Viernes, 15 de diciembre de 2017

El fútbol no es una fábrica de tornillos...

El entrenador Juan Manuel Lillo, tan querido en Salamanca por sus logros pasados e ideas renovadoras de fútbol que hizo feliz a una afición hoy desconectada, aseguró alguna vez que “El fútbol se ha convertido en un consolador social…” Y cada cual que lo interprete a su gusto. Hubo presidentes de clubes que quisieron dirigir a sus equipos como gestionaban al resto de sus empresas y casi todos salieron “trasquilados” con aquellas aventuras futbolísticas. Antes fueron los constructores, los bodegueros, los hosteleros; hasta que claudicaron sus capitales y fueron apareciendo las nuevas fortunas de los jeques, árabes petroleros, chinos de los de todo a un billón…

Las grandes empresas se estructuran con organigramas diseñados a distintos niveles y responsables, manuales de funcionamiento y operativos, jerarquías y dependencias según la verticalidad del dibujo operativo, ejercicio de la autoridad formal. Las empresas más modernas propugnan pocos niveles, cercanía de los mandos con sus colaboradores, horizontalidad en las relaciones, comunicación en los pasillos,  despachos con puertas abiertas a ser posible sin tabiques, horarios flexibles sin relojes de control… Allá por los años 80, a principios, se puso de moda aquella idea que funcionó un tiempo de la “dirección itinerante” propugnada en el libro “En busca de la excelencia” de Tom Peters. Hasta que todos aquellos empresarios capitalistas se dieron cuenta de que un equipo de fútbol es otra cosa y precisa de otra organización, otra manera de dirigir y gestionar, otra manera de relacionarse con sus hombres, nada de capataces y de actuaciones coercitivas, nada de que “yo soy el jefe” cuando un pequeño grupo de aficionados pueden cuestionar la autoridad formal y las decisiones más o menos autoritarias o arbitrarias…

Un club de fútbol no es una fábrica de tornillos, no hay cadenas de producción porque el fútbol se fabrica de una manera singular, el espectáculo del fútbol también depende del equipo contrario, y de un balón que se puede tocar cien veces en un partido pero no es fácil domesticarlo para hacerlo llegar a las redes del equipo contrario. Y mientras el balón no penetre en la portería ajena cualquier estructura organizativa, cualquier planificación, cualquier táctica, saltará por los aires… Cuestión que nunca entenderán ni bodegueros, ni constructores, ni jeques ni chinos por más que abran los ojos… Por tanto, el producto fútbol es algo muy aleatorio, sujeto a momentos epifánicos de un determinado jugador, de una determinada línea, o de un determinado esplendor del equipo en su conjunto… El gol propio resuelve cualquier planificación; el gol ajeno echa por tierra todo el trabajo previo, por más interés que se pusiera… Y al fútbol no se puede jugar en serie, los caminos hacia la portería contraria no tiene cintas transportadoras, el esfuerzo se puede garantizar pero nunca el triunfo, los procesos de confianza o desconfianza están siempre latentes en función del resultado del partido… Y, aunque el dinero parece que modula a los ganadores, aparecen equipos como el Leicester en la Premier inglesa que ahora gana y nadie sabe muy bien por qué…