Viernes, 15 de diciembre de 2017

‘Esto es lo que hay’ > las (sus) reglas del juego

 “Esto es lo que hay” […] “Lo que hay” es la mayor ficción que se ha inventado. Lo que hay no existe sino que está siendo construido ahora mientras escribo.

La realidad […] es también las posibilidades que alberga.

Belén Gopegui

La rayuela (España) es un juego de iniciación infantil que representa el conocimiento de uno mismo.

Fuente: Wikipedia

Estoy (relativamente) sorprendido con lo poco que se habla (habría que precisar, porque alguno si lo hacen, pero no se les publica o difunden sus argumentos) sobre lo que para muchos es el principal escollo a la hora de negociar un posible pacto de gobierno. Me refiero a las contrarreformas laborales (las dos, la socialista y la de los populares) que padecemos y padecen, en formatos parecidos, otros países de ese espacio democrático que decía ser Europa.

Al hilo de la que se quiere imponer en nuestro país vecino del norte (otra, pero me temo que no la última), y también del infausto aniversario de nuestra permanencia en la OTAN (recuerden una vez más la tergiversación aquella  ‘De entrada NO’ y el incumplimiento de las condiciones, y apliquémoslo a ciertos ‘mantras actualizados’: ‘Hay que buscar lo que nos une, todo suma o mestizaje ideólogico’, que no hacen sino esconder la evidencia palmaria de que el agua y el aceite no se mezclan ni agitando.

Los resultados de este falso y amargo ‘batido ideológico’ vienen de lejos, como lo demuestran estas películas y los comentarios que de nuevo les propongo, pero el maridaje al que ahora nos invitan no produce sólo úlcera de estómago, directamente es cancerígeno.

Del cine me gusta casi todo, salvo las películas que no me dicen nada y las palomitas. Sería capaz de salvar a un film por una sola secuencia, el diálogo sublime entre dos actores y, si me apuran, por la mirada de un solo intérprete, que nos descubre una cámara según se acerca a ese rostro sin ningún miedo o pudor.

Cuando voy al cine o me hago con un DVD en la biblioteca pública no suelo guiarme por géneros, ni actores favoritos, es el tratamiento del tema lo que suele moverme. Al igual que con los libros, quiero saber cuáles son las preguntas y respuestas que el realizador me puede ofrecer ante las cuestiones que me están rondando por la cabeza en ese momento.

Hace ya un tiempo que estoy revisitando una serie de cintas que tienen que ver con el mundo del trabajo y la falta del mismo. El interés es tan obvio que no creo que necesite mayor explicación por mi parte.

Me gustaría desde esta sección, que normalmente habla de lecturas en un sentido amplio, invitarles a “leer” tres de ellas: Recursos humanos (2000), de Laurent Cantet; Las nieves del Kilimanjaro (2011), del también director francés Robert Guédiguian y El método (2005), basada en la obra de teatro El método Grönholm, de Jordi Galceran, llevada al cine por el argentino Marcelo Piñeyro.

Las tres hablan sobre las relaciones laborales desde perspectivas diferentes, pero mi planteamiento es que también son complementarias. La primera cuenta la historia de un becario de recursos humanos cuyo trabajo es utilizado subrepticiamente para conseguir una reducción de plantilla. Las nieves…, que no debemos confundir con el film dirigido por Henry King  y que contaba con la inolvidable presencia de Ava Gardner, nos relata el enfrentamiento con su propia persona de un veterano sindicalista que es agredido por un trabajador después de haberse solidarizado, hasta llegar a consentir su propio despido, por defenderle a él y a sus compañeros. Y la última, El Método, donde se nos presentan a siete aspirantes, con personalidades muy dispares, que compiten entre ellos hasta lo inimaginable por un alto puesto directivo, ofreciendo al espectador resultados insospechados.

Estoy seguro que más de un lector perspicaz se habrá percatado de que la ordenación de las películas no sigue el año de su realización pero, si deciden leerlas, les invito a seguir esta pauta, comprenderán mejor el mortal crescendo que explica esta organización.

El aumento gradual de la sofisticación en las relaciones laborales que describen las películas, si se me permite la utilización irónica del término, es lo que determina también los resultados que estamos viviendo en nuestras complejas sociedades, mal denominadas como desarrolladas.

Ya sé que muchos estarán pensando en este momento que de sofisticación más bien poca, y nos le faltará razón, viendo como la gente pierde su empleo, trabaja en precario o en el mejor de los casos se lo congelan, cuando no se lo rebajan.

¿Por qué estamos permitiendo que esto nos ocurra sin ponerle remedio?

Me gustaría que jugáramos a una rayuela (que me perdone san Cortázar y todos los pequeños que disfrutan con este juego) que nos llevara de la casilla Tierra a la denominada Cielo, pero con el deseo de mostrar que la verdadera regla del juego es la que expone Belén Gopegui en el encabezado de este artículo: la que va de la absurda ficción resignada a aceptar que esto es lo que hay, hasta esa otra en la que podemos cambiar la realidad, porque ésta es la que construimos nosotros mismos.

Sidi Mohamed Barkat, filósofo, profesor de la Universidad de París I Panthéon-Sorbonne y autor de un estudio acerca de los cambios que ha experimentado la organización del trabajo, explica, de manera muy gráfica, que la lucha de clases se ha trasladado al interior de cada trabajador. El asalariado es ahora su propio patrón y esa situación crea verdaderos conflictos, como el que se presenta en el film de Guédiguian en dos momentos muy concretos: cuando el compañero de sindicato intenta hacerle ver al protagonista que no tiene que dejar el trabajo en solidaridad con los despedidos, y la perplejidad de este mismo cuando es agredido y robado por uno de los despedidos con los que se ha solidarizado.

Ya no ocurre como en la primera película que citamos, Recursos humanos, donde se aprecian claramente a quienes son los ofendidos y humillados, frente a los que oprimen y manipulan a la mayoría.

La lucha ya se ha convertido en algo sutil pero despiadado, como nos recuerdan algunas escenas de El método, donde la contradicción entre empleado y empleador no sólo se observa en el enfrentamiento entre los propios aspirantes al cargo directivo, sino en el fuero interno de muchos de ellos, cuando tratan de justificar sus contradictorias respuestas o lo paradójico de sus actuaciones en su pasado laboral.

Contemplamos cómo el trabajo ha entrado impúdicamente en la esfera de lo privado, y no me estoy refiriendo sólo a lo que supone estar siempre conectados y a disposición de la empresa. Hemos trasladado el antagonismo social al interior del individuo, y, naturalmente, esto hace que sea difícil establecer una mediación entre uno y uno mismo, aclara Barkat. Entonces es cuando se produce el conflicto que lleva al estallido personal o social, o el uno unido al otro, como estamos comprobando en muchos países, incluido el nuestro.

En una de las últimas secuencias de la película dirigida por Piñeyro, vemos a los aspirantes que restan para optar al cargo de alto directivo asomarse al gran ventanal blindado de la última planta del rascacielos donde libran todavía la última batalla. Contemplan, con cierta displicencia, a un numeroso grupo de personas que se manifiestan abajo, en la calle.

El director parece querernos mostrar a  los ejecutivos, que se encuentran en el Cielo de la rayuela, en la casilla más alta, como los elegidos para disputar el gran puesto porque hace tiempo que vienen jugando con sus reglas (inmisericordes, sin respeto por el contrincante, ni siquiera por uno mismo), lo que les ha permitido abandonar la casilla de inicio, la de la Tierra, la de los desposeídos del juego, a los que sólo queda  el derecho a protestar, porque ya no tienen ni tejo para moverse, y la paticoja continua les ha conducido casi a la extenuación.

Pero estamos ante una falsa rayuela, una pura invención interesada, una organización del juego que promete una casilla del Cielo inalcanzable. Hemos descubierto que puede haber otras reglas del juego. Aquella rayuela, la suya, en la que era imposible avanzar más allá de dos casillas sin caer al suelo, teniendo siempre que volver a comenzar el juego, pero con la perplejidad cada vez más prendida en nuestras caras, y escuchando como única respuesta la misma salmodia: esto es lo que hay; así son, han sido, siempre las cosas, esta es la única regla del juego.

Pero no será de este modo, si por fin hemos comprendido que la realidad […] es también las posibilidades que alberga. Y ellos saben que lo sabemos.

Rafael Muñoz