Miércoles, 13 de diciembre de 2017

Realezas, genuflexiones y otras miserias

Entre los jirones que se van desprendiendo del ya escaso prestigio de las instituciones españolas y los partidos políticos en la vergonzosa y transparente travesía por la incapacidad general de parlamentarios, órganos, comisiones o equipos para gestionar el último mandato democrático electoral, pareciera quedarse al margen, e incluso ser beneficiada por la situación, precisamente la única institución no democrática interviniente en esta celebración de la impotencia: la monarquía.

Expresiones como “el Rey ordena a Sánchez...”, “el monarca deja tiempo a los partidos...”, “el Rey encarga la formación de gobierno”, o “el Rey transmite su decisión de nombrar candidato...”, por referir sólo algunos titulares de los últimos días en relación con el proceso de formación de gobierno, transmiten una –interesada- idea de una monarquía influyente, ejecutiva y dirigente, muy alejada de su papel meramente testimonial y en absoluto necesario. A esta celebración de la lagotería se suman cada día, sin sonrojo y hasta a veces parece que disfrutando de su vasallaje, portavoces, secretarios y allegados de una clase política inmersa, en este aspecto, en su propia incongruencia.

La prensa en general, alentada por un servilismo que de antiguo ha optado por el sometimiento acrítico y pelota, sin asomo de cuestionamiento y ni siquiera somero análisis, se ocupa de ensalzar, alabar y jalear el papel que la monarquía interpreta en esta mala comedia del exhibicionismo disfrazado de formación de gobierno, transmitiendo la falsa imagen de una institución que ordena, manda y dispone sobre la voluntad de la ciudadanía, como si ésta la hubiese elegido o como si se tratase de un órgano fundamental para la democracia española, lo que además de no ser en absoluto cierto, contribuye a apuntalar a una institución caduca, inútil y clasista que con su sola existencia convierte a los ciudadanos en súbditos, impide alcanzar las últimas cotas de la auténtica democracia y constituye una pesada rémora en las conquistas de la libertad.

Una institución como la monarquía cuyos orígenes, significado, sentido, historia y existencia son, hasta por definición, antitéticos con el núcleo de la democracia e incompatibles hasta con los apellidos con los que quiere disfrazarse –constitucional, representativa, parlamentaria...- , y que en España fue impuesta por el dictador Franco e incluida en el texto constitucional del 78 en circunstancias excepcionales y como parte indisoluble de aquél, ha sido sin embargo mimada irracionalmente, cuidada servilmente, protegida militarmente, blindada legislativamente, defendida políticamente , promocionada publicitariamente y hasta a veces escondida y sometida a diferentes procesos hagiográficos por unos gestores políticos, unos medios de comunicación y unas tan parciales actividades de enseñanza, educación y difusión editorial e informativa, que han permitido que esa confusión –interesada- sobre la actividad institucional de tipo mecánico de Felipe de Borbón realiza estos días tras el proceso electoral, llegue a parecer, para muchos, una suerte de mesianismo salvador.