Domingo, 17 de diciembre de 2017
Ciudad Rodrigo al día

Pregón íntegro de la Semana Santa Mirobrigense a cargo del Obispo Raúl Berzosa

CIUDAD RODRIGO | El pregón fue pronunciado en la tarde-noche del sábado en el Teatro Nuevo Fernando Arrabal

¡CONTEMPLAR LA SEMANA SANTA CON OJOS Y CORAZON DE MUJER, EN ESTA TIERRA Y EN ESTE PUEBLO!

Agradecimientos…

He sido invitado como pregonero de la Semana Santa, en la celebración del 175 aniversario de la Hermandad y Cofradía de Nuestra Señora de la Soledad. He aceptado con gusto y en espíritu de servicio comunitario y eclesial. Vaya por delante un agradecimiento sincero a quienes confiaron en mi humilde persona y a todas las hermandades y cofradías; para los presentes, un deseo desde el inicio: ¡Ojalá, este año, aprendamos a mirar los misterios de la Semana Santa con ojos de madre, como los de Santa María, la Virgen, llenos de ternura y de misericordia!

Ella acompañó a su Hijo durante su pasión y muerte y fue testigo privilegiada de su resurrección. ¿Qué sentimientos profundos atravesarían su corazón maternal, particularmente ante el dolor de su Hijo tan querido?... Tuvo que ser otra mujer, Gabriela Mistral, la que nos ofreciera algunas claves “femeninas” para adentrarnos en el misterio y así contemplar al Hijo crucificado; nos servirá a modo de oración inicial y de apertura de telón en el pregón de esta noche:

                                           En esta tarde, Cristo del Calvario,

                                               vine a rogarte por mi carne enferma.

                                               Pero al verte, mis ojos van y vienen

                                               de tu cuerpo a mi cuerpo con vergüenza.

                                               ¿Cómo quejarme de mis pies cansados

                                               cuando veo los tuyos destrozados?

                                               ¿Cómo mostrarte mis manos vacías

                                               cuando las tuyas están llenas de heridas?

                                               ¿Cómo explicarte a ti mi soledad

                                               cuando en la cruz alzado y solo estás?

                                               ¿Cómo explicarte que no tengo amor

                                               cuando tienes rasgado el corazón?

                                               Ahora ya no me acuerdo de nada.

                                               Huyeron de mí todas mis dolencias.

                                          El ímpetu del ruego que traía

                                               se me ahoga en la boca pedigüeña

                                               Y solo pido no pedirte nada.

 

                                               Estar aquí junto a tu imagen muerta.

                                               Ir aprendiendo que el dolor es sólo

                                               la llave santa de tu santa puerta. Amén

¡Semana Santa civitatense! Por las calles, en orden cronológico, procesionarán La Dolorosa; Jesús, amigo de los niños; La oración del Huerto; Los azotes; La Virgen de las Angustias; la Santa Cruz; el Paso de la Agonía; El silencio; el Santo Encuentro; el Santo Entierro; la Soledad; y, por fin, el Resucitado.

La Semana Santa en Miróbriga, a través de los pasos procesionales, es como una Pasión itinerante y popular, que hace vibrar las entrañas ante la contemplación de los misterios de nuestro Señor Jesucristo, en los que su madre cobra un especial protagonismo. Semana de Pasión de un Dios hecho hombre. La “kénosis” divina (“el abajamiento”) se hace aún  más patente. Con palabras de San Gregorio de Nisa, “la altura brilla en la bajura, sin que por ello la altura quede rebajada”.

Semana Santa. Semana grande en la que vivimos al mismo tiempo cuatro pasiones: la pasión primera, en carne, del Hijo de Dios, celebrada sacramental y litúrgicamente;  también una segunda pasión en el alma de cada cofrade y cada hermano, de cada fiel, que experimenta el corazón traspasado, primero, y rebosante, más tarde, al contemplar al Nazareno  en nuestras calles identificándose con el varón de dolores; la tercera pasión se refleja en el arte de los pasos para ese  noble  servicio de  perpetuar y actualizar lo sucedido en Jerusalén hace más de 2000 años. Artistas, con nombre o anónimos, inmortalizaron sus obras en esta Semana Grande.

Y, finalmente, pasión en la historia o pasión continuada: Jesús, el Cristo, sigue sufriendo, muriendo y resucitando en cada uno de nosotros, en este iniciado tercer milenio, en esta humanidad nuestra que espera la consumación definitiva y la plenitud final. Pascal, el filósofo de los contrastes, esculpió en una frase: “Jesús, hombre y Dios, estás condenado a la agonía hasta el final de los tiempos”.

Sin restar protagonismo a nadie, permitidme que me centre este año, como he comenzado proclamando, en el misterio e imagen de Nuestra Señora de la Soledad, la Alcaldesa “espiritual” de Ciudad Rodrigo. Según una nota histórica de Tomás Domínguez, de esta Cofradía ya hay noticia en una Bula del Papa Sixto V, fechada en Roma en 1590. La Imagen estuvo en la Iglesia de los Padres Agustinos hasta la desamortización del año 1823; después fue trasladada a la Catedral. De otro evento importante de la Cofradía, da cuenta un Cabildo General catedralicio, con fecha 2 de agosto de 1840. En el primer listado de los miembros de la Cofradía (año 1855) aparecen 61 hombres y 8 mujeres. Y, en continuidad, llega hasta el día de hoy… Pero no nos perdamos en la historia. Volvamos al presente, al Pregón de la Semana Santa.

Loa y glosa literarias a la Virgen de la Soledad…

Vaya por delante que un pregón no debe ser un sermón, ni en la forma ni el contenido. Pero, tampoco, simple literatura. Un pregón anuncia y conmueve; quiere ser como la llave y el anfitrión que nos introduzca en algo importante. Y lo haga con pasión y respeto, al mismo tiempo. ¡Como el misterio lo merece!

¡Santa María de la Soledad! Antes, Virgen de la Piedad. Madre del llanto estremecedor al tener a tu amado Hijo en tus brazos como cadáver yerto. San Gregorio Nacianceno[1] lo describe magistralmente con estas palabras:

“Ay de mí, ay de mí… ¡Qué me veo obligada a mirar! ¿Quién es éste al que ahora sostengo entre mis manos, ya cadáver? ¿Cómo acertaré a descargar mi llanto?... Aún por última vez te miro y te dirijo la palabra… Nunca habría deseado, tras haberte dado a luz, verte como cadáver, muerto por manos de los impíos. ¡Déja a tu madre poder besar tu mano derecha! ¡Oh mano queridísima a la que tantas veces me acercaba para abrazarme a ella como la hiedra al tronco de la encina!... ¡Ay de mí, si contigo, hijo mío, morir pudiera! Más prefiero morir yo que verte muerto. ¿Cómo podré alcanzar consuelo de esos tus ojos mudos y cerrados?... ¿Cómo soportar seguir viviendo sin ti?... ¿Es que en vano te nutrieron mis pechos?”…

¡Virgen de la Soledad, de la Piedad y Dolorosa! Siglo tras siglo, los santos místicos, los hombres piadosos, los artistas y los escritores se han querido acercar a tu misterio. Sus sentimientos, su arte y sus escritos resisten el paso del tiempo. San Buenaventura[2], en el lejano s. XIII, nos legó este bello pasaje:

“¿Qué lengua puede expresar o qué mente comprender, Oh Virgen Santa, la inmensidad de tu desolación y soledad? Estuviste en los hechos recordados, asistiendo y participando en ellos; aquella bendita y santísima carne que tú concebiste virginalmente y tan tiernamente habías nutrido y amamantado, que tuviste tantas veces en tus brazos, que has besado con tus labios y contemplado, la has visto ahora desgarrada por los azotes de la flagelación, perforada por las puntas de las espinas, sacudida con la caña, golpeada después por bofetadas y puñetazos, clavada y fijada al mástil de la cruz; y allí luego pendiente y toda destrozada, expuesta a los escarnios y finalmente abrevada con vinagre y hiel. Y con tus ojos contemplaste aquella divina alma llena de toda amargura. La viste estremecida por gemidos, asaltada por el miedo, por el cansancio, a veces agonizante, ansiosa, consternada, también postrada por la tristeza y el dolor; en parte, dolor por el celo ardiente por reparar el honor divino herido por el pecado; en parte, dolor por el amor desbordante y misericordioso hacia nosotros, mezquinos; en parte, dolor por compasión hacia ti, Madre tiernísima, cuando desgarrado tu corazón, te dirigió una piadosa mirada con aquellas tiernas palabras: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”. Así confortaba tu alma angustiada, sabiéndola atravesada por la espada de la compasión”…

¡Virgen de la Soledad! ¡Qué profundamente captaron tus sentimientos las mujeres que escribieron sobre ti. Entre ellas, la gran Santa Catalina de Siena[3]:

“La Madre de Dios abrazaba el sagrado cuerpo del Hijo, todo despedazado y maltratado y, con cariño maternal, le apretaba tiernamente en su seno, exponiendo sus ojos y su rostro a las punzantes heridas y, juntando su rostro con el de su Hijo, se tiñó toda ella con su purpurea sangre y en trueque de ella le riega con un arroyo de lágrimas”.

¡Virgen de la Soledad! Para contemplar en lo profundo tus sentimientos hay que tener alma de pastor enamorado como San Juan de Avila[4] y, así, colocar en tus labios:

“Oh hijo, tú muerto en la cruz y yo viva en la tierra. ¿Cómo quieres que viva estando tú muerto? ¿No tuvieras por bien llevarme contigo?”…

También, el santo Juan de Avila[5], mezclando el misterio de la piedad y de la soledad, ante un cuadro del divino Morales, acierta a escribir:

“Toman el cuerpo y ponénselo en sus faldas. Toma San Juan la cabeza y la Magdalena los pies; comienzan todos a llorar tan reciamente… Comienza la Virgen recorriendo desde las manos a la cabeza y topaba con las espinas que le habían quedado hincadas al quitarle la corona; todos los cabellos llenos de sangre. No se hartaba de mirar aquel cuerpo… Pone los ojos en el rostro de su Hijo y comienza a hablar: “¡Hijo mío, Dios mío y consuelo mío! ¿Cómo me has dejado? ¿Este es el cuerpo que yo tan tiernamente trataba y envolvía? ¿Quién, Hijo, te ha parado tal? ¿Qué corazón bastó a hacerte tanto mal? ¿Quién te ha desfigurado de tal manera? ¡Oh lengua que a tantos consolaste y que a nadie supiste decir mala palabra! ¿A dónde estás que no me respondes?”…

Fray Luis de Granada[6], más tarde, supo captar como nadie el alma maternal de Santa María de la Soledad, cuando supo colocar en los labios de María:

“!Oh Vida muerta, Oh lumbre oscurecida!... ¿Qué haré sin ti? ¿A dónde iré? ¿Quién me consolará? Hijo mío, ¿no me hablas? … ¿Quién os ha puesto tanto silencio que no habláis a vuestra madre?... ¿Fue algún delito amarte tanto? ¿Por qué ahora has querido que el amor se me hiciese verdugo y que tanto más padeciese cuanto más te amo?...

Deseo culminar este glosario de loas a Nuestra Señora de La Soledad con sabor popular, de la mano de una de nuestras poetisas farinatas[7]: Mari Carmen Oliva Martín.

La Virgen de los Dolores,

la Virgen de la Piedad,

la Virgen de las Angustias

y de la Soledad.

 

Todas una misma Virgen

y un idéntico penar;

la misma Virgen que llora

por toda la humanidad.

 

En una calle cualquiera

me he encontrado con Jesús;

yo iba pensando en mis cosas,

Él cargaba con su cruz.

 

Me pidió ayuda al mirarle;

yo la cabeza volví,

queriendo hacerle pensar

que no le reconocí.

 

Por temor a dar la cara

no quise se cirineo;

me venció la cobardía;

me sentí esclava del miedo.

 

Por temor a dar la cara

le dí la espalda a Jesús.

Yo seguí con mi egoísmo.

Él prosiguió con su cruz.

Reconocimiento a las mujeres de hoy, en esta tierra y en este pueblo…

Hasta aquí las loas y alabanzas a nuestra Virgen de la Soledad, nuestra Madre con Mayúsculas, en la pasión de su Hijo, nuestro Señor Jesucristo. Pero en esta tarde, os cuento, en primicia, un doble secreto: por un lado, esta mañana, a través de Silvia, que colabora en la Oficina de Medios de Comunicación del Obispado, entregué a los periodistas lo que se suponía que iba a ser el pregón, correcto y académico. Y, sin embargo, lo que en estos momentos os estoy contando, es sólo parte de lo enviado a los periodistas, y que me perdonen... ¿Por qué? – He tenido que cambiarlo… Al leérselo previamente a algunas mujeres, me han lanzado este reto: “¿Por qué no lo haces de otra forma, saliéndote en parte de lo establecido, de lo políticamente correcto, de lo que ya se espera en un pregón y de un pregonero?... Asumí el reto, me puso en oración, y pedí a la Virgen inspiración y ayuda. Y, sentí en mi interior: “Raúl, describe algunas de las soledades y las lágrimas de las mujeres reales, de carne y hueso, que conoces y te rodean…”.

Virgen de la Soledad, permíteme que, en esta noche, ponga voz y te cuente en voz alta lo que tú conoces mejor que nadie: el dolor y las lágrimas de nuestras mujeres; sus soledades profundas;  las mujeres de nuestras parroquias y de nuestra Diócesis, sin ir más lejos. Mujeres con nombres y apellidos que, por respeto, silenciaré. O, mejor, las bautizaré nombre simulado… No quiere ser un juego literario ni una descripción psicológica o sociológica. Será un desear entrar en su mismo corazón y descubrir cómo te hablan y te rezan a ti, Madre, la Virgen de la Soledad…

“Virgencita, me llamo Virginia y tengo nueve años. Desde hace meses escucho casi todos los días reñir y gritarse mucho a mis papás… Hay días que ni se hablan. Tengo mucho miedo que acaben separándose, ¿qué va a ser de mí?... ¿Me cuidarás tú, mi Virgen buena?”…

“Madre, me llamo Rosa, me van muy mal las cosas en el Instituto. Incluso, por mi físico, las compañeras se ríen de mí y me acosan. Estoy desesperada. Los chicos no se fijan en mí o me insultan. Nadie quiere ser mi amiga. Y no me atrevo a contárselo a nadie, por vengüenza. Por favor, ayúdame, quiero cambiar y que cambien las cosas malas de mi vida”…

“Virgen, soy Lourdes. Una joven de 23 años. He acabado la carrera y, sin embargo, soy de las que llaman “ni-ni” (ni trabajo ni estudio)- ¿Para qué tanto esfuerzo de mis padres?... ¿Para qué tantas ilusiones mías?... ¿Qué va a ser de mí?... Estoy cansado de echar curriculums aquí y fuera de aquí… Todo sin éxito… ¿Hay futuro para mí?... Échame una mano, por favor”...

“Virgen de la Soledad, después de seis años de matrimonio, tengo que separarme… He llegado a la conclusión de que no conocía a la persona con la que me casé. No hay comunicación ni diálogo… No tenemos nada en común ya… Pienso, incluso, si alguna vez nos quisimos… ¿Qué va a ser de mis hijos?... ¿Qué va a ser de mí misma?... Virgencita, no me abandones nunca y ábreme caminos”...

“Madre, soy Raquel… Sólo vivo cada día para mendigar algunas monedas y, con ellas, chutarme… Vivo dependiente de la maldita droga y, por más que lo intento, sin poder salir de ella… He perdido todo: hasta mi dignidad como persona… Por la droga, miento, me prostituyo, robo y hasta soy violenta con la gente, y con mi gente…!Me duele tanto! La gente se ríe de mí; me insulta… Ayúdame a salir de este infierno; por favor, pon en mi camino quien pueda ayudarme… Dame fuerzas para salir de él”…

“Virgen de la Soledad: al verte, estoy segura que entiendes el mal que me invade profundamente: la depresión… Todo en mi vida es oscuridad, negatividad, acoso, pensamientos sin salida, desgana de tirar hacia adelante…Son ya muchos años medicándome, contando las noches y los días… Para sólo ir tirando… Noto que los demás ya no me soportan. Soy un peso para ellos… Madre, aunque no me quede nadie, no me faltes nunca Tú…Eres mi única y más fuerte esperanza”…

“Madre buena, Virgen de la Salud, me acaban de diagnosticar algo terrible: un cáncer de mama… Yo lo veía en otras amigas y siempre tuve miedo que me lo diagnosticaran a mí misma…¿Puedes hacerme un milagro?... ¡Mi marido y mis hijos me necesitan tanto!... Por favor, ayúdame”…

“Madre de todos, Buena Madre, mi nombre es Felisa y llevo toda mi vida viviendo en un pueblecito… A veces, se convierte en una cárcel para mí… Tantas veces he llegado a creer que es verdad aquello de “pueblo pequeño, infierno grande”… ¿Estamos llamados a morir?... ¡Es muy triste y doloroso comprobar cómo ni siquiera los más queridos, tus propios hijos, pueden estar cerca de ti: han tenido que emigrar y buscarse otro futuro… Madre, “ayúdame y ayúdalos, como sólo tú sabes y puedes hacerlo… Que no muera el mundo rural”…

“Virgen de la Soledad y de los caminos difíciles: tú me conoces de verdad y no me juzgas por las apariencias; tú sabes que vine a estas tierras engañada: “Tendrás trabajo y una vida mejor”… y al final, he caído en las redes de la prostitución y el trato de blancas. Me siento sucia e incapaz de regresar a mi país. Lo peor: tengo dos hijos que están padeciendo esta vida que nunca eligieron… ¿Podrá haber un milagro?... ¿Podré rehacer mi vida de nuevo?”...

“Madre del Dolor y de la Vida: Me llamo Lorena y acabo de cometer algo terrible: empujada por las circunstancias y por mi edad, tan sólo tengo 19 años, acabo de abortar… He matado un niño que llevaba en mis entrañas y que no sé muy bien si deseaba o no… Me han empujado mis padres, mi novio, mis amigas, la sociedad en la que muevo… ¿Habrá perdón para mí?... Sólo te pido que cuides mucho de ese niño que nunca nació y que le acojas como si fuera tu hijo… Sé tú para él la madre que nunca quise ni supe ser”…

“Madre de la Soledad, acabo de quedarme viuda… Treinta dos años compartiendo alegrías y penas con quien tú sabes que tanto quería… Es verdad que hemos tenido nuestros momentos difíciles, por la vida, las enfermedades y por la convivencia entre nosotros mismos… Ayúdame a tener fe; dame la certeza de que un día nos volveremos a encontrar y  seguiremos viviendo juntos, contigo, y para siempre”…

“Madre Buena, soy una mujer postrada toda su vida en una silla de ruedas… No he podido ser esposa, ni madre ni hacer grandes cosas en la vida… Sólo te doy gracias porque he gozado lo más importante: un sentido a mi existencia. Cuando un por qué todos los cómos se superan, hasta el de la minusvalía… Gracias, Madre, sobre todo, porque he recibido mucho amor en mi vida y he sabido darlo”…

“Madre de la Soledad, como tú, yo también acabo de perder un hijo… Siempre le decía que tenía que morir yo antes que él… ¿Por qué te los ha llevado?... Tal vez sólo me queda un consuelo: si está contigo, juntos, me ayudaréis y seréis mis protectores… Estoy segura que el cariño que derroché con él, y el cariño que a ti te tengo, no serán en vano… ¡Gracias, mi Virgen de la Soledad!”…

“Madre Dolorosa, soy Irene y estoy al final de mi vida… Tengo Alzheimer y varios hijos con los que no puedo contar: algunos, enfermos y, otros, metidos en sus mundos, muy lejanos físicamente de este lugar… Ni puedo vivir con ellos, ni ellos conmigo. ¡Qué triste lo que me espera!.. Madre, no me abandones nunca. Que sienta siempre tu consuelo y tu cariño, aunque un día se me olvide hasta tu nombre”...

Virgen Madre: soy una abuela, con mucho dolor porque mis hijos y mis nietos no tienen fe… Además me echan en cara que si Dios existe por qué estoy tan delicada de salud y tantos años padeciendo… Tengo mucha fe y, hoy, una vez, Señora, en mi enfermedad y sufrimiento no te grito “¿Por qué me has abandonado? ¿Por qué me mandas esto? ¿Qué pecado cometí? ¿Por qué no lo remedias?”, sino más bien me fío de Ti y te digo: “Señora de la Soledad, sé que esto te duele como a mí me duele o más que a mí; sé que Tú me acompañas y me apoyas, aunque muchas veces no te sienta o no te comprenda… Señora, hoy no te grito; sólo te doy gracias”…

“Madre de la Soledad: me encuentro en una Residencia de Ancianos. No me falta, físicamente nada pero sí lo más importante: el calor de los míos… De mi marido, que hace tiempo falleció, y de una familia que se han desentendido totalmente de mí… ¡Qué contradicción y qué dolor cuando me preguntan “de qué me quejo si no me falta de nada”! Me falta lo más importante: el amor sincero; alguien con quien contar de verdad y que sé no me fallará nunca… Sé tú mi fiel compañera de mi vejez, Madre del Alma, Virgen de la Misericordia”…

Sentido de la Semana Santa…

He sido invitado a pronunciaros el pregón de Semana Santa. Y, llegado a este momento, el pregonero se siente confundido: ¿Acaso necesita la Semana Santa ser pregonada? ¿No habla por sí sola,  allá donde toda palabra se queda pequeña: esto es, directamente al corazón, a lo profundo de nuestro ser?...

Lo que vemos y oímos con los ojos y oídos de la carne se convierte en sentimiento profundo, como un regalo del Espíritu. Porque Semana Santa es todo menos folklore, tradición rutinaria, leyenda o mito. La Semana Santa es la pasión de un hombre real, de carne y hueso, Jesús de Nazaret y, al mismo tiempo, de un Dios-Hijo, anonadado, hecho, por nosotros tierra de nuestra tierra, sangre de nuestra sangre, dolor de nuestro dolor, muerte de nuestra muerte y, en el horizonte,  resurrección personal y  esperanza cósmica.

La Semana Santa en Ciudad Rodrigo tiene que ser mucho más que un símbolo  nostálgico del pasado. Es identidad, resistencia y provocación en medio de nuestra cultura del olvido y de la increencia, del laicismo, del fragmento postmoderno o del endiosamiento neoliberal. Tiene que ser todavía, y sobre todo, como fue para Santa María de la Soledad, el reconocimiento agradecido de un pueblo a su Señor, quien quiso comprarnos a precio de humanidad y sangre para darnos esa vida que, saltando más allá del drama cotidiano, desemboca en  la eternidad. La Semana  Santa sigue siendo la medida de la altura y profundidad del hombre y la mujer de este pueblo y de estas tierras milenarias.  Es la Semana del “Pueblo de la Memoria” frente al “pueblo del Olvido”. Durante unos días, en los templos, se celebrarán los misterios con serena y diga solemnidad; y nuestras calles y plazas explotarán en una sincera manifestación de religiosidad y de piedad popular, de manifestación pública de nuestra Fe.

¡Qué gran y hondo misterio: el drama de la cruz, de la muerte, del sufrimiento, del dolor, de cada persona y de la humanidad en conjunto, no es ajeno nuestro Dios! El Hijo,  encarnado y redentor, asumió toda nuestra condición para “divinizarla redimiéndola; para sanarla, para transfigurarla, para hacerla nueva y hacerla divina”.

El mal,  la enfermedad, el sufrimiento y el dolor, lo negativo en todas y cada una de sus formas, ya no tienen la última palabra.  A la gran narración, de tanto y tan profundo mal en la historia de la humanidad, el cristianismo propone otro gran relato lleno de sentido y de esperanza: ¡La vida, muerte y resurrección de Jesús el Nazareno, el Hijo de Dios!

Experimentando este gran y real misterio, alguien ha dejado escrito con maestría: No es lo peor esta cruz horrorosa, no es lo peor el cáncer o la silla de ruedas, ni la cárcel injusta o la tortura, ni la exclusión o la pobreza. Lo peor es el vacío del alma, el sin-sentido, la tiniebla existencial y el no encontrar sentido ni esperanza. Lo peor es no saber por qué luchar…. Y entonces nace la misma pregunta que un día lanzó Cristo: “¿Dios mío, Dios mío por qué me has abandonado?”. Acércate, por favor, Señor, y repíteme una vez más: “Hijo mío, no temas; tu lucha y tu dolor son semillas que tienen sabor y valor de vida nueva”.

Actualidad de la Semana Santa…

Semana Santa, memoria viva de un acontecimiento que perdura y  sigue encontrando  eco. Porque en ese condenado a muerte y en ese pueblo judío estábamos todos. Estábamos dando fuerza al cobarde Pilatos para firmar la injusta sentencia. Estábamos levantando las manos del verdugo para descargar con fuerza los golpes sobre la humanidad de Jesús. Estábamos riendo y gritando con el pueblo y las autoridades,   y hasta levantando testimonios falsos con los letrados y notables,  y saboreando culpablemente con el ellos la farsa del poder. Estábamos allí con las gentes del pueblo, pasivas y curiosas, llevadas por sentimientos viscerales mientras el justo cargaba con el madero. Estábamos con el mal ladrón, blasfemando s dolores y desgarros interiores, lanzando contra el cordero inocente nuestros propios delitos. Estábamos con los soldados que se repartieron y sortearon lo único que poseía y le quedaba a Jesús, antes de desnudarse del todo: una blanca túnica. Estábamos con los esbirros que le cosieron con  clavos y dieron a beber vinagre, cuando sólo pedía agua. Estábamos en el encuentro entre madre e hijo, camino del monte de la calavera y a los pies, en el patíbulo; y  también con aquel verdugo que le traspasó el costado con su lanza. Estábamos, en fin,  con la masa que sintió temblar su corazón cuando a eso de medio día, dando un fuerte grito, el Hijo de Dios expiró. Y la tierra tembló, y las tinieblas cubrieron todo y el velo del Templo se rasgó en dos.

Sí, no exagero. Allí estábamos todos. Porque hace más de 2000 años, en la capital del pueblo hebreo,  en el drama de un condenado a muerte, se concentraba toda la historia de la humanidad: la pasada, la presente y la futura. Porque ese condenado, ese hombre, era más que un hombre: el Hijo del eterno Padre y el resucitado para siempre. Esa madre era más que una madre: la sierva del Señor, el modelo y espejo de la humanidad, la nueva Eva. Ese drama era mucho más que un drama: era el centro y sentido de la historia, de nuestra historia, personal y colectiva.

En el muro de uno de los campos de concentración alemán, un recluso grabó estas palabras: “Señor, acuérdate no sólo de los hombres y mujeres de buena voluntad, sino también de los de mala voluntad. No te acuerdes sólo del sufrimiento que nos han infligido. Acuérdate de los frutos que hemos dado gracias a nuestro sufrimiento. Y cuando ellos, nuestros verdugos, sean juzgados que todos estos frutos de nuestro sufrimiento sean su recompensa y su perdón”.

 Hay que gritarlo, aunque no sea políticamente correcto: “¡No podemos olvidar esta otra pasión real: la de hoy, sufrida en los miembros dolientes del cuerpo místico de Cristo!”... Pasión en campos de batalla, en hospitales y psiquiátricos, en casas de acogida de inmigrantes y de trata de blancas, en pateras a la deriva y refugiados deambulando sin acogida, en hogares donde el maltrato es más frecuente que el pan de cada día, en pueblos excluidos y subdesarrollados bajo el peso de las guerras el hambre o el analfabetismo, en los sobrantes y descartados del sistema económico…

Todos esperan ser bajados de la cruz y gozar de nuestra ayuda y del consuelo de la Madre de la Soledad. Mirar al crucificado es mirar, al mismo tiempo e inevitablemente, a los nuevos crucificados de hoy. Lo que acontece al hombre, le acontece a Dios. Lo que hacemos al hermano, se lo hacemos a Dios… ¡Nuestra carne es la carne de Cristo. A veces, llagada y herida; maltratada y humillada!…

Ante el crucificado toda ideología, toda palabra enmudece y se desenmascara. Misterio de autenticidad radical y profundas: “La cruz ha sido plantada en el cosmos para consolidar lo inestable”! Porque... Tú, Jesús, te sigues identificando con los crucificados de la historia:

Tú exclamas por boca de los desesperados “¡Pase de mí este cáliz!”

Tú preguntas con los torturados sin motivo: “¿Por qué me pegas?”

Tú sigue siendo condenado injustamente en los inocentes.

Tú eres coronado de espinas en campos de refugiados.

Tú eres azotado en el dolor de clínicas y hospitales.

Tú repites la vía del dolor en emigrantes y exiliados.

Tú sigues abandonado en miles de desesperados.

La Virgen de la Soledad nos recuerda que continúa siendo verdad que su Hijo estará en agonía hasta el fin de los siglos.¡¡Qué bella y acertadamente lo plasmó otra mujer: la madre Teresa de Calcuta!!:

Tú, eres, mi Señor, el hambre que debe ser saciado,

la sed que debe ser apagada,

el desnudo que debe ser vestido,

el sin techo que debe ser hospedado,

el enfermo que debe ser curado,

el abandonado que debe ser amado,

el no aceptado que debe ser recibido,

el leproso que debe ser lavado,

el mendigo que debe ser socorrido,

el borracho que debe ser protegido,

el disminuido que debe ser abrazado,

el ciego que debe ser acompañado,

el sin voz que necesita que alguien hable por él,

el cojo que necesita que alguien camine por él,

el anciano que debe ser servido,

el perdido que debe ser reconducido”.

Os repito y os invito, como pregonero, en esta Semana Santa, a mirar con otros ojos nuestras celebraciones, nuestras procesiones, nuestras expresiones sacras. Como si fuera la primera Semana Santa, la única, la última de nuestra vida… Miradla y sentidla con los ojos y el corazón de la Virgen-Madre.

Virgen de la soledad, a tus pies, nos preguntas: “¿Quién  se atreverá a restaurar la dignidad de los hermanos sufrientes?”…“¿Qué habéis hecho no sólo de mi Hijo, sino de sus hermanos y mis hijos los hombres?”…“¿Sois capaces de contemplar con el mismo detenimiento y admiración a quien a tu lado, excluido o marginado, desterrado o maltratado, te necesita?”…

Señora de la Soledad, tú vuelves tu mirada y nos  espoleas: “¡No estéis tristes por mí ni por mi Hijo...Nuestra soledad  es soledad sonora y sostenida por el amor! Pero tal vez en ti, o en tus hermanos cercanos, la soledad sólo sea eso: !soledad desesperanzada!”.

¡Con qué sinceridad lo expresan estas palabras en forma de oración: “Señor, hoy en mi enfermedad y sufrimiento no te grito “¿Por qué me has abandonado? ¿Por qué me mandas esto? ¿Qué pecado cometí? ¿Por qué no lo remedias?”, sino más bien me fío de Ti y te digo: “Señor, sé que esto te duele como a mí me duele o más que a mí; sé que Tú me acompañas y me apoyas, aunque muchas veces no te sienta o no te comprenda… Señor, hoy no te grito; sólo te doy gracias”.

Homenaje a los costaleros y hermanos que procesionan…

Este pregonero tiene que ir finalizando. No lo haré sin rendir un sencillo y sentido homenaje a nuestros costaleros y a los hermanos cofrades que procesionan acompañando los pasos, rezando y haciendo penitencia, cada cual a su manera y con sus motivaciones… En esta ocasión, pido prestados la palabra y el verso al poeta y sacerdote civitatense Jesús Nieto López:

Procesión de madrugada,

bajo palio ancho de luces.

Un temblor en la mirada

y una visión bien cortada:

capiruchos, cirios, cruces…

 

Pisa firme, costalero,

por esas calles torcidas…

Pon esfuerzo de novicio.

En tu cansancio y en tu sed

abrázate al sacrificio,

como a la carne el cilicio,

como yedra a la pared…

 

Cuando pases por tu puerta

reza un Credo y, de camino,

dile que ya hay en tu huerta,

sobre tu vida desierta,

un florecer que es divino…

 

Capataz, una parada,

Que ahí vive un costalero.

 

Que esa ventana cerrada

tiene en la alcoba guardada

la fe de un hombre sincero

que, para hacerse mejor,

bajo palabra de honor,

juró hacer una visita

cada viernes al Señor…

Costalero, paso lento.

Pon la mirada en la meta.

Mide el valor del momento,

mientras que, espada hecha al viento,

corta al medio la saeta.

 

Costalero, marca el paso.

Haz del camino oración.

Termina la procesión

llenando hasta el borde el vaso

de sentido y comprensión.

En el horizonte, la esperanza de la resurrección…

Semana Santa de pasión y de contrastes, clavada en el corazón del pueblo mirobrigense. El dolor y la muerte reclaman luz y resurrección. La muerte no puede hacernos olvidar la vida. El pregonero, por momentos, se queda sin palabras. De nuevo, sólo el verso y  la prosa poética, con pudor y temblor, aciertan a expresar sentimientos sinceros, en forma  de oración y provocación.

El agónico Miguel de Unamuno supo escribir: “Tú que callas para oírnos, Oh Cristo crucificado, oye de nuestros pechos los sollozos; acoge nuestras quejas, los gemidos de este valle de lágrimas. Clamamos a Ti, Cristo Jesús, desde la sima de nuestro abismo y miseria humanos”…

León Felipe, poeta de la luz y del llanto, de la oración y de la blasfemia, se atrevió a gritar:

“Cuando el hombre pregunta “quién soy yo y ya nadie responde, sólo queda mirar al Cristo. ¡Cristo es el hombre, la sangre del hombre, la sangre de todo hombre! Y esto lo afirmo desde el llanto capaz de ganar la Luz”…

El apasionado San Agustín, enamorado  de su Señor, se atreve a exclamar: “Cristo es fuente de vida: acércate, bebe y vive. Es luz: acércate, ilumínate y ve. Sin su gracia estarás árido. Cristo trabaja en ti, tiene sed de Ti, tiene hambre en ti y padece tribulación. Y aún El muere en Ti, y tú estás resucitado en El”.

¡Civitatenses!: entramos en el Pórtico de la Semana Santa. Agudicemos los ojos del corazón para mirarle sólo a Él, Al Señor de la Vida, del Cosmos y de la Historia, Al Hijo de la misericordia entrañable y del amor de ágape, gratuito y total. No tengamos miedo; abramos nuestro corazón y nuestras entrañas a quien nos conoce mejor que nosotros a nosotros mismos, a quien nos puede limpiar y alumbrar de nuevo. Sólo así podremos entonar el pregón pascual. Y, con el Espíritu del resucitado, que hace nuevas todas las cosas, cantaremos: “¡Creemos en la vida, en la justicia, en la alegría, en la esperanza, en la humanidad y en la creación nuevas”.

Permitidme finalizar mi pregón con el escritor José Cabodevilla, entonando un himno de utopía y esperanza. Es el mensaje que nos regala nuestra Madre de la Soledad, porque la cruz y el dolor no son el final:

                Porque Cristo resucitó y es el Hijo

                creemos en el Padre y en los hermanos.

                Porque Cristo resucitó y es vida

                creemos en la vida y no en la muerte.

                Porque Cristo resucitó y es el camino

                creemos en el futuro y no en el miedo.

 

                Porque Cristo resucitó y es la paz

                creemos en la paz y no en la guerra.

                Porque Cristo resucitó y está en los pobres

                creemos en la justicia y no en la opresión.

Porque creemos que Cristo resucitó y está en la comunidad; creemos en la unidad y no en la división.

                Porque Cristo resucitó y se apareció a Pedro

                creemos en una Iglesia confiada a hombres pecadores.

                Porque Cristo resucitó y nos da su Espíritu

                creemos que somos hijos amados para siempre.

A partir de la resurrección del Hijo de Dios podremos exclamar con Pablo, el  enamorado de Jesucristo: “Ninguno de nosotros vive ya para sí mismo… Si vivimos, vivimos para el Señor; si morimos, morimos para el Señor; en la vida y en la muerte somos de Dios” (Rom 14,7 ss). A partir de la resurrección del Hijo de Dios, toda nuestra Diócesis, estará haciendo realidad el camino de la Asamblea Diocesana; que no es otro que el de la experiencia de Emaús: Cristo saliéndonos al encuentro, y caminando a nuestro lado, para escuchar nuestras dudas y certezas, nuestras lamentaciones y alegrías. También Cristo iluminando con su Palabra nuestras existencias; y, finalmente, Cristo compartiendo el Pan y enviándonos como evangelizadores y sembradores de esperanza de una Iglesia y de una sociedad nuevas… ¡Siempre en salida y haciendo realidad la cultura de la cercanía y del encuentro, del diálogo, del tender puentes y no muros, que tanto nos insiste nuestro querido Papa Francisco!

Cristianos civitatenses y cofrades todos: ¡Feliz y fecunda experiencia de Semana Santa 2016! ¡Felices y santos días de gracias redentoras y  salvadoras! ¡Que la Virgen de la Soledad, y su Hijo, os bendigan y os acompañen, especialmente a los más enfermos y necesitados!

+ Raúl Berzosa, Obispo de Ciudad Rodrigo

 

[1] SAN GREGORIO NACIANCENO,  La pasión de Cristo, Ciudad Nueva, Madrid 1995, 116.

[2] SAN BUENAVENTURA, El árbol de la vida, BAC, Madrid 1946, 207-208.

[3] SANTA CATALINA DE SIENA, Meditaciones, Compañía de Impresores y Libreros, Madrid 1846, 353.

[4] SAN JUAN DE AVILA, Sermón de la Soledad de María, BAC, TII, Madrid 1953, 1050.

[5] Ibid., 1055.

[6] FRAY LUIS DE GRANADA, Libro de Oración, BAC, Madrid 1999, 260.

[7]Cf. Programa Semana Santa, Ciudad Rodrigo 2016, 8.