Viernes, 15 de diciembre de 2017

El niño que tenía un solo tirante

 

 

Las camisas tienen tantos botones como ojales, pero a mi camisa, le sobra un ojal, porque he perdido un botón. He mirado por todos los sitios, hasta en un pajar, y no lo he visto brillar ¿dónde se habrá metido el condenado de botón? Para que la camisa guarde la armonía, y no se ahueque cuando me agache, decidí abotonar uno en dos ojales, pero refunfuñó el otro, e incluso, tuve miedo de que lo agarrase del cuello y lo atragantase de celos, y me vi obligado, por si moscas, a desengancharlo; pude comprar uno igual o arrancar uno viejo de una camisa más que usá, pero no es igual, parecería que mi camisa tuviese una pequeña mancha, y que desentonaría en mi sonada pulcritud y elegancia... Además, no estaría bien visto mi despilfarro en estos tiempos, en que hay que recortar todo, hasta el uso de un botón para cada ojal. Igual pasaba cuando Juanito era chico, llevaba por lo mismo, por la necesidad, un tirante cruzado en el pantalón, que abrochaba en un solo botón, porque su pantalón solo tenía un tirante y un solo botón. Juanito, además, usaba un pantalón con una raja grande en la culera, esto le facilitaba la cosa cuando tenía necesidad de aliviarse, y más decencia aún, porque las cascarrias no encontrarían pelo donde posarse. Juanito iba a la escuela luciendo su tirante negro, que su madre le había cortado del forro carcomido de una chaqueta de su padre, pero lo mostraba en contraste con aquella camisa, sin cuello, de rayas azules desvaídas de tanta colada.

No portaba nada cuando iba a la escuela: ni cartilla ni pizarra ni un cuaderno pequeño de una sola raya ni lapicero; él no sabía lo que eran estas cosas, quizás se lo hubiera visto a sus hermanos más grandes, (entonces no se decía mayores). Y ya, en la escuela, se sentaba en el banco con otros niños, también con un solo tirante, aunque había algunos con dos; se cruzaba de brazos sobre la mesa y esperaba, mirando perplejo la figura enjuta del maestro, que hablaba y no entendía lo que decía; por fin, uno de los grandes se acercó, lo hizo levantar con los otros compañeros, y lo llevó ante un cartelón gordo, revestido de color pardo, que tenía unos garabatos, que decían letras, y que, luego, consiguió leer abecedario. Con el puntero y a voz en grito, se fue haciendo con las vocales y la primera m, que, después, pintaba, con otros, en el encerado de cemento, teñido de negro, y así aprendió a escribir el nombre de su mama, que él solo sabía de palabra; y seguía el grande enseñándoles a contar en aquel ábaco de diez tiras de alambre, con diez bolas en cada una, formando una decena, y las diez, una centena, y también escribían los números en el encerado; y seguía con la doctrina: con Adán y Eva, con Caín y Abel; con las oraciones; Juanito no se hizo con el credo y los artículos de la fe, hasta que no hizo la primera comunión. Juanito no supo del maestro hasta que no pasó de sección. ¡Pobre maestro!, tenía que atender a ochenta niños él solo, con la ayuda de los grandes; y le costaba un mes, pasando lista, conocer el nombre de los muchachos; hasta entonces, los llamaba con el nombre de su padre o señalando con el puntero del dedo el nombre común “Tú”.

Un día se dio cuenta de que su madre le había cosido la raja de la culera del pantalón, puesto que se iba haciendo más grande; y ese mismo día, también se percató de que había niños que vestían pantalones sujetos con un solo tirante. Mientras otros, los enganchaban con dos; se fue para casa y se lo comentó a su madre; al mismo tiempo, advirtió que esos niños no iban al comedor de auxilio social de la calle Sevilla; buscaba una explicación mirándoles la cara, el color de los pelos, el color de la sangre cuando se hacían una herida, el color de la piel, el tamaño de las piernas, de los brazos; Juanito, incluso, los ganaba jugando a la pelota y al tangue, y aún era más avispado que ellos; no encontró más diferencia que los dos tirantes de los pantalones y en que no iban al comedor ni a mendigar por las casas un rebojo, que su madre, por la noche, ablandaba con agua, un puño de sal y media cucharada de pimiento y, de segundo, una cucharada de zuche con migajas de un pan duro.

Y, de pronto, notó y comprendió que la vida era muy extraña, y le afianzó más, en su idea, la presencia de aquellas viejecitas, escondidas en aquellos pañuelos negros, descoloridos, que, a su vez, tocaban a las puertas como él, y acudían a la puerta de la iglesia en los cabo de año, en las vísperas de las tres Pascuas y a la llamada generosa de san Antonio, a recoger la torta de dos libras.

Y, con los años, Juanito fue desabotonando del ojal el tirante negro, que cruzaba hasta el botón derecho; se lo recordaba a su madre: “Madre, cósemelo al lado derecho, porque, si no, no me dejan entrar en el comedor”. Y con el cambio de moldura, fue aprendiendo a trabajar, a escardar, a abrir canteros en el huerto, a segar...; el día en que su padre le ajustó de trillique, llegó a casa eufórico; “madre, ya soy como padre, porque la señora María me ha puesto un huevo entero para almorzar. Se sintió un hombre de verdad, con su bigotillo de pelusilla.