Sábado, 16 de diciembre de 2017

Un inglés en Salamanca

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Hace más de 800 años dos hermanos ingleses, quizás alentados por gestiones de la reina de León            - inglesa ella -, son maestros en los incipientes Estudios que ya funcionan junto a la vieja catedral entonces en construcción. Se llaman Randulfo y Ricardo y al morir asesinado en Cantorbery su arzobispo Tomás Becket deciden vender sus posesiones para construir una iglesia en su honor. Será la primera iglesia, la de Santo Tomás de Cantorbery en Salamanca, entre las muchas dedicadas a este santo en el mundo.

Con esto doy paso al primero de los hermanos, Randulfo, que cuenta con el epitafio más hermoso que creo haberme encontrado hasta ahora, porque el de Abercio es otra cosa. Por eso lo traigo aquí, como ejemplo para la vida y hasta para la muerte. Cosa recia y bien hermosa. El epitafio necrológico, en letras góticas y bien conservado, se encuentra en la jamba izquierda, si se mira de frente, de la puerta de la Catedral vieja al Claustro. No dejes de buscarlo con transcripción en mano. Por eso reproduzco aquí su traducción (seguro que  Google ofrece el texto latino) con el deseo de que a pocas fechas del aniversario de su muerte, el pasado día 10, sirva como elogio del difunto y como propuesta de vida para los vivos.

En el día sexto de las idus de marzo murió el siervo de Dios Randulfo.

Era el día décimo del mes de marzo del año 1232,                                                                                            desde esta región inferior huye del mundo Randulfo,                                                                          

al que el mundo ya no podía retener, pues lo terreno es enviado a la tierra y lo celestial al cielo.   

Oh sol brillante por la grandeza de sus virtudes, flor sin mancha,

sol que en su ocaso sufre un eclipse para los pobres,                                                                                    su palabra enseñó, la práctica avaló su palabra,

él mismo fue un hombre bueno, más aún fue el mejor;

muere para los pobres en la tierra y ahora vive para sí en el cielo.

El texto latino, dada la época, es a veces torpe pero tiene en varias expresiones una fuerza “lapidaria”, nunca mejor dicho. No me resisto a reproducir alguna: flos sine labe, sermo docuit manus egit, bonus melior fuit optimus… Y lo más destacado la alabanza que el texto contiene aunque pueda ser debida al amor fraterno de su hermano Ricardo, al que sin embargo no dejarían mentir los demás maestros de la catedral y tanta gente que le conocería en su enseñanza, en su modo de vida y en sus acciones hacia los pobres.

Se ve la honestidad de su vida y la transparencia de sus obras en esas tres palabras, “flor sin mancha”, con las que resume su vida a la vista de todos. Nos vendría bien esta sencillez transparente de una vida llena de virtudes diarias, tanto porque apenas si hoy nos fijamos en ellas como valor verdadero y porque parece, y esto es peor,  que ya ni intentamos vivirlas.

Ya sé que esto que voy a destacar ni es moderno ni periodístico, pero me gusta que se señale y con recursos muy contundentes (“lo terreno a la tierra y lo celeste al cielo”) la trascendencia a la que el hombre va de la mano de Dios, y por la que trasciende esta tierra y es llamado a ascender a la gloria. Ahí es nada. Increíble, pero el tiempo que siempre quita y da razones, lo dirá. Y dicho queda. Veremos.

Sorprende, porque parece que un epitafio debe olvidar las glorias humanas, la alabanza de sus dotes intelectuales y de su mente bien amueblada, con expresiones felices y claras, con esa precisión de que era buen conocedor de lo humano y de lo divino, de lo material y de lo espiritual; un doble conocimiento que deberían tener siempre los que posean un cierto nivel de conocimiento en cualquiera de los dos campos. Otro gallo nos cantaría en muchos corrales y campos del arte, del pensamiento, del mundo académico y de los ámbitos eclesiales.

Importante es el rasgo, dos veces insistido en el epitafio, cosa inusual, de su acción con los pobres. Esa misma generosidad va también subrayada en la dedicación de sus bienes a la construcción de la iglesia en honor de Tomás, su arzobispo asesinado. Hasta me sorprende que a esto, tan de él sin duda, no sea recogido en su epitafio. Bien nos vendría a todos, yendo a lo serio, esa sensibilidad hacia los pobres, hacia los de cerca y hacia los de lejos. La situación del mundo, el de alrededor y el del mundo entero, está repleto hasta un exceso intolerable de pobres y hambrientos, de fugitivos y emigrantes, de desplazados y parados, de miserables y de nadies. Si hoy viviera el bueno, solidario, cristiano y exigente Randulfo no se quedaría, sin duda, con los brazos cruzados y los lamentos en los labios, ya recuerda el epitafio que “la práctica avaló su palabra”, que no es pequeño mérito sobre todo en el que dedicó su vida a la enseñanza del Evangelio.

Su ejemplo nos queda para casi todos.

Con nuestro saludo, dedicado a ti Randulfo, inglés en Salamanca, profesor, sacerdote, hombre bueno…