción… como corrupto fue el sistema que condenó al mismo Señor.

¡Cómo nos duele la muerte!, ¡Qué oscuridad en nuestra alma! Pero qué realidad más tajante, tal vez la más certera, dirán algunos. Pero… ¡¿Cómo Dios puede morir?! Pero… ¡¿Cómo Dios apaga su voz?! Pero ¡¿Cómo Dios permite ese silencio?!

La regia imagen fría de Jesús en el sepulcro, la sórdida marcha que le acompaña no son preludio de esperanzas ahogadas ni de gritos silenciados.

Tampoco ahora estás solo, tu muerte está preñada de vida. Mantente en paz, deja tu alma en sosiego porque, como la hermosura de un niño que duerme en brazos de su madre, así está Jesús contigo para que vivas.

Pero la noche, con suma galantería, da paso al alba, al momento de la verdad, al día sin fin, al espacio infinito de luz que testimonia la razón de nuestra fe: Cristo resucitado.

Y ahora toca dar respuesta a la pregunta inteligente de aquella joven: pero Jesús, ¿de qué nos has salvado?

De la inmovilidad que supone pensar que nuestro lugar está por encima del de nuestros semejantes.

Del absurdo al que llegamos cuando creemos que lo más importante depende de nuestro esfuerzo o de nuestros méritos.

De creer que amar es un elemento de usar y tirar, un deseo infantil del que prescindimos al encapricharnos de algo nuevo.

De que lo esencial, lo escribió Saint-Exupèry, no es lo que controlamos, gastamos o utilizamos en pro de  intereses ególatras, “lo esencial, también hoy, es invisible a los ojos”.

Hermanos y amigos de Peñaranda: entre el cielo y el suelo la distancia la hemos puesto tu y yo; entre el cielo y el suelo, desde aquella luna nueva de primavera, no existe más que Misericordia, un Amor derramado en las entrañas de la misma Creación que sí, claro que sí, nos capacita para hacer nuevas todas las cosas.

Peñaranda: ¡Que el Señor te bendiga y te guarde!

Peñaranda: ¡Te muestre su rostro y tenga misericordia de ti!

Peñaranda: ¡Vuelva a ti su mirada y te de la paz!