Sábado, 16 de diciembre de 2017

El similitruqui de vender como un éxito una claudicación

Con desatado alborozo ha acogido la Junta de Castilla y León el revolcón sufrido por la Ley Montoro en el Tribunal Constitucional, que ha tumbado varias de sus disposiciones por invadir las competencias de las comunidades autónomas y de los ayuntamientos.

Ciertamente, dicha Ley había hecho de su capa un sayo en diversas cuestiones, entrometiéndose en asuntos que no eran de incumbencia estatal, como el de obligar a las Administraciones Autonómicas a asumir la titularidad de los servicios de asistencia social y atención primaria (servicios sociales y consultorios) gestionados por los ayuntamientos. Otra de las arbitrariedades echadas abajo ha sido la de cargarse, así sin más, a todas las entidades locales menores que no presentaran sus cuentas en tiempo y forma.

Es verdad que el gobierno de Juan Vicente Herrera las tuvo tiesas con el ministro Montoro por cuenta de esa nefasta Ley, resistiéndose especialmente a que se endosara a las arcas autonómicas el gasto municipal derivado del mantenimiento de los colegios públicos y los consultorios locales. Pero a última hora, tras introducir en el Senado una enmienda que contemplaba la compensación de ese gasto en el futuro modelo de financiación autonómica, la Junta claudicó y tragó con una Ley que venía considerando “un atropello”. Y los senadores del PP de Castilla y León dijeron amén a Montoro, al igual que antes lo habían hecho los diputados del Congreso.

Consecuentemente con esa claudicación, ni la Junta ni las Cortes de Castilla y León impugnaron la Ley Montoro ante el Tribunal Constitucional, algo que sí hizo la Asamblea de Extremadura, cuyo recurso ha dado lugar a esta sentencia. Y están pendientes de resolver los recursos presentados por los gobiernos de Andalucía, Cataluña, Asturias y Canarias y por los Parlamentos de Andalucía, Cataluña y Navarra. Pero, en lugar de sonrojarse por no haberla impugnado, el gobierno Herrera saca pecho y celebra poco menos que como un éxito propio el revolcón del Constitucional a una Ley que se había tragado doblada. Todo un similitruqui marca de la casa.

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