Miércoles, 13 de diciembre de 2017

¿Eres feliz?

No solo es una pregunta que incomoda sino inapropiada. Es un disparo a la línea de flotación de cualquiera. No se hace nunca a una persona desconocida, pero tampoco solemos formularla a los próximos, a quienes deseamos su felicidad. Es demasiado directa y, a la vez, demasiado íntima; toca fibras neuronales de la vida. Además, ¿qué es ser feliz? No, mejor no complicarnos. El título que encabeza hoy la Esquina es el de una canción; lejos de mí plantear tamaña cuestión a quien esté leyéndome. Es un enunciado que no es inquisitivo, quizá una provocación. Nada que preocuparnos, por tanto.

Va a hacer casi medio siglo que el grupo Iron Butterfly se hizo muy famoso con una pieza que duraba sus casi veinte minutos llamada “In-a-Gadda-Da-Vida”. Una música esplendorosa que era la cara B de un disco en el que en la cara A se encontraba “Are you happy?” Una canción que pasó prácticamente desapercibida. La letra es muy simple y se refiere a una pregunta que no es retórica porque quien la hace inmediatamente añade que, por favor, le diga ya la chica a quien besó y agarró de la cintura que está feliz. Es un alegato que recoge dos inquietudes concatenadas: la preocupación por la felicidad del otro y la consiguiente impaciencia de si su felicidad es consecuencia inmediata del lance amoroso de la víspera. Pero el repetido estribillo que demanda la confirmación de ese estado de gracia se desvela egoísta cuando la canción termina con la advertencia: “voy a decirte que te amo”.

El chantaje emocional, la frecuente práctica de pensar que  los demás adquieren un determinado estado favorable por nuestra súbita aparición, por las bondades que nuestro comportamiento genera en el otro, es una de las taras más habituales del ser humano. Sin uno pareciera que el otro no existe. Cierto es que, como los antropólogos nos enseñan, el otro es parte sustantiva del enigma vital que hay que desentrañar. Sin embargo, el hecho de que sea una incógnita trascendental no significa que sea el blanco de nuestra propia existencia. Cuando escucho aquél “sin ti no puedo vivir” se me revuelven las entrañas. El individualista huraño ante el resto de la tribu, que a veces se le tilda de egotista, es un ingenuo aprendiz frente a quien en la madrugada pregunta ávidamente por el grado de felicidad que siente quien yace a su lado.